Recrear la fortaleza y la reciprocidad – Silvia Martínez Cano

Silvia Martínez Cano

http://www.silviamartinezcano.es / @silviamcano

 

Me vais a permitir que este mes me detenga en el 25 de noviembre, el día de la lucha contra la violencia machista. Me vais a permitir que evoque con una imagen dos acciones que están profundamente ligadas al Evangelio: fortalecer y reconocer a la hermana.

La violencia contra las personas es una de las formas más comunes de materializar el abuso de poder en las relaciones personales y sociales. Entre los distintos grupos humanos que por diversas razones sufren la violencia, las mujeres son las que más soportan estos abusos. Llamamos violencia a la coacción verbal o de violencia física, vinculada a una privación de la libertad personal y un sufrimiento físico, psíquico o moral de todo tipo. Estas formas de violencia implican siempre a dos protagonistas, ya sean dos personas o dos colectivos humanos. ¿Tiene algo que decir Dios al respecto? ¿Es Dios solidario con las víctimas de esta violencia? Pues los cristianos y cristianas creemos que sí. Que la clave de la cruz es nuestra arma contra la violencia. Me explico.

Jesús comprende y muestra el dolor que viven las mujeres a causa del menosprecio y la humillación de su cuerpo por parte de la cultura patriarcal de su tiempo. Son cuerpos calificados de pecadores y, por lo tanto, su valor es mínimo, y se puede usar y despreciar por los otros cuerpos que sí tienen valor. Las mujeres son Cristos ocultados, porque son experiencias corporales del crucificado resucitado. Dios está con las mujeres porque se ha ido desvelando como Dios justo que se detiene ante el desposeído de dignidad y acompaña su resistencia al mal. Sufre con las mujeres abusadas y maltratadas en sus luchas y se siente herido por sus culpas.

La lucha por hacer justicia a estas mujeres es una lucha desde la cruz. Y son ellas las únicas que nos pueden iluminar en este proceso de búsqueda de liberación, como sujetos activos de su propia liberación histórica. Su fortaleza es la nuestra, su lucha es la de las cristianas y cristianos. Acompañar a fortalecer a las mujeres que sufren violencia es acompañar en el cambio a la liberación. La fortaleza se obtiene cuando se es capaz de enfrentar la complejidad de la violencia y desde la amistad, la solidaridad, la libertad y el amor.

En ella se rompe el absurdo del sufrimiento que hay en sí misma porque el amor y la libertad son más fuertes si Dios está con nosotras. Dios no abandona a la humanidad en el dolor (Mc 15,34) sino que está presente (2 Cor 5,19-21) al mismo tiempo que ausente. Esta dialéctica expresa la presencia del amor de Dios en las condiciones históricas, concretas y cotidianas de cada mujer y en sus luchas por una vida mejor. Preguntarnos cuáles son las causas del sufrimiento y cómo puedo enfrentarlas, de manera que tracemos un camino donde las mujeres vean una salida a su situación y se sientan capaces de ir hacia ella. Fortalecer es ayudar a tomar conciencia de que se puede cambiar una situación.

Pero no es suficiente fortalecer los procesos de liberación. Es necesario abandonar una actitud paternalista sobre las mujeres que sufren violencia, pues no son menores a las que salvar. La solidaridad de Dios con el mal de las mujeres nos mueve a combatir ese mal radical reconociendo la capacidad de la otra en el proceso. El reconocimiento es aceptar que no somos los salvadores de nadie, sino que somos acompañantes en procesos personales de liberación. Reconocer a las mujeres es situarlas y reconocerlas con el mismo valor que tienen otros cuerpos, aceptar verdaderamente que somos iguales y que el respeto hacia la otra pasa por la reciprocidad. Reconocimiento y reciprocidad están íntimamente unidos. Reconocer en la otra un ser humano que me puede enseñar, ayudar y acompañar. Establecer con ello una relación de reciprocidad donde la vida de la otra me enseña todos los días a amar. Alcanzar un equilibrio de poder y servicio que dignifique a la persona y no la humille.

Con ello damos testimonio de un Dios empático, consolador y sostenedor, co-sufriente, expresado en Jesús. El sufrimiento que se comparte en la reciprocidad es un sufrimiento vivificante, pues nos convoca a una nueva vida a favor de la justicia. Fortalecer y reconocer es caminar por la senda de la justicia, acompañados, acompañando, incorporando los cuerpos heridos y cicatrizados a la frágil felicidad de la creación. Con ello desarrollamos un lenguaje nuevo de la salvación, donde vislumbramos nuevas posibilidades de reconstruir las relaciones entre hombres y mujeres y una tierra nueva donde haya menos sufrimiento y más salvación.

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