REYES Y SABIOS, QUE NO MAGOS – Juan Carlos de la Riva

Qué gran poder tiene la narrativa para generar simpatías y antipatías, para provocar la identificación y la desidentificación con los personajes, para hacerse la pregunta por quién está haciendo las cosas bien, y quién no, que en el fondo es como decir qué haría yo en esa situación.

Y en esta historia de los Reyes magos hay mucho con lo que identificarse, y quizá más con lo que desidentificarse.

Hay tres reyes majos majos majos. La palabra mago nos confunde, porque no sabemos si se refiere a un prestidigitador o a un brujo, y la figura de estos personajes misteriosos no se deja atrapar por ninguna de ellas. El primero nos ilusiona y nos engaña. El segundo nos hechiza y manipula. Estos no son así. Se trata de reyes y se trata de sabios. Y su reinado y su sabiduría se confronta con unos opuestos que aparecen muy bien retratados en el texto: el reinado miedoso y mentiroso de Herodes, y la sabiduría incapaz de fe verdadera de los escribas y fariseos del templo. Vamos a analizar estos villanos, para valorar más aún a nuestros queridos reyes majos.

De Herodes cabe decir que representa el poder, y que lo primero que le pasa al poder al enterarse de la noticia es que tiene miedo; el poder tiene miedo, es frágil, se asusta de un mero niño recién nacido. El poder tiene miedo de cualquier cosa que pueda quitarle ese poder. Está hecho en realidad de miedo. Y por eso inventa ejércitos o todo tipo de coacción. Además, como tiene miedo, miente: le dice a los reyes que va a ir a adorarlo, cuando todos sabemos que lo que quería era matarlo. El poder, para mantenerse en el poder, tiene que mentir. Y aquí es donde podemos decir que cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Ja. Esto en el siglo XXI sigue pasando, y mucho, ¿o no?

El poder de los reyes magos es bien diferente: han dejado sus tronos y se han arriesgado a atravesar países donde no mandan, donde son considerados forasteros extraños y por ello seguramente mal vistos. Han sabido salir de su poderío, someter sus reales voluntades a otra voluntad más grande. Se han dejado mandar por quien de verdad manda.

 

De los escribas y letrados podemos decir que representan la falsa sabiduría. Saber sabían sí, quién era ese niño, dónde había de nacer, qué se había profetizado de él. La teoría se la sabían, tenían la lección bien aprendida. Pero no tenían fe, no salieron de la seguridad que les daban sus saberes, y de su connivencia con el poder terrenal. No salieron corriendo a adorar al niño aunque sabían bien quién era. Es como aquél que sabe que todo esto de la religión consiste en amar, pero no lo hace nunca. Se sabe la teoría pero no la practica. Conozco a una persona que decía que sabía nadar y nunca se había lanzado al agua. Eso sí, se sabía de memoria todo lo que la enciclopedia Espasa decía sobre el verbo nadar, e incluso repetía con gestos los gráficos del insigne instructivo. Pero nunca había nadado.

Los reyes sabios, en cambio guardan silencio. Nada han pronunciado en toda su historia. Han sabido callar sus convicciones y apartarlas, para abrirse a la novedad de un Dios diferente que no nace en el templo sino en la puñetera calle, que no parece Dios ni ahora ni cuando lo crufifiquen, que lo único que tiene es la luz de una estrella que brilla más que los demás, poco pero lo suficiente para guiar su corazón a una nueva sabiduría.

 

Y los reyes nos pueden enseñar más cosas aún.

Por ejemplo son una invitación a romper las fronteras, a salir de nuestra zona de confort, a atravesar desiertos de noche, guiados por tenues luces.

Son también una invitación a arrodillarse y adorar. Ni su trono ni su sabiduría se lo impiden. Saben reconocer a quien hay que adorar. Saben que ellos no son dioses. Saben arrodillarse ante el terreno sagrado que es un pobre en brazos de una pobre, en lo escondido de la exclusión social.

Son también una invitación a ofrecer. Es el mejor ejercicio que podemos hacer los cristianos. Tomar lo que tenemos y entregarlo a los demás, especialmente a los pobres.

Y son, por último, una invitación a volver de Belén por caminos nuevos, que eviten las antiguas tentaciones. Y eran ya viejitos, al menos los dos de barbas, y sin embargo cambiaron de ruta. No era tarde para encontrar nuevos caminos. No volverían a ser tentados ni por el poder miedoso y mentiroso, ni por la religión de doctrinas sin hechos. Caminarían ya sin estrella, porque en su corazón llevan repicando aquel himno de la Epifanía:

REYES QUE VENÍS POR ELLAS,
NO BUSQUÉIS ESTRELLAS YA,
PORQUE DONDE EL SOL ESTÁ
NO TIENEN LUZ LAS ESTRELLAS.

Ya no hallaréis luz en ellas,
el niño os alumbra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (2,1-12):

Habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
«¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo».
Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó y toda Jerusalén con él; convocó a los sumos sacerdotes y a los escribas del país, y les preguntó dónde tenia que nacer el Mesías.
Ellos le contestaron:
«En Belén de Judea, porque así lo ha escrito el profeta:
“Y tú, Belén, tierra de Judá,
no eres ni mucho menos la última
de las poblaciones de Judá,
pues de ti saldrá un jefe
que pastoreará a mi pueblo Israel”».
Entonces Herodes llamó en secreto a los magos para que le precisaran el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndoles:
«ld y averiguad cuidadosamente qué hay del niño y, cuando lo encontréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo».
Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino y, de pronto, la estrella que habían visto salir comenzó a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño.
Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con Maria, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
Y habiendo recibido en sueños un oráculo, para que no volvieran a Herodes, se retiraron a su tierra por otro camino.

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