SI NO ENCUENTRO MI VOCACIÓN, ¿SERÉ UN DESGRACIADO TODA LA VIDA?Descarga aquí el artículo en PDF
Hna. Inmaculada Luque
http://Monasterio de la Conversión
Hace poco, charlando con una chica, llamémosle Irene, en un espacio de acompañamiento personal, emergió esa pregunta: «si Dios tiene pensado un plan para nosotros y ese plan además es nuestra felicidad, tengo miedo de no encontrar esa vocación y ser una infeliz toda la vida». Disimulaba sus grandes temores con risas insulsas acompañando a cada frase, pero a la vez no dejaba de picarme para que atendiera, urgentemente, su pregunta.
Y os hablo de Irene porque en realidad es una situación no tan extraña en los jóvenes que acompaño y porque no dudo de que tú, querido lector, te habrás encontrado alguno, si no eres uno de ellos. Son jóvenes con experiencia de fe, con deseo sincero de seguir a Jesús que, en algún momento de su itinerario personal, le preguntan al Señor qué quiere de ellos. Sin embargo, esta inquietud, que es en el fondo la más bella de la vida, lo viven algunas veces con un temor al fracaso que les bloquea, les angustia, que trae a su discernimiento un montón de agobio que, desde luego, no ayuda lo más mínimo.
La imagen que esconde ese planteamiento de Irene es la de un Dios que te mete en un laberinto, como uno de esos hechos para hámsters, a ver si el roedor es lo suficientemente inteligente para salir. Como si Dios nos mirara desde arriba, nos dejara con el problema de la vocación y estuviera dispuesto a darnos la felicidad tan solo si salimos por la puerta acertada. ¿Que has encontrado tu vocación? ¡Premio! Te toca la felicidad. Si no las encontrado, lo siento, game over, el resto de tu vida jamás podrás ser feliz porque Dios no te pensó para eso. O sea, claro, qué tensión, cómo no agobiarse si el planteamiento de fondo es ese.
Y yo digo: algo habremos hecho nosotros mal para hacer que un joven viva así la pregunta sobre la voluntad de Dios en su vida. Algo habremos explicado o vivido mal en la catequesis, en nuestra conversación espontánea, para hacer que un joven se plantee con semejantes agobios la vocación.
Porque si en algo estamos fallando, no es en que hablemos de vocación, eso es necesario y bello, sino tal vez en el modo en que la presentamos. Hemos transmitido, a veces sin querer, que la vocación es una especie de GPS celestial con un único destino correcto, y que, si te equivocas de cruce, ya no hay vuelta atrás. Como si Dios se frustrara contigo y te dijera: «yo quería que fueras misionero en Bolivia, pero como decidiste casarte con Laura, pues ya no tengo plan B, arréglatelas tú con tu plan cutre de vida».
Qué imagen más lejana del Dios que se nos ha dado a conocer, desde Abraham a Jesús. El Dios que nos muestra el Evangelio no es un estratega frío ni un ingeniero de almas que solo aprueba los caminos perfectamente delineados. Es un Padre, un Abbá, que camina contigo incluso cuando te equivocas, el Dios fiel que no deja de llamarte por tu nombre.
La vocación no es un estado civil. O mejor, no se puede restringir a él, no se puede identificar al 100% con él. Cierto que Dios nos llama a entregar la vida, a ser fieles a su voz, a permanecer en el amor, también cuando conocemos la fragilidad de nuestra vida, pero buscar la vocación no puede limitarse a plantear si Dios me quiere casada con Felipe o Juan o si me quiere en un convento y fin. La vocación no es una meta a la que llegar, sino un camino que ya hoy, con nuestras incertidumbres y luces, con nuestros límites y pecados, se vive con Él, en la confianza de que Él está, y es Señor y compañero de camino, es padre y hermano. Se vive la vocación ya de alguna manera solo cuando se le dice al Señor: «aquí estoy». Heme aquí, esa es la palabra cristiana. Bastaría con eso.
La vocación no es un mapa, es una relación. No es una instrucción que descifrar, sino una historia que se construye en el amor. Y como en toda relación verdadera, lo más importante no es tener todas las respuestas claras desde el principio, sino seguir caminando con confianza, sabiendo que Dios no se baja de tu historia.
Por eso, a Irene —y a tantos como ella— hay que recordarles que la vocación no es un examen que si suspendes ya no puedes volver a intentarlo. Lo que realmente hace infeliz a alguien no es «no haber encontrado su vocación», sino dejar de buscarla, dejar de escuchar, resignarse al silencio interior o, peor aún, vivir convencido de que Dios se ha olvidado de él.







