ESTRELLAS DE BELÉN – Juan Saunier

La pasada noche de Reyes decidí darme un homenaje: el que merecen las estrellas.

Al comienzo del siglo XIV, un pintor florentino universalmente conocido como Giotto nos legó la imagen que para nosotros es habitual de la estrella que guio a los Magos hasta los pies del Niño. Él no lo sabía, pero no se trataba de una estrella, aunque le atrajera su forma de flecha en movimiento. Se trataba del cometa Halley, que en 1301 había sido muy visible desde la Umbria, donde el renacentista pintaba y abría una era del arte occidental junto a la tumba del Poverello de Asís, quien se inventara el Belén ochenta años antes.

Hace unos días, los medios de comunicación nos han bombardeado con las imágenes de la conjunción planetaria de Júpiter y Saturno frente al fondo de estrellas de la constelación de Acuario. El fenómeno es periódico, lo que no es nada noticiable; pero sí resulta excepcional que se haya producido el día del solsticio de invierno y sobre el plano de la eclíptica (lo que le ha otorgado una luminosidad especial), aunque sin el tercer planeta conjunto como sucediera hace unos dos mil y pocos años; sí, poco más o menos cuando nació el Nazareno.

Los relatos de la infancia de Jesús son midrashim destinados a una profunda reflexión sapiencial sobre la realidad íntima del Niño que vino al mundo: encarnado, que se dice en la teología cristiana. Como son teología con mayúsculas, tienen forma de cuento o mito (evidentemente). Son una invitación a la contemplación silenciosa y a un dejarse hacer que transciende lo personal y colectivo para devenir cósmico. La estrella representa el Universo en todo su esplendor y temblor, pues todo él está a la espera, como dirá ese convertido osado que fue Pablo de Tarso (Rm 8,22).

Cada Natividad es tan diferente como los ciclos cósmicos lo son; corrijo, más todavía. Aquella quimérica navidad, fuera cual fuera la posible estrella, tuvo como fondo la constelación de Piscis, un mundo poco conocido con el imperial dominio romano, la realidad tensa e inconsistente de la religiosidad hebrea y el abandono flagrante de los menesterosos, las mujeres, los ancianos y los niños. Hoy transitamos cielos distintos marcados por el reloj y no por los ritmos naturales, con hegemonías mundiales en lucha, nuevas formas de pensar y vivir la espiritualidad, por no mencionar esas crecientes formas de abandono que son la soledad, la dualidad entre un mundo pudiente y otro que carece de lo básico, la despersonalización galopante y algunos etcéteras que me ahorraré. Nuestro mundo, no seamos presuntuosos, parece incluso peor para algunas cosas, aunque es sencillamente distinto.

Decía que me doy un homenaje con estas líneas. Hago fiesta por las Estrellas de Belén que me he encontrado estos días excesivos. Los salvan quienes cuidan de sus mayores y les alargan divinamente la vida con su amor. Las personas que se dejan su salud mental en una UCI o en un hospital porque es su vocación y compromiso. Los agotados docentes y estudiantes y trabajadores y parados que tiran para adelante, esos que cumplen con lo que les toca hacer sin rechistar. Los que no se arredran y transforman sus otros inconvenientes vitales, descubriendo formas nuevas de vivir. Las personas que saben que la energía del universo fluye en todos y puede canalizarse a través de la plegaria, la compañía a distancia, la imposición de manos y del alma, el silencio orientado o la gratitud incondicional. Cuantos están con una sonrisa y con su buen hacer y con su charla o escucha o tranquilidad desinteresada. Los abuelos y los niños que son abuelos y niños, sin más ni mangas. Quienes reclaman justicia con la fuerza de su compromiso, su óbolo o tiempo desinteresado y su acción decidida pese a las dificultades. Y, en especial, quienes sufren lo que sufran sin dejarse inundar por la oscuridad, sino que enarbolan la bandera de las constelaciones o los cometas: la de la Luz que nace de un interior auténtico y noble.

Hacia el Niño no nos guía una estrella del cosmos, sino las Estrellas de Belén. ¡Qué firmamento tan hermoso!