Santísima Trinidad: ¿tanto ama Dios al mundo? – Juan Carlos de la Riva

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En Latinoamérica puedes encontrarte esta frase ocupando toda la trasera de un autobús. Aquí, en nuestra secularizada Europa, suena ofensiva, exagerada, invasiva. ¿Cómo le sonaría a Nicodemo?

Recordad que él sí era creyente, pero al modo de los fariseos y maestros de la ley, es decir, con la clara conciencia de que ante Dios hay que ganar méritos llevando una vida cumplidora y honrando sus preceptos. No es lo peor que juzgase a la gente con esta medida: lo peor es el hecho de que se juzgase a sí mismo con su escala de aptitud y sus criterios de perfección. ¿Cómo le sonaría esta propuesta de Jesús, donde el protagonista no es uno mismo y sus logros, sino Dios y su gratuidad?

Hoy el paradigma de Dios ha desaparecido del uso habitual en nuestras conversaciones, pero… ¿ha desaparecido esa manía de medirse por los logros, de valorarse según escalas de autoexigencia que nos acercan o alejan de ciertos estándares, y nos juzgan y condenan en tantas ocasiones? Ahí están los cánones de belleza, especialmente ensañados con lo femenino. También las búsquedas de likes y audiencias en nuestros perfiles. Podemos hablar de lo que se nos pide para acceder a tal o cual, puesto, de la competitividad de los nuevos nichos de negocio, o de los equipos de alto rendimiento que se hacen los amos del mercado, dejando a los pequeños fuera de juego. Podemos hablar de la competitividad en el deporte y en las relaciones… O los diferentes raseros que parecen usarse cuando a uno se le mira antes la raza o el estatus social que la luz de su alma (escribo esto cuando en Estados Unidos la gente rabia contra la discriminación). Pareciera que todos y todas estamos en un mundo donde todo se reduce a un juego de “ganar o perder”, y se nos invita a medirnos continuamente, a veces contra otros/as, a veces contra nosotros mismos/as.

Y he aquí que llega nuestro Jesús y recibe en su casa a quien, quizá cansado de tanta fatiga, llega de noche a su fuente de sabiduría para preguntar si es por ahí o por otro lado que hay que afanarse en la vida.

Y va y le dice que Dios no es un Dios de juicio sino de salvación. Que no mide, sino que rescata, recupera, eleva desde dentro. Nos dice que quien asiente a ese Dios desde su creencia más profunda, se salva. Que el Espíritu está ahí animando nuevos nacimientos y que somos inmensamente amados por un amor inmerecido y exagerado. ¡Tanto amó Dios al mundo! ¡Tanto te quiere! Me atrevo a decir que te quiere más que tú mismo, que rompe tus varas de medir y te arropa en sus entrañas de misericordia, es decir, de nuevas oportunidades…

Es otra lógica. No es la lógica del mundo. Es la ilógica del amor, que no entiende de estándares y funciona por desbordamiento. Quien lo recibe agradecido y sorprendido de su gratuidad, sabrá luego estar a la altura. La estrategia de Dios no es si me das, te doy, la negociación. Su estrategia es te doy, y te sigo dando hasta que entiendas de qué va la vida, la realidad, Dios mismo, y digas, creyendo, que el amor es Dios, y que por eso Jesús es Dios. Dicen que de esto va la Trinidad, de que Dios es sólo amor.

Lectura del santo evangelio según san Juan (3,16-18):

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Palabra del Señor

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