RITUAL DE LOS INDIOS CHEROKEE (EL) – Joseph Perich

Joseph Perich

¿Conoces la historia del rito de iniciación del paso de la infancia a la juventud de los indios Cherokee?

Cuando el niño empieza su adolescencia, su padre lo lleva al bosque, le venda los ojos y se va dejándolo solo.

Tiene la obligación de sentarse en un tronco toda la noche y no puede quitarse la venda hasta que los rayos del sol brillan de nuevo en la mañana.

No puede pedir auxilio a nadie. Una vez que sobrevive a esa noche, él ya es un hombre.

No puede hablar con los otros muchachos sobre esta experiencia, debido a que cada chico debe entrar en la masculinidad por su cuenta.

El niño está naturalmente aterrorizado. Él puede oír toda clase de ruidos… bestias salvajes que rondan a su alrededor, lobos que aúllan, quizás algún humano que puede hacerle daño. 

Escuchar el viento soplar y a la hierba crujir, sentado estoicamente en el tronco, sin quitarse la venda. Ya que es la única manera en que puede llegar a ser un hombre.

Por último, después de esa horrible noche,  aparece el sol y el niño se quita la venda… Es entonces cuando descubre a su padre sentado junto a él.

Su padre no se ha ido, ha velado toda la noche en silencio, sentado en un tronco para proteger a su hijo del peligro sin que él se dé cuenta.

REFLEXIÓN:

Gabriel, padre de familia colombiano, con trabajo y domicilio en Blanes, ha estado cuatro años separado de su esposa y de sus tres hijos, que permanecían en su país. Afortunadamente ahora se han podido reencontrar y ya viven juntos. Él me cuenta cómo ha vivido muchos días amargos, buscando un hueco entre nosotros. Lo que le dio, sin embargo,  fuerza para no desanimarse y resistir las contrariedades fue el recuerdo de los suyos que, al otro lado del Atlántico, estaban anhelando venir un día a vivir con él a Blanes. Él sabía que estaban allí pero los llevaba muy dentro de su mente y de su corazón. Entusiasmado por el reciente reagrupamiento familiar expresaba la experiencia vivida con estos términos: «Sé como las olas del mar, que aún rompiendo contra las rocas, encuentran fuerzas para volver a empezar.» Estos cuatro años de la lucha de Gabriel para buscar sitio y abrir camino a los que más quería, me recuerdan las cuatro semanas antes de la Navidad, llamadas Adviento. Él no los veía pero los sentía constantemente en el latir de su corazón, hasta que pudo verlos en persona sentados todos juntos en la misma mesa celebrándolo.

 Del mismo modo, nosotros podríamos, en este Adviento, irnos quitando «la venda de los ojos» para darnos cuenta de que mano a mano, haciéndonos fuertes ante los miedos y preocupaciones que nos amenazan y abruman, tenemos la omnipotente y tierna presencia de un Niño acostado en un «comedero».

Muchos de nuestros conciudadanos van por la vida a tientas, sin saberlo. Quitarnos la venda de los ojos significa: descubrir los signos o llamadas que Dios nos está haciendo una y otra vez con motivo de esta crisis, del cambio climático, de una enfermedad grave, de una En» y «Theos». «Entusiasmo» significa literalmente: «Dios con nosotros persona que me hace la vida imposible, de una hipoteca que aplasta a un familiar… Este descubrimiento será posible si somos capaces de estar en silencio, maravillarnos ante la inmensidad de nuestro mar, sentir el latido del corazón de Dios en la oración….

Aquel entusiasmo de nuestro Gabriel y el entusiasmo de María recitando el Magnificat tienen la misma raíz: «».

«Los jóvenes se cansan y desfallecen, los mejores guerreros tropiezan y caen; pero los que confían en el Señor renuevan sus fuerzas, levantan el vuelo como las águilas, caminan sin cansarse, corren sin desfallecer» (Isaías 40, 30-31).