Recrear los procesos – Silvia Martínez Cano

La vida adulta no es un acontecimiento fácil al que llegar. En lugares donde la formación y la incorporación al trabajo es más larga de lo habitual, otros procesos personales quedan afectados. El tránsito a la vida adulta se dilata porque la situación económica y social está llena de obstáculos para los jóvenes. Muchas expectativas se frustran en el camino y, al ser más largo, las crisis se viven más tarde, retrasando también la maduración en la fe. En esa maduración hay procesos que quedan más afectados, como el discernimiento personal o el compromiso por el proyecto de Jesús. Quedan a veces en espacios ambiguos donde la propia situación personal y laboral obstaculiza el compromiso cristiano.

Cada persona tiene distintos tiempos, y los pasos deben estar conectados unos con otros para que el resultado final sea una manera razonablemente coherente de vivir, donde podamos encontrar también las opciones cristianas que se han tomado y se asumen. Cuando hablamos de procesos en pastoral, nos referimos normalmente a esto, acompañar en la organización aproximadamente coherente de las respuestas que cada joven asume para llegar a una integración fe–vida madura. La pastoral de procesos pretende integrar a los jóvenes en la vida de nuestras comunidades cristianas, en su misión y tareas cotidianas. Por eso el cuidado de la comunidad que acoge a los jóvenes está íntimamente unido a los procesos de maduración que ofrecemos a los jóvenes en esa comunidad. Si Dios es experimentable, cercano, acogedor, también la comunidad lo es. Y si la comunidad encarna esa «acogibilidad» de Dios, entonces Dios está con nosotros. Por eso, el estilo de vida que puede convencer es un estilo distinto a otros más frecuentes que se ofrecen en la sociedad.

Quizá es apropiado subrayar que lo que ofrecemos a los jóvenes es algo contracultural, que, sin excentricidades, da testimonio de la diferencia radical que supone vivir en el mundo cuando hemos elegido a Dios para que esté en nuestro corazón. La «contraculturalidad» viene dada por un estilo sencillo y acogedor que apuesta por el otro u otra como manera cotidiana de vivir, que reflexiona sobre las decisiones que toma, que usa su tiempo y dinero de forma solidaria, que cuida a sus seres queridos, se esmera en el trabajo y vive un ocio responsable. Es un estilo contracultural porque no lo hacemos solos, sino porque vivimos estos procesos en comunidad, en grupo.

Pero ¿cómo hacer esto? Lo primero es cambiar la forma que tenemos de hablar de Dios. Con los jóvenes funciona más hablar de lo que Él nos da y menos de lo que Dios nos pide. Para los jóvenes Dios tiene que seducir y más tarde convencer. Lo siguiente es trabajar en distintas direcciones experienciales para provocar en los jóvenes esa atracción hacia el proyecto de Jesús y que así les permita preguntarse sobre su vida. Algunas herramientas pueden ser:

  • Interpelar, moderar, suscitar, provocar… ideas, pensamientos, experiencias y sentimientos que no se pueden separar de la propuesta cristiana como fundamentales. Cuestiones de decisión, inquietudes sobre compromisos, preguntas sobre actitudes… La forma de avanzar en los procesos es a través de la acción. Para ello el proceso es personal, pero se hace en grupo, armonizando los ritmos y tendencias de los distintos procesos.
  • Escuchar, comprender, acompañar, dejar hablar… del propio proceso de fe que va a ir configurando el proceso de vida de la persona. Cada una se enfrentará a distintas disyuntivas y desarrollará distintas estrategias para avanzar. Crecerá de una manera determinada en apertura al Espíritu.
  • Imaginar, diseñar, crear, probar… narraciones, situaciones y experiencias que pueden decir a la persona las posibilidades que tiene vivir acompañado de Dios. Un método más abierto, en el que los sueños de unos pueden ayudar a otros a crecer, y las preguntas de otros pueden hacer repensar a otros sus decisiones. Moverse en la posibilidad facilita ver más medios y ofrece múltiples iniciativas, que incluyen más procesos adaptados a la persona. Así, más personas se sienten parte de algo más grande.

 

Para recrear los procesos hay que poner nuestro corazón y nuestra acción en ellos. Los procesos deben estar orientados a experimentar que Dios está vivo, que camina con nosotros y nosotras.

Haz ahora una pequeña experiencia de conciencia del propio proceso con los jóvenes que acompañas:

Mira la imagen. ¿Cuántas puertas tienes abiertas? ¿Qué decisiones tienes pendientes? ¿Qué cuestiones no puedes resolver por ahora? Ponle nombre a cada puerta de tu proceso. No todos los procesos son iguales:

  • Algunos son procesos personales. En ellos me detengo en mi interior y me digo a mí mismo cómo soy. Defino mi identidad, es decir, expreso cuales son aquellos elementos que me definen y son fundamentales para entenderme a mí mismo. Me ayudan además a situarme en el mundo.
  • Otros son procesos relacionales. En ellos evalúo cuáles son mis relaciones con los demás y valoro mi capacidad de empatía y la fraterno-sororidad. ¿Soy capaz de encontrarme con los otros? ¿Qué papel toman los otros en mis decisiones y mi vida?
  • También hay otros procesos de discernimiento. Decido cómo decido, yo, aquí y con conciencia de responsabilidad para con mi entorno. Establezco criterios para tomar esas decisiones, elijo lo que es importante y lo que puede esperar o necesita más reflexión…

Si lo has interiorizado, compártelo ahora con tu grupo y descubrid qué procesos tenéis en común y en cuáles os podéis ayudar unos a otros.