PASTORAL KINTSUGI PARA JÓVENES: EL ARTE Y LA BELLEZA DE LAS PROPIAS CICATRICES – Óscar Alonso

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Recurro a dos imágenes que últimamente han venido a mí y que me resultan interesantes para sacar algunas conclusiones, ahora que hablamos de lo frágiles y/o fragmentados que estamos y que están los jóvenes actuales. La primera me servirá para hacer referencia a dicha fragmentación y la segunda para tratar de dar luz a una pastoral juvenil que no solo se haga cargo de la misma sino que sea una alternativa real de trabajo con los jóvenes partiendo de su realidad y del momento vital en el que están, siempre desde la propuesta posibilitante del Evangelio.

La primera imagen es la del blandiblu, hoy recuperado del baúl de los recuerdos con el nombre de slime (ya se sabe que todo lo que se dice en inglés suena mejor y vende más). El blandiblu de entonces (el slime de ahora) era una sustancia gelatinosa en la frontera entre el estado líquido y el sólido, gustosa al tacto, absolutamente manipulable, capaz de adaptarse a cualquier recipiente y de emular cualquier forma sin demasiada consistencia. Versátil, colorida, algo transparente, blandita, fácil de fabricar o de adquirir. No seré yo el que compare a los jóvenes de hoy con el blandibu, pero algunas de sus características sí que puede que nos ayude a entender qué es eso de la fragilidad emocional de muchos de ellos y cómo poder salir al paso de la misma desde la pastoral juvenil.

Muchos de nuestros jóvenes son fuertes, se han ido haciendo con herramientas internas para afrontar lo que venga en cada momento, se preparan en mil y una cosas para estar listos para todo, leen, se cuidan (por fuera y por dentro), confían lo que les sucede a personas muy especiales para ellos, son consistentes, se hacen con buenos argumentos o los crean ellos mismos a la hora de defender sus ideas y planteamientos, son transparentes y viven ilusionados con lo que toca vivir. Ante las crisis se crecen, se reinventan, buscan o crean recursos, son creativos infatigables y no se dejan manipular fácilmente. Trabajan en equipo, necesitan el contacto de los otros para crecer, para sumar y así multiplicar. Su mundo emocional es básico: quieren, se dejan querer, viven alegres y entusiasmados. Son solidarios. Les preocupa el presente y el futuro. Tienen un mundo interior habitado.

Pero muchos de nuestros jóvenes también son todo lo contrario, no sé si siempre o a veces, pero les caracteriza esa naturaleza gelatinosa que uno no sabe si va o viene, parecen flojillos, se adaptan a cualquier cosa, pero no por opción sino por pura comodidad, viven en la cultura del mínimo esfuerzo y de los egos, de una hipertrofia total de derechos y una atrofia absoluta de deberes. Ante las crisis se aplatanan, se derriten, se deshacen literalmente. Son blanditos, hacen a casi todo. Los otros sí si me sirven para algo o si son como yo. Las emociones a flor de piel, pero sin nada de profundidad ni demasiada adhesión. Cada momento requiere algo diferente. Son muchos en uno mismo y en uno mismo casi ninguno. Lo de los otros no les importa, ni mucho ni poco. Les preocupa el ahora. Manipulables no, lo siguiente. Son pura superficialidad.

Ambos perfiles coexisten. Ambos rostros buscan, quizás unos con más intensidad que otros o quizás cosas diferentes. Ambos ansían la felicidad plena a un diferente coste. Ambos necesitan, especialmente los segundos, ser acompañados para no terminar siendo una especie de blandiblu que se moldea al son de los logos, las marcas y las modas. Que se deja comer terreno por ese gen egoísta que acaba con todo lo que engulle.

La segunda imagen que me viene a la mente en este momento es la del Kintsugi. Y es a partir de la misma que quiero proponer algunas ideas de cara a la pastoral juvenil. El Kintsugi es la práctica japonesa de reparar fracturas de la cerámica con resina de oro y plantea que las roturas y las reparaciones forman parte de la historia de un objeto y deben mostrarse en lugar de ocultarse. De ese modo, las roturas terminan embelleciendo el objeto.

Esa práctica llevo utilizándola años en las semanas de retiro con educadores, catequistas, monitores y muchos jóvenes. Evidentemente hay una preparación anterior y una puesta en común posterior a esta dinámica de romper un cuenco e intentar reconstruirlo haciéndolo más nuestro, más bello y más valioso. Las roturas del cuenco (que son una metáfora de nuestras cicatrices en la vida real) se convierten en una ocasión para enfrentarnos al mundo. La vida se encarga, con el paso del tiempo y de los acontecimientos, de agrietarnos, de rompernos y llenarnos de pequeñas fisuras, y en esta práctica eso mismo es un manantial de posibilidades.

El cuenco roto pasa de ser una cosa más a ser un gesto gráfico que nos incita a emular su poderosa transformación, y, metafóricamente, la herida pasa de ser algo doloroso, emocionalmente desestabilizante, oscuro y triste, a ser una ventana por la que entra una luz transformadora. Como decía Leonard Cohen, «hay una grieta en todo, así es como entra la luz». De este modo, en lugar de que un objeto roto deje de servir y lo desechemos, su función se transforma en otra: al cubrir un episodio doloroso o desequilibrante con polvo de oro, a partir de ese momento es aceptado como una pieza única, como una verdadera joya.

A mí me gustaría que la pastoral juvenil saliera al paso de estas realidades, tan presentes en la vida de todos, también de los jóvenes, y que las diera la vuelta, que ayudara a integrarlas en la propia historia y que desde el Evangelio les dotase de herramientas para poder vivir desde la experiencia sanante de encontrarse personalmente con el Señor Jesús: «La vida de los jóvenes, como la de todos, está marcada también por heridas. Son las heridas de las derrotas de la propia historia, de los deseos frustrados, de las discriminaciones e injusticias sufridas, del no haberse sentido amados o reconocidos. Por otro lado, están las heridas morales, el peso de los propios errores, los sentimientos de culpa por haberse equivocado. Reconciliarse con las propias heridas es hoy más que nunca condición necesaria para una vida buena. La Iglesia está llamada a sostener a todos los jóvenes en sus pruebas y a promover acciones pastorales adecuadas» (ChV 67).

Creo que la pastoral juvenil que necesitamos debería:

  • Partir de la realidad de los jóvenes, no de los ideales de los santos.
  • Trabajar las heridas e inconsistencias personales antes que proponer el conocimiento de términos y contenidos teológicos/catequéticos.
  • Proveer de experiencias a los jóvenes en las que ellos mismos se descubran rotos, fracturados, con fisuras, pero en ello fuertes, valiosos, únicos y sanados.
  • Presentar a un Jesús posible, vivible, experimentable, no a un Superman inalcanzable.
  • Acompañar procesos, todos los procesos, no solo los que tienen que ver con la fe y con lo sacramental. Todos los procesos.
  • Como san Agustín, mantener la puerta siempre abierta para que cuando los jóvenes lo deseen y lo necesiten, puedan entrar y encontrarse en casa (sin horarios de despacho).
  • Ser para los jóvenes una buena noticia, una razón potente de querer ser más ellos mismos, un motivo de felicidad y de entrega evangélica.

Ojalá nuestra pastoral juvenil sea una pastoral Kintsugi para nuestros jóvenes, ojalá sea el arte y la belleza de ayudarles a encontrarse y a vivir con las propias cicatrices como valiosas oportunidades de crecimiento y de reafirmación de lo que se es y se cree.

 

Dar luz a una pastoral juvenil que sea una alternativa real de trabajo con los jóvenes partiendo de su realidad y del momento vital en el que están

Reconciliarse con las propias heridas es hoy más que nunca condición necesaria para una vida buena

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