Joseph Perich
Había una vez una rosa roja muy bella. Se sentía de maravilla al saber que era la rosa más bella del jardín. Sin embargo, observaba que la gente la miraba de lejos. Se dio cuenta de que junto a ella siempre había un sapo grande y oscuro, y que era el motivo de que nadie se le acercara a mirarla. Indignada ante lo descubierto, ordenó al sapo que se fuera de inmediato. El sapo, muy obediente, dijo:
-Está bien, si así lo quieres, me iré!
Poco tiempo después el sapo pasó por donde estaba la rosa y se sorprendió al verla totalmente marchita, sin hojas, sin pétalos….
Le dijo entonces:
-¡Vaya! Te veo mal… ¿Qué te sucede?
La rosa respondió:
-Es que, desde que te fuiste, las hormigas me han comido día a día y nunca pude volver a ser igual.
El sapo sólo le respondió:
–Pues claro, cuando yo estaba aquí, me comía esas hormigas, y por eso, siempre eras la más bella del jardín.
REFLEXIÓN:
Difícil pero necesaria convivencia entre la rosa y el sapo. Tenemos tendencia a atribuirnos los éxitos y a culpar a los demás de nuestras contrariedades. ¿Cuántos “sapos” nos han acompañado y fastidiado a lo largo de nuestra vida? ¿Cuántas veces hemos dejado de lado a personas por creer que somos más que ellos o que simplemente no nos «sirven» para nada?
Pero, con el corazón en la mano, debemos reconocer que si somos algo es gracias a ellos. Se trata de personas que te complican la vida, que no te dan la razón, que son felices con menos de lo que tú tienes, que son un grito de auxilio por su enfermedad o ancianidad, que rompen tus planes…
Pero son personas que favorecen tu crecimiento humano, tu madurez.
La rosa de tu vida, tu encanto como persona (sonrisa, paz interior, voluntad, aguante, capacidad de perdón, gratuidad,…) se ha curtido con el roce de personas-estorbo.







