Fernando Negro
LA IMAGEN DE DIOS: Una tarde, la pequeña Teresa estaba de vuelta del colegio y hacía sus deberes, su madre la sorprendió haciendo unos garabatos coloreados de manera “artística”. La pequeña Teresa tenía cinco años. Al verla tan sumida en su trabajo, la madre le pregunta: “¿Qué estás haciendo, Teresita?” La pequeña trató de esconder a toda prisa su dibujo y respondió con la frescura de la inocencia: “Estoy dibujando a Dios”. La madre, sorprendida, le dice: “Pero hija, eso es imposible. Nadie puede ver a Dios, así que nadie puede saber cómo es Él”. Y la niña respondió con cara de convencimiento infantil: “Bueno, tú déjame terminar el dibujo, que cuando haya acabado te lo mostraré y verás cómo es Dios”.
De todo lo que venimos diciendo, deducimos que es importante partir de nuestra propia identidad personal, de lo que llamamos el yo real, sin máscaras. Ahí, en lo profundo del ser, en ese área que llamamos “corazón”, reside la presencia misteriosa pero real de la imagen divina que nos espera constante y persistentemente.
Por eso, como decía Sócrates, la pregunta fundamental es ésta: “¿Quién soy yo?”. Porque si no me conozco, seré como barco a la deriva. Hay cosas que hemos almacenado durante mucho tiempo debido a miedos, reservas, y represiones. Son parte de la hojarasca y la basura almacenadas que no nos dejan ver el fondo divino que nos habita. Porque el tesoro lo llevamos dentro.
Lo que determina quiénes somos son los deseos profundo que dirigen nuestras vidas. Cuando estos se conectan con el deseo de Dios, empeñado en comunicarse amorosamente con cada uno de nosotros, emerge la conciencia de Alguien que nos cuida y bajo cuya mirada nos sentimos como en casa. A esa experiencia, sin protocolos, la llamamos oración. En la oración se me descubre mi propia identidad y descubro la identidad de Dios. Dios es amor, y yo soy imagen del amor.
Existe una estrecha relación entre la imagen que tengo de mí mismo/a y la que tengo almacenada en mi memoria acerca de Dios. Por eso hemos de ser críticos acerca de si esa imagen me ayuda a ser mejor, más feliz, más libre, más misericordioso/a, etc. Probablemente esa imagen deberá ser matizada, puesta en perspectiva, e incluso cambiada. “Los valores y patrones que hemos ido aprendiendo e interiorizando en nuestra infancia y juventud, siempre y para siempre impactarán e influenciarán nuestras relaciones con Dios y con los demás”10.
Solamente cuando me atrevo a explorar lo que de verdad soy, puedo descubrir, a base de descartar lo que ya no vale, el tesoro divino por el que lo vendo todo, y así encuentro la plena felicidad. Entonces llego a comprender de verdad quién es Dios: “Ese Desconocido”, que me ayuda a descubrir quién soy de verdad. San Agustín oraba así: “No te hallaba, Señor, por fuera porque mal te buscaba fuera, pues estabas dentro”. Por tanto, el hallazgo de Dios se da cuando nos atrevemos a entrar más adentro en la espesura de nosotros mismos, a veces desaprendiendo lo aprendido, hasta que finalmente hallamos el tesoro.
Cuando vivimos desde esta perspectiva, podemos estar rodeados de ruidos alborotados, pero permanecemos interiormente calmados, porque estamos conectados con nuestra esencia. Es ahí donde nos encontramos con la Belleza que nos habita y que, a su vez, nos hace comprender, sin espejismos alienantes, que realmente estamos rodeados de Belleza, de Bondad y de Verdad.
En el evangelio, Jesús pregunta a sus discípulos acerca de quién dice la gente que es Él. Cuando Pedro proclama la identidad de Jesús como Mesías, Jesús a su vez le manifiesta quién es (hijo de Jonás, un pescador) y quién está llamado a ser según el plan de
Dios: “Tú eres Pedro (que significa ‘piedra’) y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia.” En la oración sin protocolos Dios se revela a nosotros como el Dios de las sorpresas que nos hace entender quién es, y a la vez nos revela la maravilla de lo que somos y de lo que podemos ser. En otras palabras, la oración ensancha las paredes del corazón hasta hacerlo capaz de recibir el don amoroso del Misterio llamado Dios. Quedamos impregnados de una auto-percepción liberadora que nos revela nuestra esencia y nuestra verdadera identidad de hijos/as amados/as en Jesucristo.11
A pesar de mis fragilidades, temores, pecados y miserias, miro hacia atrás y descubro un reguero infinito de misericordia de Dios para conmigo; miro hacia adelante y una voz interior me invita a la confianza que vence a la ansiedad que produce la incertidumbre. Es la gracia de Dios la que realmente trabaja en mí a pesar de mí mismo.
La oración es el laboratorio en el que la materia prima de mi vulnerabilidad se cita con la gracia que, a manera de catalizador, pone en armonía todo mi ser.
En la oración, Dios me dice quién soy yo, me revela mi ser real, mi propia identidad, original, irrepetible, y me revela también su propia identidad de Misterio Absoluto de Misericordia Infinita en el que puedo confiar como un niño en los brazos de su madre.
El salmo 130 expresa a la perfección el efecto de la oración sin protocolos, abierta a la gracia desde la vulnerabilidad, en quien se abre a Dios:
Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad; sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre. Espere Israel en el Señor ahora y por siempre.
Kirk Bingaman, Freud and Faith. Living in the Tension, State University of New York Press, 2003, p. 86







