REZANDO, PARA DAR CON EL MAZO DE LA JUSTICIA: DOMINGO 29 CICLO C – Juan Carlos de la Riva.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,1-8):

En aquel tiempo, Jesús decía a sus discípulos una parábola para enseñarles que es necesario orar siempre, sin desfallecer.
«Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres.
En aquella ciudad había una viuda que solía ir a decirle:
“Hazme justicia frente a mi adversario”.
Por algún tiempo se estuvo negando, pero después se dijo a sí mismo:
“Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está molestando, le voy a hacer justicia, no sea que siga viniendo a cada momento a importunarme”».
Y el Señor añadió:
«Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que claman ante él día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

Una vez una señora me dijo que no tenía suficiente fe porque no rezaba con convencimiento. Fue a propósito de contar en un grupo de adultos una experiencia que me había quitado la paz. En Venezuela, unos malandros habían asaltado la casa armados. Tras atarnos y echarnos al suelo, nos robaron todo lo que quisieron y más. Yo lo contaba todavía con el miedo en el cuerpo, pues sabía de casos en los que esos episodios habían terminado en asesinato, en un contexto muy marginal y violento como era aquél barrio del sur de Valencia, en Venezuela.

La Señora me dijo que también a ella le había pasado eso, pero que durante todo el robo ella estuvo rezando con la voz muy alta –para que la oyeran los malandros- pidiendo a Dios por cada uno de aquellos expertos criminales, para que Dios no les tuviera en cuenta ese pecado, para que los ayudara, para que les cambiara el corazón, para que los llevase a la senda del bien y de la luz. Y tan insistente fue su oración, que, tras un rato de letanías de la señora, los malandros se le acercaron cargados con todo lo que iban robando y le dijeron: “¡Señora, con usted no hay quien pueda, no podemos robarla! ¡Aquí tiene todo lo que nos íbamos a llevar!”.

Desde luego la señora tenía razón en cuanto a la debilidad de mi oración, y me dio un gran ejemplo con la intensidad de la suya, y sobre todo con el contenido de aquella oración, hecha de buenos deseos no para sí, que motivos tenía entonces para pedir por su vida, sino para que aquellos muchachitos, víctimas de una cultura de muerte, pudieran salir de ese infierno en el que se habían metido ellos mismos.

Orar con insistencia. De eso va el evangelio de este domingo.

Se nos presenta a una viuda, y por tanto pobre y marginada, que clamaba justicia contra sus adversarios. Es una mujer sencilla que pide ayuda, y representa esa oración también sencilla de quien se ve en una situación de apuro y de angustia. Una oración que tiene mala prensa, y de la que nos solemos reír, pero que sin embargo es la oración del pobre, del enfermo, del que sufre desgracias, y por tanto es una oración que Dios no rechaza. No le dice al que le pide que no sea egoísta. No le rechaza. Son los elegidos de Dios. Y si hasta un juez injusto la atendería, aunque fuera por su molesta e inoportuna súplica, cómo no lo hará Dios. Los que sufren son los elegidos de Dios. La injusticia es estridente a los oídos de Dios, y no puede dejar de apiadarse del pobre, extendiendo hacia él su ternura.

Hoy nuestros hermanos y hermanas agnósticos y los ateos, e incluso no pocos creyentes, han perdido el gusto por la oración. Sin embargo, proliferan los grupos de Mindfullness, los couchers, las terapias de silencio, los spas en medio de la naturaleza… y se paga mucho dinero por ellos. Y si fuéramos a una librería a ver, nos asombraría el número de libros sobre meditación, o sobre espiritualidad que hoy en día se están escribiendo, desde planteamientos no cristianos. Los hombre y mujeres de hoy buscan y pagan caro en otros lugares lo que en otros tiempos la iglesia les daba con gratuidad. ¿Qué está pasando?

Lucas, el evangelista, habla mucho de la oración en su evangelio: se esforzó por inculcar a sus comunidades la importancia de la oración: les presentó a Isabel, María, los ángeles, Zacarías, Simeón, pronunciando las más diversas formas de alabanza y acción de gracias; y, sobre todo, a Jesús retirándose a solas para rezar en todos los momentos importantes de su vida.

Y Lucas era médico. Digo esto porque en nuestra mentalidad cientificista hemos desechado la idea de que Jesús nos pueda ayudar, o de que las oraciones sirvan para algo. Pensamos muchas veces que la medicina y las ciencias en general son las que nos van a salvar, y nunca Dios. Este pasado jueves, un médico de mi comunidad les habló a los chavales de 4º eso que estaban de retiro espiritual y ponían mil y un peros para creer en Dios, Jesús o la oración… Les dijo: No penséis que la medicina es una ciencia exacta. Lo más difícil de la medicina es que te puedes equivocar y meter la pata. O que nos quedan todavía muchísimas cosas que no sabemos”. Y luego les habló de lo que él investiga en el Met de Massachusetts, para detectar el cáncer precozmente. Se quedaron alucinados de que un investigador de primer orden a nivel mundial, inventor de un aparato para detectar precozmente el cáncer y dirigir con más precisión la radiación a las células afectadas, creyera en Dios, rezara, les hablara de Jesús.

En nuestra sociedad tan pragmática, la oración se ve como algo inútil. Dios no va a venir a arreglar nuestros problemas ni los de los pobres. Y quizá sea cierto. Al menos Dios no suele intervenir directamente en nuestras decisiones y avatares.

Sin embargo, orar tiene su eficiencia, también incluso en el tema de los problemas gravísimos de los empobrecidos.

Una persona que ora, que pone su corazón junto al de Dios o al de Jesús, aprende a mirarse a sí mismo y a la realidad con los ojos con que Dios o Jesús lo harían. La señora de la anécdota supo hacerlo, y seguro que eso le sirvió muchísimo a ella en primer lugar, y a los pobres muchachos después.

Cuando pedimos por alguien o algo, descentramos nuestro corazón de nosotros mismos, lo llevamos allí donde está el dolor de la humanidad, y lo acompañamos. Un corazón que reza así, no será el mismo al día siguiente: será un corazón afectado y mucho más dispuesto al amor y al compromiso. La eficacia de la oración está en su capacidad para hacerme mejor persona, más como Jesús.

También lo hacen otras actividades que llamamos inútiles: el gozo de la amistad, la ternura de unos esposos, el enamoramiento de unos jóvenes, el cariño y la sonrisa de los niños, el desahogo con la persona de confianza, el descanso en la intimidad del hogar, el disfrute de una fiesta, la paz de un atardecer… ¿Cómo medir «la eficacia» de todo esto que constituye, sin embargo, el aliento que sostiene nuestro vivir? ¿Cómo no darnos cuenta de su increíble efectividad para hacerme feliz y empático con todo y con todos y todas?

La oración es «eficaz» porque nos hace más creyentes y más humanos. Va limpiando nuestros criterios, nuestra mentalidad y nuestra conducta de aquello que nos impide ser hermanos. Alienta nuestro vivir diario, reanima nuestra esperanza, fortalece nuestra debilidad, alivia nuestro cansancio.

La persona que aprende a dialogar constantemente con Dios y a invocarlo «sin desanimarse» como nos dice Jesús, va descubriendo dónde está la verdadera eficacia de la oración y para qué sirve rezar. Sencillamente, para vivir y multiplicar la vida.

A Dios rezando, y porque rezamos, seguiremos incansables “con el mazo dando” en favor de la justicia y del amor.