Risas bajo la lluvia – Edgar Azpilikueta

Polémicas. Que si los niños no salen, o que salen y los padres se acercan. Que si no hace falta mascarillas, y ahora en cambio sí. Que si mira tú, que ya decía yo que la gente es irresponsable. Que si confinamiento muy estricto… o todo lo contrario. Parecía que esta crisis del coronavirus iba a traer la fraternidad y solidaridad, pero es cuestión de echar un vistazo a las redes y ver que la crispación es norma. Y es completamente comprensible: estamos tensos, preocupados,tristes, inquietos… Sentimientos que todos ellos se entienden y muchas veces comparten. Pero también es cierto que es fácil entrar en el bucle sin fin de la rabia y la angustia.

Pues eso, leía y escuchaba el otro día quejas sin fin acerca del desacierto de permitir salir a los niños. Quejas en ocasiones maniqueas a raíz de las mismas fotos con perspectiva premeditada, que se auto-refutaban con el “pues he visto un montón de padres y críos sin mascarilla”. Otras veces, las quejas entiendo que estaban completamente justificadas en mitad de esta epidemia que tantas vidas está segando. Pero en todo caso, puede que haya habido cierta magnificación y generalización unido a un cierto complejo de Gestapo de ventana que tenemos las personas. Me tranquiliza saber que según parece, quien se quejaba en ningún caso había infringido las normas. Y dado que eran muchos a quienes he oído lamentarse, deduzco que los cautos han prevalecido (o eso, o es cuestión de pajas y vigas).

Ya a punto de la saturación, entre detractores y defensores, vi un bonito vídeo de una niña jugando en solitario con la que parecía su madre, en la plazuela de San José, junto a la catedral de Iruña, bajo un aguacero torrencial. La lluvia era intensa, y parecía acentuar el tono esmeralda de los árboles de la plaza. La pequeña seguía bailando a su madre, en las solitarias calles medievales. Me resultó una escena sumamente bella de la alegría e inocencia entre tanta tristeza y exasperación.  Una imagen que me hace creer en las risas que seguirán abriéndose paso en mitad del chaparrón. Risas de esperanza que nos sacan del bucle angustioso. Risas de Pascua, de la resurrección que vendrá a la realidad, y podremos ver solo fijándonos un poco.

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