Joseph Perich
Se explica que una madre acompañó a su hijo junto a Mahatma Gandhi implorándole:
-Por favor Mahatma, insista a mi hijo que no coma azúcar.
Gandhi, después de una pausa, le contestó:
-Venga de nuevo con su hijo dentro de dos semanas.
Dos semanas después, la mamá vuelve de nuevo con su hijo. Gandhi mira en profundidad los ojos del chico y le dice:
-No comas azúcar.
La mujer, agradecida pero perpleja, le pregunta:
-¿Por qué me pidió dos semanas de espera? ¡Podía haber dicho lo mismo antes!
Y Gandhi le contestó:
-Hará dos semanas que yo también comía azúcar.
REFLEXIÓN:
En una reunión del equipo de monitores de «Sonrisas» (personas discapacitadas intelectualmente) me pidieron que expusiera el objetivo de lo que preparamos. A media conversación me di cuenta de que me había olvidado de repartir unas fotocopias, me paré; pero me quedo con las fotocopias en las manos hasta que Mari me dice: «José, continúa sin papeles. Así nos das mucha paz». Quedé «tocado» para toda la reunión. ¡Qué lección! Me hizo caer en la cuenta de que quizás les hablaba con el lenguaje del corazón, aquel que aclara las aguas turbias, que deja huella. Sentí un gozo interior que me relanzaba o motivaba a continuar compartiendo desde el pozo interior y no desde la superficie. ¡Gracias, Mari! A veces me pregunto ¿por qué nos cuesta tanto verbalizar, sin adulaciones, lo que nos place del otro? Educar no es «llenar una jarra» sino «encender una vela». Estoy convencido de que aquella reunión fue muy «luminosa».
John Lennon dejó escrito: «Cuando yo tenía cinco años, mi madre me decía que la felicidad era la clave de la vida. Cuando fui a la escuela me preguntaron qué quería ser cuando fuera mayor, respondí: ser feliz. Me dijeron que no había entendido la pregunta y yo les respondí:»Ustedes no han entendido la vida».
Estoy seguro que aquel niño del cuento dejó de comer azúcar y fue más feliz que nunca. El silencio elocuente de su maestro le despertó, al igual que a su madre, la sed de un vivir con coherencia. Coherencia entre lo que se dice y lo que se piensa, entre el ser y el hacer… ¡Y es que hay silencios que lo dicen todo y palabras que no dicen nada!
En un reciente encuentro de sacerdotes, me impresionó el testimonio de uno de ellos, de 75 años, que el obispo ha invitado a jubilarse. Es muy humano que una renuncia así de sensible te pueda hacer sentir poco valorado y difícil de aceptar, sobre todo cuando tu estado de salud es aún satisfactorio. Ahora colabora en las parroquias de un rector amigo. En plena reunión, como si no dijera nada, nos suelta: Este domingo fui a decir misa en una pequeña parroquia donde me esperaban unos diez o doce feligreses. Uno de ellos sólo me dice: «Cuando lo vemos estamos muy contentos». Esta cordial y sincera expresión de un feligrés daba a entender que este cura en su abajamiento doloroso es una persona «luminosa», una persona que vive la Pascua.
San Pablo, en momentos de mayor tribulación, sentía dentro de sí: «mi poder resalta más cuanto más débiles son tus fuerzas». Ya quisiera para mí mismo que los feligreses pudieran decirme (o, mejor dicho, pensar) al verme: «Cuando llega estamos muy contentos». Ya quisiera para ti, que lees este escrito, que pudieran decir lo mismo las personas que a lo largo del día pasan por tu lado. Cuando sucede entramos en armonía con la paciente madre naturaleza, que tan bellamente canta el salmista, refiriéndose a la luz del sol y al paso de los días y las noches: «Silenciosamente, sin palabras, sin que nadie oiga su voz, su llama se esparce en toda la tierra, escuchan su lenguaje hasta los límites del mundo «(Salmo 18).
¡Cuánta razón tenía Simone Weil!: «No es el modo como una persona habla de Dios lo que me permite saber si ha morado en él el fuego del amor divino…, sino el modo como me habla de las cosas terrenas». Ni que hubiera inspirado al mismo Benedicto XVI cuando afirma: «El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor. Sabe que Dios es amor (1 Jn 4, 8) y que se hace presente justo en los momentos en que no se hace más que amar».







