Hace relativamente poco tiempo (14-10-2016), en la portada del periódico El País, aparecía una foto de Bob Dylan, diciéndose de él que había sido un catalizador esencial de la revolución cultural de los años sesenta. Somos muchos los que llevamos unos años hablando del establecimiento de una nueva cultura aún por definirse; unos modos de comportamiento distintos y una gestión del pensamiento novedosa nos sitúan, entre otras cosas, ante la dicotomía del futuro que nos espera y el futuro que es posible. La pregunta que sigue es: si hoy se puede argumentar que Bob Dylan fue un catalizador esencial de la revolución cultural de los años sesenta, ¿quién o quiénes, a nivel universal, serán considerados el día de mañana personajes que están actualmente configurando una nueva cultura, atrayendo, conformando, agrupando fuerzas, opiniones, sentimientos, etc.? Rápidamente diríamos que los youtubers o quizás, entrando en la reflexión, señalaríamos que nos gustaría que fuesen profesores como Hugh Herr, galardonado —como lo fue años atrás Bob Dylan— en los pasados Premios Príncipe de Asturias 2016.
Se me ocurren dos líderes mundiales con acentos propios e identificables, el papa Francisco y, el recientemente elegido nuevo presidente de Estados Unidos, Donald John Trump. El primero fue obispo de Buenos Aires, con olor a pastor por su cercanía con la gente sencilla y pobre; siendo papa ha superado los 30 millones de seguidores totales en Twitter a través de cuentas en nueve idiomas y en una semana tuvo dos millones de seguidores en Instagram. El segundo ha sido empresario millonario con personalidad televisiva y, además, escritor; según un sondeo del pasado verano realizado por la NBC, sus numerosos seguidores están de acuerdo en que los inmigrantes son una carga para Estados Unidos y en la necesidad de poseer armas mientras niegan, por ejemplo, la contribución del ser humano al cambio climático.
Los perfiles de líderes que visualizamos a nivel global también se perciben en los ecosistemas profesionales próximos. No exageramos si decimos, por ejemplo, que no hay que dar nada por hecho incluso en la figura de un educador. Javier Sádaba, filósofo, expresa: «Me parece que está degenerando mucho la vida pública pero, además, día a día, porque si esto produjera reacciones y la gente tuviera mucha más cultura, en el sentido de inquietud intelectual, lectura, capacidad de distinción, etc. si tuviéramos todos más eso, esto podría dar lugar a una especie de depuración, es decir, de las crisis se sale reforzado muchas veces, ¿no?».
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RPJ nº 520 – Reformas eclesiales de gran calado – Alicia Ruiz López de Soria
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