Fernando Negro
Aquí es precisamente donde entroncamos con la esencia de la oración, que va más allá de hacer y decir oraciones mecánicas, aprendidas y repetitivas. En el fondo, orar consiste en hacernos presentes ante La Presencia de Aquel que nos rodea y abraza por todas partes, y a la vez nos habita por dentro.
Si Él no usa protocolos para conectarse con nosotros, pues que nos asalta sorpresivamente por doquier, ¿cómo vamos a seguir nosotros un protocolo marcado por normas y regulaciones, cuando todo encuentro libre se da entre un yo y un tú que busca la ausencia de mediaciones rituales? Orar sin protocolos es darse cuenta de que cuanto más cerca estoy de mí mismo, más dentro de Él me siento.
“El conocimiento de Dios produce el amor y el conocimiento de sí mismo produce la humildad. La humildad es la verdad. ¿Qué tenemos que no hayamos recibido? Si estamos convencidos de ello nunca alzaremos la cabeza con orgullo. Si sois humildes nada os alterará; ni la alabanza ni el oprobio ya que sabéis lo que sois. Si os censuran no os desanimaréis por ello. Si dicen que sois santos, no os pondréis sobre el pedestal. El conocimiento de ti mismo te lleva a arrodillarte” 12.
Lo que más le gusta al Dios que conozco es que me presente tal y como soy en todo momento, lugar y circunstancia. Jesús de Nazaret pensaba lo mismo. En una de sus parábolas lo cuenta de esta manera:
A unos que confiaban en sí mismos como justos, y menospreciaban a los otros, dijo también esta parábola:
- Teresa de Calcuta y Roger de Taizé, La oración, frescor de una fuente, PPC, Madrid, 1992, p.84
Dos hombres subieron al templo a orar: uno era fariseo, y el otro publicano. El fariseo, puesto en pie, oraba consigo mismo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que gano.
Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que éste descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido.13
Esta parábola recuerda a aquella muchacha de unos 33 años de edad que, llevada del deseo de Dios en medio de circunstancias dolorosas de su vida, se acercó al confesionario de una gran basílica. Se había olvidado de cómo confesarse, es decir, se le olvidó el protocolo externo, pero tenía el deseo de acercarse a la misericordia del Padre. Se presentó ante el sacerdote que estaba dentro y comenzó la confesión así: “¿Se puede? Es que hace muchos años que no me confieso, y no sé el protocolo a seguir”.
¡El sacerdote puso una cara de sorpresa impresionante! A fin de cuentas lo importante es que Dios estaba ahí, esperándola sin protocolos, para darle su perdón y su ternura.
Orar sin protocolos requiere una actitud esencial: estar atentos y vigilantes para no perdernos ninguna oportunidad. Dios está constantemente deseando comunicarse con nosotros. Quien ora sin protocolos entiende que no hay lugares sagrados para encontrarse con Él. El orante aprotocolario14 reclama su identidad de pecador y vulnerable delante de un Dios que en todo
- Lucas 18:9-14
momento desea ayudarnos a ser aquello para lo que fuimos creados.15
Es verdad que una capilla, una iglesia, la naturaleza abierta, etc. pueden ser lugares especiales que facilitan este encuentro. Pero en realidad siempre y en todo lugar la experiencia de Dios es posible cuando estamos despiertos.
Orar es alimentar la llama del amor que recibimos y compartimos. Recibimos el amor de Dios que es fuente de todo amor. Es el amor con el que Dios reivindica nuestra propia identidad. Gabriel Marcel (1889-1973), filósofo francés, decía: “Amar significa decirle al otro: ‘tú no morirás’.” Cuando oramos, escuchamos el susurro de una presencia que nos hace eternos; es el susurro del Amor.
Hay un texto muy bello que nos habla de la oración sin protocolos por parte de Dios y por parte de aquel que le invoca. Se trata de la llamada de Dios al niño Samuel. Veamos:
- Probablemente estamos inventando esta palabra, pero cuando queremos expresar algo importante, a veces no podemos hacerlo con las palabras formalmente aceptadas.
- “Saber qué somos, qué debemos ser y cómo podemos llegar a serlo es la tarea más urgente de todo hombre. Ahora bien, para el educador y el estudioso de la pedagogía encierra una importancia especial. Educar quiere decir llevar a otras personas a que lleguen a ser lo que deben ser. Pero no es posible educar sin saber antes qué es ser hombre y cómo es, qué deben ser, hacia dónde se le debe conducir y cuáles son los posibles caminos para ello”. ( Edith Stein, La estructura de la persona humana, p. 294. Citado en el libro de Michel Depuis, Quince días con Edith Stein, Ciudad Nueva, Madrid, 2003, pp. 54-55)
El niño Samuel oficiaba ante el Señor con Elí. La palabra del Señor era rara en aquel tiempo, y no abundaban las visiones. Un día Elí estaba acostado en su habitación. Sus ojos empezaban a apagarse, y no podía ver. Aún ardía la lámpara de Dios, y Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios. El Señor llamó: “¡Samuel, Samuel!” y él respondió: “Aquí estoy”. Fue corriendo a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy; vengo
porque me has llamado”. Respondió Elí: “No te he llamado; vuelve a acostarte”. Samuel volvió a acostarse. Volvió a llamar el Señor a Samuel. Él se levantó y fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy; vengo porque me has
llamado”. Respondió Elí: “No te he llamado, hijo mío; vuelve a acostarte”. Aún no conocía Samuel al Señor, pues no le había sido revelada la palabra del Señor. Por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y él se fue a donde estaba Elí y le dijo: “Aquí estoy; vengo porque me has llamado”. Elí comprendió que era el Señor quien llamaba al muchacho, y dijo a Samuel: “Anda, acuéstate; y si te llama alguien, responde: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’.» Samuel fue y se acostó en su sitio. El Señor se presentó y le llamó como antes: “¡Samuel, Samuel!” Él respondió: “Habla, que tu siervo escucha”. Samuel crecía, y el Señor estaba con él; ninguna de sus palabras dejó de cumplirse; y todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era profeta acreditado ante el
Señor. El Señor continuaba manifestándose en Siló. Allá se revelaba a Samuel por medio de su palabra.16
Es interesante ver cómo Samuel, persona trascendental en la historia de Israel, fue llamado en medio de la noche, de modo sorprendente y sin protocolos. En el fondo lo que Samuel responde a Dios es esto: “Aquí estoy, Señor, soy yo, Samuel. Haz de mí lo que quieras.” Dios le tomó la palabra e hizo de él una persona significativa en la historia de su pueblo.
Decirle a Dios que sí de manera incondicional –esa es mi experiencia– implica entrar en un cúmulo de dificultades y sufrimientos que tarde o temprano nos llegarán. Dios toma en serio nuestras proposiciones de estar a sus órdenes. Y, como Él es luz en quien no existe la oscuridad, nos invitará a caminar por valles de tinieblas, precisamente para ayudarle a que se llenen de luz.
Aunque pase por el más oscuro de los valles, no temeré peligro alguno, porque tú, Señor, estás conmigo; tu vara y tu bastón me inspiran confianza.17







