Rue ante el espejo – Fernando Donaire

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Fernando Donaire, OCD

@fdonaire72

No sé si los lectores de RPJ habrán visto la serie «Euphoria» de Sam Levison en HBO. Advierto que no es nada edificante a primera vista. En ella se hace un acercamiento a los traumas y las trampas que dejan huella en la vida de los más jóvenes. La serie es descarnada, explícita y, en mi opinión, verdadera. Con el poso de la verdad que tienen los discursos bien hechos. Dentro de sus propios excesos, siendo una serie de adolescentes para adultos, nos hace reflexionar sobre nuestras decisiones y el lugar que ocupan los jóvenes en esta «sociedad líquida» que hemos construido entre todos.

Fruto de esa serie, que terminó su primera temporada, nace a modo de apéndice y puente hacia la segunda tanda de episodios, dos capítulos dedicados a las protagonistas de la historia, Rue y Jules. Me detengo en el primero de ellos, con el título «Las rayadas no son eternas» porque me parece un documento interesantísimo para afrontar el conocimiento propio. Les puse el episodio a mis alumnos de Bachillerato y la experiencia ha sido tan buena que ha servido de empuje para que ellos mismos revisen su propia vida y den un paso adelante en el conocimiento de uno mismo, un paso definitivo en la propia interioridad.

Como decía santa Teresa de Jesús, el conocimiento propio es «el pan con el que todos los manjares se han de comer». Y quizás hoy en día es uno de nuestros mayores desafíos, habida cuenta de la cantidad de libros de autoayuda, coachs personales y clínicas especializadas en remedios varios. Sin embargo, la gente sigue en muchos casos vacía, sin capacidad de enfrentarse a sí misma, sin la determinación de poner todas las cartas sobre la mesa. Y eso es lo que hace Rue, esa adolescente perdida en una espiral de adicción, frente a Ali, que le hace de espejo en este viaje.

El espejo serán siempre los otros, aquellos que son capaces de escucharnos y decirnos lo que no queremos escuchar y a la vez tienen la sensibilidad de mirarnos con cariño y cuidarnos. En esa clave se sostiene la conversación entre ambos en una noche de Nochebuena que de otra manera hubieran pasado solos. Como si el director hubiera robado un cuadro al gran Hopper, por la conversación pasa toda una vida, y hasta Dios mismo como horizonte de sentido, como la poesía necesaria para enfrentar al mundo. Y en esa hora, comiendo tortitas, son capaces de desnudarse y desprotegerse apuntando hacia un futuro que antes de sentarse estaba tan en el aire como la propia vida. Repasan la vida a corazón abierto, descienden a valles y suben colinas, caminan en la cuerda y saben que la vida no dejará de sorprenderlos. Aunque sea en un reflejo, el de la lluvia del coche, mientras suenan las palabras de Ave María como si fueran la antesala de la resurrección.

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