VOCACIONES ¿ES-CLERO-SIS? – Juan Ignacio Villar (Vily)

Me pregunto: ¿Quiero jóvenes… ACOSTUMBRADOS A LAS FORMAS, HABITUADOS A UN HORARIO, AMOLDADOS A...

El culto al cuerpo y el culto a Dios – Enrique Fraga Sierra

Puede que te preguntes que tiene que ver ir al gimnasio o comer de determinada manera con ser cristiano, pero es que mi ser cristiano se relaciona con mi vida, transversal y verticalmente, así que me interpela en cada faceta de mi vida. Y sí, también en si voy o dejo de ir al gimnasio.

¿Cómo se sitúa el joven cristiano de hoy ante la cultura del gimnasio, la moda del real-fooding o la necesidad de comer más saludablemente? ¿Cómo se posiciona frente al culto al cuerpo y la “condenación a las llamas del averno” que provoca consumir azúcar? Pues, sinceramente, yo no lo sé, pero sí que sé como me sitúo yo…

Lo primero voy a reconocer varias cosas sobre mí, y es que sí, voy al gimnasio casi a diario; sí, intento evitar comer azúcar innecesariamente; sí, intento sentirme bien con mi cuerpo y puede que hasta sea un poquito esclavo de ese aparato que llevo en la muñeca y se encarga de decirme si he alcanzado mi objetivo de calorías diarias o no. ¿Es moda? ¿Es presión social? ¿Es superficialidad? Creo que no. Pero dejo que me juzgues tú, con cariño, por favor.

Voy a empezar por lo más básico, y es que creo que hay cierto consenso médico y social en que hacer ejercicio diario es saludable, en que consumir azúcares simples en exceso (dejo en cada cuál establecer el límite) no lo es, y que la comida hecha en casa no solo sabe mejor, sino que es más nutritiva. Y hasta aquí me atrevo a decir, ¿dónde está el problema en cuidar el cuerpo como don de Dios que es? No lo hay ¿no?

Creo que la polémica y las dudas parten de dos posibles puntos:

En primer lugar, cuando juzgamos duramente a los que no son tan “healthys”. La obesidad es un problema mundial y las enfermedades cardiovasculares también, y los hábitos de alimentación y ejercicio impactan drásticamente en ellas. Las redes están llenas de condenas, sí, como suena, a aquellos que comen yogur azucarado, galletas o vete tú a saber qué. Pues bueno, creo que aquí debo posicionarme, debo decir, el mensaje en positivo te lo compro, comer menos galletas es bueno, pero el juicio hacia los demás sobra. La presión que ataca la autoestima del otro no ayuda. Es bueno educar en una alimentación saludable, pero por favor, no impongamos nuestras costumbres y juzguemos desde nuestro púlpito a los que eligen otros hábitos.

 

Y, en segundo lugar, cuando lo llevamos al extremo y quitamos a Jesús del centro de nuestra vida para poner a nuestros bíceps, a nuestra tripa plana o a un porcentaje de grasa que tiende a cero. Y aquí me meto 100% en terreno fangoso y personal. No voy al gimnasio simplemente porque crea que es sano, me podría valer con andar un rato todos los días quizá, sino porque quiero modelarme ¿hay influencia social? Seguro ¿lo hago por eso? Diría que no.

Y aquí es donde yo me pregunto, ¿me aparta esto de construir el Reino? ¿me hace adorar a otros Dioses que no son el Padre que descubro en Jesús de Nazaret?

Vamos con la respuesta: hacer ejercicio y cuidarme como reconocía nada más empezar son importantes para mi, eso es innegable y sin duda me quitan un tiempo (del que no dispongo para otras cosas, evidentemente), pero también creo que consigo mantenerlos en un orden de prioridad baja, es decir, que no elijo eso por encima de las personas. El día que deje de lado el cuidado del hermano, la atención al que sufre, o el compromiso con y por transformar y humanizar la sociedad a cambio de hacer ejercicio; o también el día que anteponga mi horario de cena a construir fraternidad, a encontrarme con el otro, pues deberán saltar mis alarmas, porque desde luego algo no estará yendo bien. La apuesta radical por el Reino me lleva a comprometerme con mis hermanos, pero también conmigo mismo. “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Para mi esto es cuidarme, es quererme. Es dedicar parte de mi día a atender este don de Dios. La otra línea roja sería el querer encajar en determinados cánones, pero la verdad es que no creo que sea el caso. Si la fuerza motriz fuese la no aceptación de mi cuerpo, sería un problema, pero si desde el aceptarme me presto atención yo no veo incongruencia. Y ahora la gran pregunta: ¿desde donde lo vives tú?

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