SERVIR, PARA EMPEZAR – José Manuel Seijas

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Después de muchos siglos

Muchos de los lectores nunca habrán coincidido con un diácono; esos ministros con oficios y carismas específicos a los que san Pablo aludía al saludar a los filipenses (Flp 1,1) o al escribir a Timoteo (1 Tm 3,8-13). El ministerio de los «Siete» (Hch 6,1-6), los Padres Apostólicos o las cartas de san Clemente Romano o san Ignacio de Antioquía son otros referentes bíblicos o patrísticos de este grado dentro del sacramento del Orden.

Con un gran desarrollo en los primeros siglos, hacia finales del siglo III, los roles del diácono comenzaron a caer en desuso debido a una serie de problemas históricos y hacia el siglo V, el papel del diácono como grado estable de la jerarquía estaba casi extinto. En su lugar, se abrió paso un diaconado como escalón transitorio al presbiterado durante casi un milenio y se fue olvidando el sentido del diaconado con carácter permanente.

Pero el Concilio Vaticano II vino a recordárnoslo (LG 29) y, al hacerlo, nos devolvió una realidad de las comunidades cristianas –que san Ignacio de Antioquía describía unidas al ministerio del obispo, rodeado de presbíteros y diáconos como “compañeros de servicio”– que se asemejaba mejor a las que habían salido de las manos de los Apóstoles.

El ambiente de renovación preconciliar tomó en consideración la necesidad de una presencia mayor y más directa de los ministros de la Iglesia en los diversos ambientes y en las diversas estructuras pastorales. Y por eso el Concilio pensó en el diaconado con carácter estable, para que los diáconos fueran intérpretes de los deseos y de las necesidades cristianas y, sobre todo, inspiradores del servicio (diaconía) de la Iglesia: «signo o sacramento del mismo Jesucristo, quien “no vino a ser servido, sino a servir”» Al tiempo decidió, sin renunciar al ideal del celibato también para los diáconos, admitir que este Orden pudiera conferirse a varones casados.

Servir a la Iglesia y a la humanidad

La restauración del diaconado por el Concilio Vaticano II como ministerio con carácter permanente puso de relieve la necesidad de consolidar un patrimonio teológico que poco a poco ha ido completándose con el magisterio de los últimos papas, brindándonos la oportunidad de comprender mejor este ministerio desde tres realidades:

  1. Jesús se hizo nuestro diácono y en el gesto del lavatorio de los pies como dice Benedicto XVI «quiere que todos los que lo sigan sean diáconos y que desempeñen este ministerio en favor de la humanidad» y es esta una llamada sacramental para el diaconado; por eso el papa Francisco señala que, «la Iglesia encuentra en el Diaconado permanente la expresión y al mismo tiempo, el impulso vital para hacerse ella misma signo visible de la diaconía de Cristo Siervo en la historia de los hombres». O sea, que la gracia sacramental que el diácono recibe en su ordenación es para ser con su vida, signo de Cristo Servidor. Vamos, que los diáconos deben recordarnos con su vida a todos los cristianos, que el seguimiento de Jesús es cosa de servir y de mirar a la humanidad desde el que lava los pies.
  2. La vinculación con el ministerio del obispo. El diácono es ordenado por el obispo no para el sacerdocio, sino para el servicio. El cardenal Lustiger decía que: «El obispo tiene dos manos, el sacerdote y el diácono. Y la relación entre el obispo, el sacerdote y el diácono no es una jerarquía de tipo militar: el ministerio ordenado es un todo orgánico, atado y diferenciado. Los presbíteros y los diáconos son sus dos brazos con distintas funciones». Esta vinculación explica mejor qué papel tiene el diácono dentro del sacramento del Orden y cuál es su misión dentro de la comunidad cristiana, sobre todo cuando el obispo envía al diácono a un servicio concreto subrayando una necesidad pastoral y convocando con su presencia al Pueblo de Dios para satisfacerla en virtud de la «diaconía» común de toda la Iglesia.
  3. El ministerio diaconal es triple. El diácono se ordena al ministerio de la palabra, la liturgia y la caridad y gira en torno a Cristo Siervo como a su centro. «Uno u otro pueden asumir particular importancia en el trabajo individual de un diácono, pero estos tres ministerios están inseparablemente unidos en el servicio del plan redentor de Dios» decía a los diáconos san Juan Pablo II.
  • En el rito de la ordenación los diáconos reciben de manos del obispo el Evangeliario con estas palabras: «Recibe el Evangelio de Cristo del cual has sido constituido mensajero; convierte en fe viva lo que lees, y lo que has hecho fe viva enséñalo, y cumple aquello que has enseñado». Es el ministerio de la palabra: el diácono, desde el momento de su ordenación recibe el mandato de anunciar el Evangelio. Esto conlleva un cambio en su ser: lo que predique y enseñe no debe ser mera voz humana; ha de ser voz de Cristo, el Señor. La catequesis en todas sus formas, la predicación, pronunciar la homilía, el acompañamiento a los niños, jóvenes o adultos, novios, familias en dificultades, alejados… son campos específicos del ministerio de la palabra.
  • El segundo aspecto es el ministerio de la liturgia. Sus acciones en la liturgia son partes integrantes de la misma. El diácono servía la mesa de los pobres, y por ello tenía deberes litúrgicos distintivos en la Eucaristía: es pues una señal visible de la intrínseca relación que existe entre compartir la mesa eucarística del Señor y el servicio a los pobres, que es la prolongación lógica del servicio al altar. Palabra, Caridad y Liturgia quedan de esta forma íntimamente unidas. La Eucaristía es así fuente de todo el resto del hacer litúrgico del diácono: los sacramentos del bautismo y del matrimonio, exequias y funerales, bendiciones, celebración de la Palabra con distribución de la comunión, liturgia de las horas, etc.
  • Los ministerios en el ámbito de la caridad que tienen encomendados varían en relación con las necesidades de la Iglesia, siempre en comunión con el obispo, con la peculiaridad, en muchos casos, de combinar un trabajo civil con una preparación profesional específica. Así los diáconos están presentes al servicio de una Iglesia, «sin fronteras y madre de todos» (papa Francisco) y especialmente con los enfermos (capellanes de hospital, proyectos de acompañamiento en la enfermedad, al final de la vida, a la ancianidad…), las personas con distintas capacidades, los emigrantes, refugiados y transeúntes, animando centros de escucha, de orientación familiar…También en problemas sociales como el paro, los menores en riesgo social, el tráfico, la indigencia o la exclusión.

Otros muchos cristianos pueden desarrollar tareas parecidas, pero la diferencia no es la forma de trabajar sino el ser. El sacramento del Orden, la configuración con Cristo y su condición de ministro señalan que es Cristo quien se hace sacramentalmente presente a través de su ministro ordenado.

La mayoría de estas misiones se trabajan desde las parroquias, pero también hay diáconos acompañando comunidades cristianas en lugares remotos, en las curias diocesanas, como delegados episcopales, profesores de universidades eclesiásticas o tribunales diocesanos.

A fin de cuentas, la actividad diaconal, tanto cuando se trata de actividades importantes como cuando son parte de una vida sencilla, en palabras de Benedicto XVI, «testimonia en el mundo de hoy, incluso en el mundo del trabajo, la presencia de la fe, el ministerio sacramental y la dimensión diaconal del sacramento del Orden».

DIÁCONOS POR EL MUNDO

Según el Anuario Pontificio, la población de los diáconos permanentes muestra una dinámica evolutiva: aumentan en 2015 del 14,4% en comparación con hace cinco años, pasando de 39.564 a 45.255 unidades. El número de diáconos mejora en todos los continentes a ritmo notable. En Oceanía, donde todavía no alcanzan el 1% del total, aumentan en un 13,8%, igual a 395 unidades. En Estados Unidos y Europa, donde reside aproximadamente el 98% de la población total, los diáconos han aumentado, en el intervalo de tiempo considerado, respectivamente, del 16,2 y del 10,5 por ciento. En España, y por diócesis, destacan Sevilla y Barcelona con alrededor de 50; luego en Madrid hay unos 35, y que tengan entre 15 y 20 hay varias diócesis como Valladolid, Huelva, Málaga, Valencia o Cádiz.

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