PERCIBIR, CONTEMPLAR Y CELEBRAR LA BELLEZA Y LA VIDA – Miguel Ángel García Pérez

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Miguel Ángel García Pérez

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La naturaleza nos ofrece una experiencia primaria de belleza que es prácticamente universal. El espectáculo de contemplar una vista panorámica que se abre a nuestros ojos, o el universo multicolor que se despliega en algunos atardeceres, nos produce una sensación de admiración y asombro que, con frecuencia, remueve nuestro ser. Y si, desde la conciencia de que «todo está conectado» (Laudato Si 240) y de que «somos tierra» (Laudato Si 2) somos capaces de sentirnos parte del espectáculo que estamos contemplando, y de que ese espectáculo es mucho más grande que nosotros/as, estaremos viviendo, a buen seguro, una pequeña experiencia de trascendencia.

Los seres humanos hemos ido descubriendo, a lo largo de nuestra historia, otras formas de contactar y contemplar la belleza a partir de artefactos a los que nosotros mismos damos forma. Se trata de formas de belleza que, en lo concreto, varían entre tiempos y culturas, pero que en conjunto muestran una vez más nuestra valoración de lo bello. Si nos abrimos a una conexión personal con esas obras de arte, como nos recomiendan los expertos, pueden llegar a transmitirnos experiencias que están más allá de la intención del autor. Encontramos aquí de nuevo la belleza y su posibilidad de trascendencia.

Lo bello, pues, tiene una dimensión simbólica, que nos lleva más allá de la propia belleza, y que lleva a convertirse en toda una invitación a celebrar la vida/Vida. Los ritos sagrados habitualmente han tenido siempre presentes la belleza primaria de la naturaleza o el carácter simbólico de algunas obras humanas. La liturgia cristiana se nutre también de diferentes formas de belleza (obras de arte, ornamentos litúrgicos, canto…), cuya valoración depende de tiempos y culturas, como ya hemos comentado más arriba. Y lo que no hemos de olvidar nunca es que lo que se celebra es la vida, la Vida con mayúscula, que se manifiesta en cada una de nuestras vidas, y que las formas y la propia belleza de las mediaciones litúrgicas no son más que referencias de la grandeza e inconmensurable belleza del Creador y de la plenitud de vida que nos ofrece.

Pero, como sabemos, la belleza no agota toda la realidad de la vida, y no excluye que, muy a nuestro pesar, en esta también podamos experimentar dolor, malestar y sufrimiento. Sin embargo, también lleva semillas de esperanza en su seno. Contemplar desde lo alto de una cima la belleza del paisaje que se abre a nuestros pies no excluye la conciencia de que, en el interior de ese paisaje, se producen escenas de sufrimiento, dolor y muerte (por pequeñas que sean, y aunque «solo» afecten a insectos y roedores, por poner un ejemplo) que, a pesar de todo, no ensombrecen la imagen que percibimos. También el arte humano ha creado belleza a partir del dolor y el sufrimiento, como muestran bien claramente todas las obras pictóricas que han representado, por ejemplo, la pasión y muerte de Jesucristo. Como si el dolor, en la entrega humana, tuviera también su parte de belleza…

Celebrar la belleza y, con ella, la vida, no significa en absoluto excluir que hay experiencias dolorosas en esa vida. Significa tener la conciencia clara de que, en la mirada global que solo Dios puede tener de nuestras vidas, la Vida se impone en su Belleza, y en su derroche de Amor supremo quedarán «enjugadas todas las lágrimas» (Ap 21,4). No debe resultarnos paradójico, por tanto, celebrar la vida en medio de experiencias de dolor, sufrimiento o incluso muerte. Celebrar la Vida y fomentar la vida y su belleza con cada una de nuestras acciones.