¿Realmente podemos construir una iglesia desde abajo? – Montse Álvarez

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¿REALMENTE PODEMOS CONSTRUIR UNA IGLESIA DESDE ABAJO?

Montse Álvarez
@sallepastoral

Trataré de responder la pregunta sabiendo que no se puede dar una respuesta concreta, aunque se lleve media vida dedicada a vivir la fe entre y con los jóvenes. Expondré algunas reflexiones como posible respuesta.

Construir Iglesia con los jóvenes es el horizonte de cualquier pastoral juvenil. Más allá del «primer anuncio», las dinámicas de la pastoral juvenil intentan ofrecer un espacio de participación, crecimiento, celebración litúrgica y práctica del servicio a otros miembros de la comunidad o de la sociedad. Así que, sí. Los jóvenes de nuestros grupos se pueden considerar miembros activos de la comunidad eclesial.

La concreción de las actividades pastorales suele partir de los propios jóvenes. Son servicios eclesiales que, si no estuvieran ellos, no se podrían llevar a cabo. Pienso en servicio de jóvenes más pequeños (allí en donde haya un proceso de catequesis infantil y juvenil, en donde haya evangelización a través de la educación en el tiempo libre…) o en grupos juveniles formados desde Cáritas u otras estructuras parroquiales.

Además, estos propios jóvenes se organizan de forma asamblearia. Más allá de algún consiliario o algún coordinador o coordinadora, la presencia adulta es escasa. Y aún menor la presencia de algún sacerdote o religioso o religiosa. Esta ausencia (forzada por la falta de vocaciones a la vida sacerdotal o religiosa; o elegida porque en muchos casos hay mucha «distancia» entre la juventud y los sacerdotes o religiosos/as) refuerza que su experiencia eclesial sea más «circular» que «piramidal»: muchas de las decisiones de cómo llevar a cabo ciertos proyectos, de cómo preparar celebraciones… se realizan de forma colegiada, dialogada, partiendo de una aproximación crítica de la realidad y no debido a procesos «de obediencia» a ningún tipo de «superior».

Nadie como la juventud para salir a «las periferias» como nos pide el papa Francisco. Ellos son «Iglesia en salida» porque están en contacto estrecho con una realidad cambiante que es su rango de edad y la actualidad tan globalizada que van viviendo: intercambio de ideas y de formas de vida cada vez más abundantes que inevitablemente pondrán delante del espejo de «ser cristianos». Estas periferias se amplían aún más cuando llevan a cabo servicios en contacto con personas en situaciones socioeconómicas de exclusión. Prefieren «hacer lío» en estos entornos.

Cabe una mención especial a la mayor presencia femenina que masculina. Ante esta realidad, solo cabe preguntarse si no será que es aquí donde las chicas encuentran un lugar donde se les reconoce protagonistas iguales que los chicos, situación que no se da en otros modelos (o momentos) eclesiales donde el espacio masculino siempre tiene un papel preeminente y ellas quedan relegadas a otros quehaceres más pasivos o con menos poder de decisión e influencia.

NO

Pero no todo el monte es orégano. El construir una comunidad juvenil eclesial suele encontrarse con algunos impedimentos. Sus tiempos de dedicación suelen ser escasos. A no ser que haya un proyecto activo donde se centre el compromiso de un voluntariado o un servicio, los jóvenes suelen encontrar dificultades en encontrar un hueco a la presencia física en la comunidad.

Cuestan los procesos formativos y de oración–celebración. Quizás esto puede resultar escandaloso para los lectores. Muchos de los jóvenes con los que he compartido camino, manifiestan su dificultad ante el silencio y la oración. Que encuentran mucho a Dios en el servicio. El peligro del activismo sin el ancla de la oración y la confrontación sigue amenazando.

Otras situaciones que se suelen dar son la «personalización» (sigue participando de la comunidad si quien la anima es Fulanito o si los amigos van) o de «infantilismo» (es más fácil que el animador de la pastoral de turno me diga qué tengo que hacer y yo lo cumplo y listo; sin mucha capacidad crítica).

Otro problema para crear una comunidad estable es el hecho de que puede que nuestra oferta tenga «fecha de caducidad». Terminan la etapa juvenil y empiezan a tener su tiempo copado con trabajo o el inicio de una familia propia… También puede ser que no haya otros referentes cristianos cercanos de otras edades (normalmente suele haber un salto generacional muy grande) o no seamos lo suficientemente significativos. Entonces, parece que el horizonte vital de los procesos de fe termina con el inicio de la adultez. Y se van. Aún no sabemos qué hacer para que no se vayan.

D.O.

Resulta entonces que hay que retomar la pregunta: ¿podemos construir una Iglesia desde abajo? Si ponemos esta interrogación en el contexto de la sinodalidad, hay ya un par de ideas en la propia formulación de la pregunta, que hace que me cortocircuiten las neuronas.

Lo de «una Iglesia» me deja patidifusa ante la posibilidad de que haya «otra Iglesia»… ¿Es que hay «varias» Iglesias? No voy a entrar en la cuestión ecuménica y en cómo trata esta encrucijada. Solo quiero considerar la idea más «original» de lo que es la comunidad de seguidores de Jesucristo. UNA, no… LA Iglesia. Ya lo dijo la Comisión Teológica Internacional: «el sínodo es la forma específica de vivir y obrar de la Iglesia Pueblo de Dios». O sea… no hay otra. Y si la hubiera, no sería Iglesia.

La otra cuestión que me chirría es el «desde abajo». No lo entiendo, porque en una Iglesia asamblea–comunidad–circular, no hay «arriba o abajo» que valga. Esta característica esencial nos la jugamos en el día a día de nuestro trato cotidiano mutuo. Y, con los jóvenes, mucho más.

Siendo consciente de las fortalezas y debilidades, debemos seguir poniendo esfuerzos e ilusiones para vivir una experiencia eclesial auténtica con los jóvenes. La propia forma de ser y estar entre los jóvenes refuerzan esa posibilidad de «ser Iglesia»: tienen ganas de participar, de que se les tenga en cuenta, huyen de sentirse manipulados y quieren ser protagonistas, necesitan que les escuchen y les gusta escuchar, buscan referencias auténticas y no «postureos», eligen embarcarse en aventuras por crear un mundo mejor y más justo para todos, quieren formar parte de «algo grande», requieren libertad y que se confíe en ellos, no les apetece que les juzguen si no que se les acoja, siguen buscando experiencias que les acerquen a lo mejor que ellos mismos tienen y a mejorar a los demás, es una etapa vital caracterizada por la búsqueda de la propia identidad en su interior así como de su «lugar en el mundo», quieren caminar con referentes y no con modelos perfectos inalcanzables…

TEXTO DESTACADO

Debemos seguir poniendo esfuerzos e ilusiones para vivir una experiencia eclesial auténtica con los jóvenes

Volver a experimentar la Iglesia inicial con los jóvenes no es tarea difícil. Sin embargo, los números cantan: de tener grupos relativamente numerosos de catequesis, de Confirmación, de escolares vinculados a la pastoral de un centro educativo o en grupos parroquiales con cierto gancho… a las cada vez menos «cabezas blancas» de los templos en las celebraciones dominicales. Es que muchas veces puede pasar que le estemos vendiendo una moto… o actualizando, un móvil que luego resulta que no tiene ni la mitad de los píxeles, memoria, gigas de Internet, capacidad de WiFi… que les habíamos asegurado que tenía.

¿Debemos tener la sensación de fracaso porque no hemos hecho pasar a los jóvenes «por la puerta estrecha» de noséqué idea de Iglesia cuando puede que sea el resto de la Iglesia que se acomoda con bastante «manga ancha» en su estructura rígida? ¿No es el Espíritu una fuente de diversidad que deberíamos cuidar y acoger en vez de reclamar una uniformidad congelada?

Ahora quizás es el momento adecuado. Porque, si seguimos creyendo en la presencia de Dios en nuestro mundo, siempre es el momento adecuado. Los «signos de los tiempos» que estamos viviendo ponen de nuevo en valor el «venid y veréis». Si un o una joven viene (que vienen, siguen viniendo, lo aseguro) deberíamos (cada uno de los componentes de la Iglesia y no solo los «agentes de pastoral») garantizar que vean, sean seducidos y se queden. Y no porque nos vean «a los cristianos», sino porque con nosotros, todos, ellos y nosotros, juntos podamos transitar los caminos vitales de cada uno. Como hizo Jesús, que no eligió a los «perfectos» y no les intentó imponer ni convencer: Él atraía a partir de su coherencia entre lo que hacía y lo que decía.

Necesitamos cambiar muchos aspectos como Iglesia «adulta», no creo que tengamos que empeñarnos en «hacer cambiar» a los jóvenes para que se «parezcan más» a lo que somos. Quizás deberíamos nosotros (los adultos) aprender de su «forma de hacer comunidad», hacer que «cambie la Iglesia» para recuperar nuestra Denominación de Origen (D.O.) como comunidad que pone en el centro la Buena Noticia de Jesucristo.

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