Ser influencer, compromiso mayúsculo – Miguel Ángel Alonso

Miguel Ángel Alonso

Equipo de Comunicación La Salle

@migalo91

Es difícil encontrar la credibilidad en estos tiempos de sobrecarga informativa. Son muchas las voces que claman en el desierto de la web buscando ser tendencia de muchas maneras: gamers, youtubers, vloggers, hauls, travelers, supermamis, tags virales, unboxing… una inversión justa si nuestra métrica crece y nos convertimos en figuras de referencia. Al fin y al cabo, es el precio buscado por exponerse.

Sin embargo, ser influencer es un compromiso mayúsculo; hablamos, por definición del propio concepto, de hacer opción por estar presente y alimentar de forma creativa la experiencia de una comunidad. Una promesa fraterna que trasciende el timeline de los desencuentros donde unas palabras intentan sonar más altas que otras. No hemos venido a tener razón, hemos venido a escuchar y ofrecer. Este podría ser un perfecto tagline para los jóvenes según un estudio del Centro Reina Sofía de Adolescencia y Juventud elaborado en 2014, que afirma que uno de los tres valores más deseados por las personas que tienen entre quince y veinticuatro años es la confianza en otros. Después de seis años, esta publicación sigue posicionada como primera entrada en una amplitud de rastreo de diecinueve millones de resultados. Un signo evidente de que la vida, en fraternidad, sigue siendo espacio de salvación y sentido más allá de las diferencias intergeneracionales.

Por otro lado, los espacios en la red son una tierra dual entre lo diluido en la masa social y los relatos que nos hacen tocar tierra; vivimos en un bucle que juega de forma sutil entre lo creíble y el sujeto descreído. Recoge el economista Ernst Friedrich Schumacher en su obra Lo pequeño es hermoso: Economía como si la gente importara que «los asuntos realmente serios de la vida no pueden ser calculados». También Jesús, en el encuentro con el escriba en Mc 12,33 recibe con sabiduría, no pudiendo ser de otra manera, aquello de amar con todo el corazón, con todo el entendimiento, con toda el alma y con todas las fuerzas, siendo esta expresión superior a todo holocausto y sacrificio. Y de genocidios online está internet servido cuando la cantidad pesa sobre la profundidad y la búsqueda de la verdad vive complejos dilemas entre lo que es acto e interpretación.

Definitivamente, la cuestión central nace en la persona cuando busca tomar posición y palabra en este mar incierto de tendencias cruzadas, a lo que Jesús responde de forma muy concreta en Mc 12,34: «no estás tan lejos del Reino de Dios». Afirmación más que contundente para afirmar que las dudas y la proyección creativa de los jóvenes no son una bomba postmoderna de desacralización, sino una propuesta por renovar el sueño de Dios. Hay mucha cizaña en las cunetas y en los muros de publicación, pero el corazón de los jóvenes está siempre amenazado de nueva siembra. También las redes son un tiempo de cuestionar límites, paradigmas y vida compartida; ecos propios de cualquier tiempo pascual que son un signo evidente del paso de Dios por la vida y por el silencio revelador de cada uno.

Los jóvenes lideran y liderarán claramente la vía renovada para acoger la alegría del Evangelio. No puede ser de otra manera, porque ellos son la luz del tiempo presente, la promesa de esperanza y la historia renovada. Hay un reto, por tanto, que tiene que ser constante en nuestra actitud hacia los jóvenes: tener los ojos abiertos, los oídos atentos y el corazón dispuesto. Los jóvenes tienen mucho que comunicar y son el elixir central para que la fe viva en nuestros corazones y no caduque por la falta de tensión vital.

 

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