Recrear a Jesús en la ciudad – Silvia Martínez Cano

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En estos momentos en los que no sabemos muy bien hacia qué mundo caminamos, intuimos que el encuentro con Jesucristo sigue siendo algo único para la historia de la humanidad, algo escatológico, que sigue trastocando la realidad profunda de la existencia y la vivencia diaria en el mal reinante. Ahora que miramos el futuro con cierta ansiedad, que no nos entendemos entre generaciones, que la ciudad se nos hace incomprensible e infranqueable, Jesucristo se hace presente en las situaciones de conflicto que genera la diversidad y la globalidad en sus miles de millones de habitantes.

Mira la imagen: la ciudad es una de estas fronteras. Un lugar inhóspito para algunos, solitario para otros, insolidario para muchos. Mira a Jesús, ocupa la ciudad. En el fondo del corazón sentimos la experiencia de un Jesús que vive, que ha sido visto, que se ha aparecido en nuestro mundo a través de los rostros de las personas que aman con la pasión con la que amó Jesús. Jesús en la ciudad empodera los corazones a través de las personas que habitan las calles de cemento y los rincones estrechos. Es decir, que, a pesar de la sensación de crisis y malestar social y religioso, la resurrección de Jesús es real en muchas personas y comunidades que se enfrentan día a tras día a las fronteras de este mundo empujados por la gracia salvífica que surge del encuentro con Jesús. Y con ello rompe las fronteras de la incomunicación y la desesperanza y traza hilos de amor para unir los fragmentos del mundo.

Con ello nos demuestra cada día que el mal que anida en las estructuras de este mundo no tiene la última palabra, sino que la práctica del seguimiento a Jesús es acción positiva y esperanzada, pero empoderada y transgresora. Jesús vive en la ciudad, y vive para siempre (Heb 7,24ss) si somos capaces redescubrir su rostro en aquellos lugares donde la presencia se intensifica. En los hambrientos, en los desnudos, en los débiles… (Mt 25,35-40). El acceso al Jesús resucitado va a pasar inevitablemente por sus favoritos.

Y eso nos lleva a una pregunta fundamental: ¿cómo generar estructuras de encarnación y empoderamiento de los sufrientes de este mundo para devolverles su dignidad y su vida? No basta con acciones puntuales, sino prácticas cotidianas que construyan oportunidades para otros.

  • Escucha. Para ello es fundamental escuchar lo que nos tiene que decir Jesús personalmente, sin confundirlo con nuestra herencia histórica, nuestras creencias o nuestros miedos. Escuchar significa que vamos a dejar que nos seduzca en lo íntimo del corazón, dejarnos «llamar por nuestro nombre» (Is 43,1) y entregarnos con confianza a la misión que nos ofrece.
  • Libérate. Jesús ejerce su libertad de transformación desde el «desprendimiento», una palabra no demasiado popular en la actualidad. No seremos libres para amar mientras no estemos dispuestos a soltar aquello que nos retiene y nos hace incapaces de ver a Dios en la historia del mundo. De lo contrario, como el joven rico (Mt 19,16-22), nuestro amor y nuestro compromiso siempre estarán en contradicción.
  • Sal al encuentro. Salir al encuentro del otro nos permite amar sin reservas, aceptarnos a nosotros mismos tal como somos y aceptar a todos los demás seres humanos, incluidos nuestros enemigos, tal como son. El proceso, gradual y lento, aparta obstáculos al amor, y desvela que somos lo bastante libres para amar a todo el universo, en una armonía cósmica. Muchos de nosotros tenemos miedo a «ponernos en camino» (en el significado bíblico de la expresión). Mostrarnos vulnerables es aceptar la respuesta imprevisible del otro ante el que das un paso.
  • Ama. Mirar con ojos de enamorado o enamorada. Es la experiencia más bonita del mundo. Mantenerse en enamoramiento continuo es bucear en los pequeños detalles del otro, sentirse querido, sentir que el mundo tiene otro sentido, que se pueden alcanzar la utopía del Reino y que merece la pena actuar por ello… es, en definitiva, colaborar en la salvación del mundo.
  • Actúa. Romper, como Jesús, con la heteronormatividad (lo que se debe ser, lo que se debe pensar, creer, apoyar, tener, llegar, luchar, ser…). Jesús no sigue las rutinas propias de un varón judío de la Palestina del siglo I. Desafiar a la ciudad es no dejarnos engullir por su incapacidad de humanizar que nos cosifica, usa y abusa. Se trata de abandonar el formato patriarcal y las jerarquías de relaciones sociales (padre/hijos, hombre/mujer, judío/extranjero, libre/esclavo, nativo/migrante, rico/pobre…) hacia un modelo de hermanamiento.

Jesús está en la ciudad, nos invita con estos elementos a alimentar el principio de semejanza entre Dios y los seres humanos haciéndonos hijos e hijas suyas, a todos (Gl 3,26). Piensa en estas prácticas. Llévalas a tu vida. Es sencillo, solo hay que empezar. No tengas miedo. Este principio de semejanza ilumina el proceso de cambio global para que humanice las relaciones que nos separan. Mira la imagen, ¿no seremos así cuerpo glorioso de Jesucristo?

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