SALIR AL ENCUENTRO (LC 7,37-50) – Íñigo García Blanco

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SALIR AL ENCUENTRO (LC 7,37-50)

Íñigo García Blanco

http://i.garciablanco@gmail.com / @i_garciablanco

«Un fariseo lo invitó a comer. Jesús entró en casa del fariseo y se sentó a la mesa. En esto, una mujer, pecadora pública, enterada de que estaba a la mesa en casa del fariseo, acudió con un frasco de perfume de mirra, se colocó detrás, a sus pies, y llorando se puso a bañarle los pies en lágrimas y a secárselos con el cabello; le besaba los pies y se los ungía con la mirra.[…] —Te digo que se le han perdonado numerosos pecados, ya que siente tanto afecto. Tu fe te ha salvado.Vete en paz».

En el marco del cristianismo primitivo se fueron alumbrando horizontes nuevos a los marginados de aquel momento, donde había varones y mujeres víctimas del sistema kyriarcal(sistema social conectado y construido sobre la dominación, la opresión y la sumisión).

Elisabeth Schüssler (teóloga feminista católica alemana de origen rumano) hace énfasis en que las luchas emancipadoras de las mujeres bíblicas deben verse en un marco más amplio de movimientos en contra de la explotación kyriarcal, surgidos en las culturas griega, romana, asiática y judía. En este orden de ideas, «se puede suponer que las mujeres, que en el evangelio salen al encuentro con el Maestro, son mujeres conscientes de los patrones socioculturales que marginan y excluyen a la mujer del lugar que le corresponde en la familia, en la comunidad y en la sociedad y no obstante buscan una alternativa de cara a la visión del reino de Dios, que significa bienestar y libertad para todos los habitantes de la tierra»[1].

Las mujeres que salen al encuentro de Jesús lo hacían porque tenían un sueño y tenían la esperanza de liberación para toda mujer de Israel. La predicación de Jesús anuncia justicia y paz para todas las personas. El reino de Dios se opone diametralmente a todo grupo que se establezca como exclusivamente privilegiado y relegue a otros a la periferia. «La visión del Reino de Dios es precisamente la visión de una comunidad donde todas las personas humanas son valoradas y todas se interrelacionan respetándose mutuamente»[2].

El estilo de vida de Jesús, su conducta, refleja su predilección por los descartados, los últimos, los invisibles; incluyó a la mujer en toda ocasión como las oprimidas de los oprimidos en todos los grupos. Su cercanía hacía ellas manifiesta el amor, el respeto, el reconocimiento de su igual dignidad humana, como hijas del mismo Abbá que no hace distinción entre varones y mujeres. ¿Qué tipo de distinciones hacemos en nuestras relaciones? ¿Qué expresamos en nuestras relaciones?

Jesús se revela a todos, pero expresa su predilección por la liberación de la mujer, a quien devuelve su plena dignidad en el reino de Dios, donde ella también es portadora del mensaje de salvación y liberación para todos: «Mujer, tu fe te ha salvado, vete en paz» (Lc 7,50).

De nuevo nos encontramos ante un pasaje lleno de humanidad, espontaneidad y revelador. Seguimos acercándonos a Jesús, quien abre nuevos horizontes de relaciones humanas y de convivencia como hijos e hijas de un mismo Padre.

En primer lugar, la mujer es consciente de su dignidad, que ha sido lastimada por la estigmatización impuesta: una mujer pecadora pública, por esa razón se acerca con la actitud humilde del discípulo que se postra a sus pies del maestro con la confianza de que este varón reconoce su dignidad y la ofrenda de su amor en gratuidad. ¿De qué manera te acercas a Jesús?

La mujer, en palabras de Virginia Azcuy (teóloga argentina), es el nuevo lugar teológico; en ella acontece la presencia de Dios que habita en cada ser humano y como principio de amor y trascendencia es portadora de una buena noticia para otros y otras que quieran salir al encuentro del Maestro. El encuentro con Jesús es punto de partida y posibilidad de abrir nuevos horizontes de vida y esperanza. ¿En dónde y cómo nos encontramos con Jesús? ¿Cómo describirías tu encuentro personal?

El encuentro de Jesús con Simón, el fariseo y la mujer del perfume presenta la dinámica de nuevas relaciones interpersonales, fundamentadas en el amor y el respeto por la dignidad humana. Simón, que empieza como el anfitrión de la casa, desaparece en silencio de la escena; la mujer que entra como una intrusa, con humildad y lágrimas, señalada como pecadora pública, concluye como una mujer perdonada, restablecida, que abandona el relato con el corazón lleno de paz y de amor.

Una cena entre amigos, en donde se comparte no solo la comida, sino también se entra en comunión con los invitados es el espacio oportuno para un encuentro con Jesús, en ambiente familiar y cercano y eso lo saben muy bien los pobres, los pecadores y publicanos que lo invitan, y han sentido su cordialidad con ellos. Por encima de las normas, él rompe los protocolos socio-religiosos establecidos y comparte la mesa. ¿Con quiénes compartimos mesa? ¿Por quiénes nos dejamos encontrar? ¿Cuál es nuestra actitud en las comunidades y grupos de referencia ante ciertos colectivos como las mujeres que viven de la prostitución o los homosexuales y lesbianas cuyos problemas, sufrimientos y luchas preferimos casi siempre ignorar y silenciar como si para nosotros no existieran?

 

En tiempos de Jesús, un comportamiento femenino que no se ajustaba a las normas y leyes establecidas, era considerado de dudosa aceptación y se estigmatizaba fácilmente a la mujeres de pecadoras o sinvergüenzas.

«Besaba sus pies y los ungía con perfume» (vv.38d). El beso es el gesto de ternura, que nace del corazón que ama en gratuidad. La mujer besa los pies del maestro desinteresadamente, sin esperar nada a cambio, conoce la ternura que se ofrece con la bondad del corazón. La mujer necesita expresar toda su ternura y capacidad de amar, sin límites, sin reservas, ha comprendido que esa es la expresión auténtica de la naturaleza humana, esa dimensión pisoteada por la concepción machista y utilitarista que ha pesado en las relaciones interpersonales varón–mujer y ha lastimado su dignidad. Ella en el beso al maestro reivindica su dignidad de mujer que ama y demuestra su mucho amor. ¿Qué expresan tus gestos en cada encuentro? ¿Cómo podemos mirar(nos) con dignidad y profunda humanidad?

[1]Schüssler, Cristología feminista critica: Jesús, Hijo de Miriam, Profeta de la Sabiduría, Ed.Trotta, 2000.

[2]Johnson, La cristología, hoy. Olas de renovación en el acceso a Jesús. Ed. Sal Terrae, 2005.

¿Dónde pueden encontrar entre nosotros una acogida parecida a la de Jesús? ¿A quién le pueden escuchar una palabra que les hable de Dios como hablaba él? ¿Qué ayuda pueden encontrar entre nosotros para vivir su condición sexual desde una actitud responsable y creyente? ¿Con quiénes pueden compartir su fe en Jesús con paz y dignidad? ¿Quién es capaz de intuir el amor insondable de Dios a los olvidados por todas las religiones?

Es tiempo de proclamar la justicia para restablecer la dignidad personal tantas veces perdida. Y poner nombre a todo aquello que nos la quita: abusos de poder, desigualdad o tradiciones maniqueas que demonizan el amor, culpabilizan el deseo y nos obligan a castrar lo que no cabe en sus moldes de fronteras rígidas.

Alza tu voz y presencia, responsabilidad e igualdad para que a tu modo enriquezcas cada encuentro y gesto relacional. ¡Sal al encuentro¡

TEXTO DESTACADO

El encuentro con Jesús es punto de partida y posibilidad de abrir nuevos horizontes de vida y esperanza

Es tiempo de proclamar la justicia para restablecer la dignidad personal tantas veces perdida

 

¡Sal al encuentro¡

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