Joseph Perich
Una pareja de recién casados se mudó para un barrio muy tranquilo. En la primera mañana de la nueva casa, mientras tomaba el café, la mujer reparó a través de la ventana, que una vecina colgaba sábanas en el tendedero.
-¡Que sábanas tan sucias cuelga la vecina en el tendedero…! ¡Quizás necesita un jabón nuevo! ¡Ojalá pudiera ayudarle a lavar las sábanas!
El marido la miró y quedó callado. Y así cada dos o tres días, la mujer repetía su discurso, mientras la vecina tendía sus ropas al sol y al viento.
Al mes la mujer se sorprendió al ver a la vecina tendiendo las sábanas limpísimas, y dijo al marido:
-¡Mira, ella aprendió a lavar la ropa! ¿Le enseñaría otra vecina?
El marido respondió:
-¡No, hoy me levanté más temprano y limpié los cristales de nuestra ventana!
REFLEXIÓN:
Las personas que tratamos, lo que nos sucede… todo queda teñido por el color de los cristales de nuestras gafas. Si miramos nuestro entorno con las gafas de los celos, de la desconfianza, del pesimismo… difícilmente podremos ver los aspectos luminosos de las personas, nos quedaremos con su sombra.
Cuando el cristal del parabrisas del coche nos queda empañado por la lluvia inmediatamente ponemos en acción el mecanismo para limpiarlo. Es el consejo que nos da Gandhi: «Si cada día nos arreglamos el pelo frente al espejo, ¿por qué no lo hacemos con el corazón?» Yendo por este camino se nos abren paisajes humanos empapados de «primavera».
Juan Pablo II nos sorprendió con un mensaje alentador: «Espiritualidad de comunión es capacidad de ver primordialmente lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: «don para mí», además de ser un don para el hermano que lo ha recibido directamente. Espiritualidad de comunión es saber «dar espacio» al hermano, rechazando las tentaciones egoístas que continuamente nos acechan y generan competitividad, ganas de hacer méritos, desconfianza y envidias»(Novo millennio ineunte, 43).
Cuando algunos de nuestros políticos se tiran los trastos a la cabeza porque le importa más tener audiencia y votos que no el bien común, sus asesores les deberían recordar la escena de la adúltera a punto de ser apedreada: «quien esté limpio de pecado que tire la primera piedra». Desde esta cura de humildad quizás se harían suyo el mensaje de Salvador Espriu: «Si te llaman a guiar un breve momento del milenario paso de las generaciones, aparta el oro, el sueño y el nombre. También la hinchazón vacía de las palabras, la vergüenza del vientre y los honores. El desvalido y el que sufre para siempre son tus únicos señores. Excepto Dios que te ha puesto debajo de los pies de todos».
Esperamos verlo reflejado en el buen gobierno tras las próximas elecciones municipales.
Amén.







