Pastoral de la alegría, el efecto mariposa – Mª Ángeles López

No hace falta ser joven ni experto en pastoral juvenil para conocer que este sector de la pastoral, a pesar de los muchos esfuerzos que se le vienen consagrando y los valiosos proyectos que ha suscitado, pasa por la misma profunda crisis que padecen la acción pastoral y la vida misma de la Iglesia en su conjunto.

1. Rastreando la verdadera alegría
La palabra alegría deriva del latín alicer o alecris, que significa “vivo y animado”.
Vivos estamos, mientras no se demuestre lo contrario. Al menos técnicamente. Porque hay que decir que se está produciendo ahora el fenómeno de la zombificación. Me refiero a esos muertos vivientes que deambulan por la vida sin más expresión de humanidad que ir cubriendo sus necesidades básicas. Por razones muy distintas de las que expresara Primo Levi en aquel relato extraordinario de su paso por Auschwitz titulado “Si esto es un hombre”, muchos hombres y mujeres de hoy viven sin vivir plenamente. Sin poner su vida en juego. Se levantan cada día, se alimentan, consumen, acuden a trabajar, intercambian mensajes insípidos con compañeros y poco más. No hay en ellos búsqueda de sentido, implicación en la vida de los otros, chispa vital. Y sin esa chispa es bien difícil que surja la alegría.
Y no hay que remitirse a los hikikomori japoneses, esos jóvenes que se aíslan del mundo, encerrados con su ordenador en una habitación. En los últimos tiempos, muchas personas reducen (¿reducimos?) la vida a una pantalla, sea de móvil, de la tablet o el ordenador. Y aunque lo virtual cada vez nos parezca más real, no lo es. Esto no quiere decir que haya que estar en contra del progreso o las nuevas tecnologías. Todo en esta vida depende del uso que le demos. Y lo mismo pasa con la alegría. Aun en las situaciones más duras, como las que vivió Levi, como las que están viviendo en estos momentos los refugiados sirios o iraquíes en busca de refugio, como las que han vivido y viven tantos seres humanos a lo largo de la historia, cuando parece que no queda prácticamente rastro de humanidad y por tanto razones para la alegría, hay oportunidades de que ésta surja en su versión más verdadera, más íntima, más esencial. Curioso que en ese libro repleto de crueldad, iniquidad, sufrimiento, dolor y muerte, Levi cite 27 veces las palabras “alegría” o “alegre”…
El psiquiatra Viktor Frankl, que también estuvo en Auschwitz, escribió: “La vida nunca se vuelve insoportable a causa de las circunstancias, sino solamente por falta de significado y de propósito”.
“Quien tiene un “por qué” de vivir –decía Frankl– puede soportar casi cualquier “cómo”. Y pensaba que “es posible practicar el arte de vivir incluso en un campo de concentración, donde el sufrimiento es omnipresente”. Curioso que hoy identifiquemos dicho “arte de vivir” con quienes se pegan “la vida padre”, no dan “palo al agua” o viven en perpetua fiesta. ¡Qué poder tienen las palabras! A los protagonistas de estos estilos de vida solemos llamarlos vividores. Y nos quejamos socialmente de que la juventud identifique diversión con alcohol y, cada vez más, con el consumo de drogas. Que se agarre a una alegría ficticia, superficial, fugaz. Pero cuando descorchamos una botella de cava o sidra todos solemos gritar ‘¡alegría, alegría!’, y si alguien lleva encima unas copas de más decimos que está ‘un poquito alegre’… No digamos cómo se llama eufemísticamente a las prostitutas: señoras de vida alegre. ¡Como si tuviera algo de alegre su condición!
Sobre todo cuando somos jóvenes, identificamos erróneamente la bebida y otras sustancias con un catalizador de la alegría. Pero sabemos bien que ésa no es una alegría verdadera. Como tampoco lo es ese estado espídico o de falsa placidez que provoca el consumo de determinadas drogas. La alegría, como la paz y la serenidad, nacen en nuestro interior y no hay sustancia que la administre externamente de forma duradera.
Estaría bien poder detectar, como si de un metal precioso se tratara, qué clase de alegría es falsa y cuál es auténtica. Pero aún no han inventado semejante artefacto. Aunque científicos españoles están desarrollando un aparato que convierte en música las emociones de personas que no pueden expresarlas por sí mismos, como los autistas. ¡Qué bello! Me gustaría saber cómo suena la alegría.
Pixar ha retratado la emoción de la alegría en la película “Del revés”. Una cinta muy instructiva y útil para quienes tienen que bregar con chavales, contribuir a su crecimiento interior y favorecer el adecuado equilibrio de todos sus mecanismos emocionales. Por ejemplo, esta película te enseña el valor y la utilidad también de la ira, el miedo, el asco ¡y de la tristeza! Pero ojo con confundir ese sentimiento con la pesadumbre, la queja y la insatisfacción permanentes en que nos hemos instalado socialmente en los últimos tiempos.
No me refiero, claro está, al sentimiento de indignación derivado de las injusticias que ha traído o acentuado la crisis económica. Ni a la lógica desesperación de quienes más están padeciendo sus consecuencias. Me refiero a ese otro hartazgo permanente que nos ronda desde hace tiempo.
Es raro preguntar a un conocido a quien nos encontramos “¿qué tal estás?” y que te responda que está bien. No digamos ya lo que nos extrañaría si alguien nos dijera, así sin más, que es feliz. Y que se siente alegre.
Sí. Esta sociedad se queja por todo. Cada uno de nosotros nos quejamos por todo. Si tenemos trabajo: que hay que madrugar. Si eres profesor: que te echen en cara las largas vacaciones. Si te has podido ir de vacaciones: lo que te ha costado regresar a la rutina. Y nos inventamos el síndrome post vacacional… Nos quejamos hasta de cosas tan naturales como que haga calor en verano y frío en invierno.
“Te desdeñé, alegría.
Fui mal aconsejado”,
escribe Pablo Neruda. Y continúa:
“La luna
me llevó por sus caminos.
Los antiguos poetas
me prestaron anteojos
y junto a cada cosa
un nimbo oscuro
puse,
sobre la flor una corona negra,
sobre la boca amada
un triste beso.
Aún es temprano.
Déjame arrepentirme.
Pensé que solamente
si quemaba
mi corazón
la zarza del tormento,
si mojaba la lluvia
mi vestido
en la comarca cárdena del luto,
si cerraba los ojos a la rosa
y tocaba la herida,
si compartía todos los dolores,
yo ayudaba los hombres.
No fui justo.
Equivoqué mis pasos
y hoy te llamo, alegría”.

Lo cierto es que la alegría, y su prima hermana la felicidad, no venden, no están de moda, no queda bien mostrarlas. Es más icónico el tipo atormentado, que esconde una secreta tragedia en su vida, que no tendrá nunca motivos para decir que es feliz.
No sé si es la influencia de este tipo de personajes en el cine, la literatura o la televisión la principal razón por la que nos negamos a reconocernos razonablemente felices y por tanto mostrarnos públicamente alegres.
Más bien creo que, recordando a Viktor Frankl, hemos equivocado el propósito. Hemos llenado nuestra vida de cosas materiales que nos dejan permanentemente insatisfechos, deseosos de tener más y más, de renovar lo que tenemos y obtener el último modelo, la última moda, el último placer.
Así que da la sensación de que no se puede ser feliz si uno no tiene un buen coche y un móvil de última generación. No se puede ser feliz si uno no ha estado en El Caribe. No se puede ser feliz si no se están viviendo permanentemente aventuras excitantes y exóticas. Como si no fuera excitante y exótico, y motivo de alegría, sencillamente vivir.
Y por eso vamos por la vida apesadumbrados, insatisfechos, tristones, sin saber muy bien qué necesitamos, qué queremos, qué podemos hacer para ser felices y que esa felicidad se traduzca en alegría. Hemos perdido la brújula que marcaba el norte en la búsqueda de la alegría y la felicidad. O se ha vuelto loca y nos orienta mal: hacia la avaricia y el deseo insaciable de poseer a costa de lo que sea. Creemos que el consumo, la adquisición de bienes materiales nos proporcionará esa alegría a la que aspiramos. Pero ese tipo de alegría, si es que llega a producirse, es pasajero, fugaz. A veces, ni siquiera es alegría, aunque lo parezca.
Si hacemos una somera búsqueda en Youtube con las palabras “anuncio-felicidad”, aparecen 150.000 entradas: Desde la Coca Cola, a la Nocilla, la cerveza Heineken o los huevos Kinder, todas las marcas intentan vendernos la felicidad, asociarse con la alegría. Saben el enorme atractivo que tiene para nosotros. La fuerza arrolladora de nuestro anhelo de ser felices. Pero ya sabemos que la felicidad ni se compra ni se vende… Aunque sí podríamos preguntarnos si ésta se aloja en algún lugar concreto. Si alguien tiene la llave o el mapa secreto del tesoro.
Pablo VI, que en su exhortación apostólica “Gaudete in Domino”, vincula lógicamente la alegría a la buena noticia de la salvación, nos dice que “nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor”.
¿Está entonces la alegría alojada en el seno de la Iglesia?

2. La Iglesia y la alegría
¡Claro! ¿Cómo no, si es la depositaria de la mejor de las noticias? Sin embargo, si alguien nos observa, no sé si diría lo mismo. Alegría, lo que se dice alegría, no sé si destilamos como comunidad creyente… En Occidente, claro. Porque si uno tiene la oportunidad de visitar una comunidad cristiana en África o América Latina, se encontrará con gentes que cantan y bailan, que celebran verdaderamente la vida y se llenan de más vida para salir al mundo y compartir con otros su alegría.
No sé si nuestras liturgias manifiestan la alegría que indican nuestros textos. Aunque el documento conciliar “Sacrosanctum Concilium” la favoreciera y fomentara. Hemos olvidado esa “exigencia de palabra viva y fresca que no está escrita y que tiene que brotar del corazón del momento”, en palabras del salesiano Álvaro Ginel, experto en liturgia.
Hemos optado además, extrañamente, por instalarnos en la muerte, en lugar de en la resurrección. El papa Francisco lo expresa con absoluta claridad en su exhortación apostólica “Evangelii Gaudium”: “Hay cristianos cuya opción parece ser la de una Cuaresma sin Pascua”.
No hay Cristo sin cruz, nos dicen, pero ¿habría cristianismo sin resurrección? Por cierto, que en Sevilla se cuenta una anécdota muy curiosa al respecto. Unos turistas castellanos, escandalizados de la alegría de la Semana Santa sevillana, preguntaron a unos cofrades cómo podía ser aquello si Cristo ha muerto. A lo que ellos contestaron: “Hombre, es que nosotros ya sabemos que resucita”.
Sabemos que resucita, sí. Otra cosa es que lo hayamos experimentado, como las mujeres que descubrieron el sepulcro vacío. Que percibamos que Cristo vive, que lo descubramos encarnado en quien sufre, en quien abraza, en quien derrocha alegría. Y cuando hablamos de encarnación hablamos de carne…
La carne es desde hace ya muchos siglos, un problema para la Iglesia. Hemos dejado el cuerpo a un lado en nuestras expresiones religiosas, y seguramente por eso se nos han vuelto tan tristes. Pero, como explica la monja benedictina Mª del Mar Albajar, “La nuestra es una religión encarnada, y esto quiere decir que la dimensión espiritual, trascendente, infinita de la vida la encontramos en el límite de la carne, de la historia, de nuestro cuerpo”.
Porque, cuando estamos alegres, se nos nota, sin necesidad de mediar palabra, en la actitud corporal. No hay más que ver las piruetas que da el personaje de Alegría en “Del revés”. Y en algo debió parecerse cuando, como dicen las escrituras, “David danzó con toda su fuerza delante de Yahveh”. (2 Samuel 6,14)
Y es que es a través del cuerpo que experimentamos los estados interiores, incluida la alegría. Hace mucho que no integramos espiritualidad y corporalidad en nuestras iglesias. Algunas prácticas como la danza contemplativa empiezan a hacerse hueco en nuestras celebraciones. Aunque aún tímidamente y soportando críticas y reticencias. Claro, que esto no es nuevo: sabemos que cuando el rey David danzó con todas sus fuerzas delante del Señor para expresar su gozo, su alegría, también fue recriminado por ello…
Igualmente, que “David y toda la casa de Israel se regocijaban delante del Señor con toda clase de instrumentos hechos de madera de abeto, y con liras, arpas, panderos, castañuelas y címbalos” (2/Sam 6,5). Y es que la música es siempre un vehículo maravilloso de expresión de la alegría. Pero, ¿qué música sale de nuestros templos, qué sintonía suena en nuestra Iglesia?
No pretendo cuestionar, ni muchísimo menos, a tantos grupos y coros que amenizan las eucaristías y celebraciones con los medios a su alcance y la mejor de las intenciones. En otros países u otras ramas cristianas, como la protestante, es más fácil hacer música cristiana y a la vez moderna y de calidad, que pueda codearse con otras propuestas musicales contemporáneas. Pero no sólo la música necesita ser remozada en la Iglesia para reflejar alegría.
En las conversaciones que la editorial PPC organizó en 2014 en torno a la Evangelii Gaudium y los desafíos pastorales que plantea a la Iglesia, el director del Instituto Superior de Pastoral, Antonio Ávila, recordaba precisamente que la alegría, la alegría evangélica, es uno de los principios que deben orientar la reforma de la Iglesia que reclama el papa haciéndose eco de tantos y tantas creyentes.
Para Ávila este documento “nos invita a la conversión personal a la alegría del Evangelio, pero también a hacer que cada una de las comunidades en misión anuncien con su forma de vivir que el Evangelio es portador de alegría”.
¿Por qué no ofrece la Iglesia una imagen alegre?¿De dónde tiene que partir esa alegría? ¿En qué fuente mana? ¿Cómo encontrarla y beber de ella? ¿Es que se ha secado esa fuente? Muchas preguntas y muy complejas. Pero el papa Francisco contesta con claridad en pocas palabras:
“La alegría del Evangelio llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Quienes se dejan salvar por él son liberados del pecado, de la tristeza, del vacío interior, del aislamiento. Con Jesucristo siempre nace y renace la alegría”.
Así que si la Iglesia no irradia alegría es porque, reconozcámoslo, no vive a fondo el Evangelio. Un Evangelio que, en palabras de Ávila, “tiene una fuerza tal que acogerlo sin reservas supone que todo se dinamita, incluso muchas de las cosas mantenidas de forma persistente en los últimos años por la misma Iglesia oficial, hasta el punto de hacer indigesto el mensaje del que se siente portadora”.
A veces yo llego a preguntarme si siquiera se ha producido en algunos espacios de Iglesia un verdadero encuentro con Jesús. Porque parece imposible que se haya producido a juzgar por determinados hábitos, comportamientos y declaraciones. Pero no sólo yo me lo cuestiono. Hace poco el superior provincial de una congregación religiosa con presencia en el mundo entero me decía que igual que a los soldados se les presupone el valor, a los religiosos se les presupone la fe, pero no es así. Puedes dar un magnífico sermón pero si no te comportas bien con tu hermano, si no eres misericordioso o compasivo, ¿dónde está tu fe? ¿qué lugar ocupa el evangelio en tu vida?
Seguramente coincidiríamos en cuáles son las principales capas de hojarasca que se han ido depositando siglo tras siglo ensombreciendo el núcleo de nuestra fe. Y coincidiremos también en que hay que aventar esa hojarasca; deshacer las ataduras que nos estrangulan y abrir las ventanas para que se airee la casa y sople de nuevo el aliento de la Santa Ruaj; y la Buena Noticia sea recibida y entendida de nuevo, y podamos contagiar a todos la alegría del Evangelio.
Habrá quien piense que no es tan sencillo liberarse de las ataduras, tanto institucionales como personales. En cambio José Antonio Pagola, por ejemplo, tiene una receta muy sencilla: sólo hay que volver a Jesús. “Jesucristo –afirma– es esperado por muchos como una fuerza y un estímulo para existir y un camino para vivir de manera más sensata y gozosa. Si sólo conocen una religión aguada y no pueden saborear algo de la alegría festiva que Jesús contagiaba, muchos seguirán alejándose”. Y es que para Pagola “una fe que no genera en los creyentes alegría y agradecimiento es una fe enferma”.
José Luis Cortés lo lleva más allá cuando su Dios Abba expresa en una viñeta: “Si creer en Dios no te hace feliz, deja de creer. Porque a Dios le importa más tu felicidad que tu fe”. Contundente. En ese caso, ¿no tendría la pastoral que cambiar sus objetivos? No hablo de descafeinar el mensaje para hacerlo más ligero, más digerible, sino todo lo contrario: dejar de enseñar oraciones aprendidas de memoria o buscar la conversión como adscripción formal a una fe si ésta no te compromete con tu felicidad y la de los demás. “Bueno y feliz, eso es todo”, ¿no es ésa la sagrada ley de vida, la sagrada ley de Dios?”, resume José Arregui.
De hecho, para Arregi, “el sueño primero y el mandamiento principal de Dios es la felicidad, la bienaventuranza. ¡Sed bienaventurados, sed felices!”.
Así es: la felicidad es el undécimo mandamiento. O el resumen de todos ellos. Y la pastoral tendrá que estar orientada a procurar la felicidad, de la que la alegría es su dimensión espiritual.
2. El mandamiento de la felicidad
Hace ya unos quince años se me ocurrió preguntarle si era feliz a Camila, una niña de 13 años, habitante de la favela Morro de la Candelaria, en Río de Janeiro. Y me dijo que era muy feliz, a pesar de que vivía en medio de la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades. Y es que Camila, a sus 13 años, pensaba que “hay gente que vive peor”. Y estaba convencida, como tantos otros compatriotas, de que “Brasil es el país más bonito del mundo”. Y con sus respuestas llenas de empatía y capacidad de asombro y contemplación estaba apuntando, como todos hemos intuido siempre, algunas claves del camino correcto hacia la felicidad. La ciencia desde luego le da la razón. Los expertos afirman que “salvo casos muy extremos de necesidad o situaciones muy adversas, la felicidad depende siempre de los factores internos”.
Lucía Aragón ya lo intuía cuando organizó en el Museo de Artes Decorativas de Madrid el taller para adolescentes “¿Qué necesitas para ser feliz?”, inspirada por la exposición temporal “Diseño contra la pobreza”. En ella se había preguntado a personas sin hogar cuál era su objeto más preciado y qué era lo que más deseaban. Las respuestas fueron muy curiosas. Como la de “aquel señor que no quería leer libros porque si los perdía antes de haberlos terminado, era una catástrofe”, cuenta Aragón. “Prefería pasatiempos o relatos breves que pudiera acabar en el momento, para no depender de ellos”. Aleccionador, ¿no? ¡Y nosotros todo el día dependiendo de 40.000 cosas…!
Los autores de aquel taller sobre personas sin hogar comprobaron cómo aquellos objetos a los que nosotros no damos valor son auténticos tesoros para otras personas que no pueden acceder a ellos. Y a la inversa, “los objetos que te dan estatus no te garantizan la felicidad”. Pero la conclusión final es que en realidad no somos tan diferentes. Todos anhelamos lo mismo para ser felices: estar en casa con la familia o los amigos, poder charlar o ver la tele con alguien a quien quieres… Y cómo cuando vivimos con todo lo que podríamos desear, se nos olvida qué cosas son las verdaderamente importantes en la vida”.
La felicidad va de dentro afuera y nunca de fuera adentro.
¡Qué bueno sería educar a nuestros jóvenes para que vayan construyendo su propio camino en dirección a la felicidad! Sin embargo, Francesc Torralba me comentaba hace unos meses que le preocupa, precisamente, que a sus hijos (y por extensión a todos los niños y jóvenes), en la escuela, les preguntan qué quieren hacer cuando sean mayores (ser ingeniero o ingeniera, fontanero o fontanera, enfermero o diseñador de moda…) pero no quiénes son y cómo quieren ser. No les enseñamos ni les ayudamos a preguntarse por el sentido de la vida. Seguramente porque tampoco nosotros mismos lo hacemos.
Aquel día que entrevisté a Torralba, mientras esperaba a que me atendiera, pensé en diez claves o diez recetas que yo aplico en mi vida para ser feliz:
2.1 Recetas para ser feliz
1. El primer paso para ser felices (aunque el orden de los factores no altera el producto) es vivir con consciencia: conscientes del lugar que ocupamos en la vida, en el Universo, en nuestro entorno más cercano. Empezando por ser conscientes de quiénes y cómo somos. Porque si vivimos instalados en una ficción, de espaldas a la realidad, ajenos a lo que ocurre a nuestro alrededor, creyendo que somos lo que no somos, interpretando un personaje falso… no podremos ser felices.
Conocerte a ti mismo implica conocer tus fortalezas y debilidades. Y por tanto aceptar tus límites. Segunda receta para ser feliz. No somos superhéroes con superpoderes al estilo de los protagonistas de Marvel. Tampoco necesitamos serlo para mejorar nuestro mundo o asumir nuestras responsabilidades como creyentes y como ciudadanos. Ampararnos en nuestras limitaciones para no hacer lo que tenemos que hacer es un error que alimenta la pereza y te satisface temporalmente, pero a la larga te vuelve profundamente insatisfecho e infeliz. Relacionado con esto está también la aceptación de nuestro cuerpo. Algo que no estamos gestionando bien en los últimos tiempos, intimidados por modelos hiperexigentes impuestos por los medios de comunicación, el cine, la moda, el deporte o la televisión.
Además de la aceptación de las debilidades, hay que conocer nuestras fortalezas para ponerlas a trabajar, como los talentos de la parábola. Y ponerlas siempre, no sólo al servicio de uno mismo, sino sobre todo al servicio de los demás.

En esa misma línea de consciencia, hay que procurar siempre saborear el momento presente. No vivir añorando un tiempo pasado, o maldiciendo decisiones erradas que ya no podemos modificar. Tampoco anhelando un futuro, diseñado teóricamente mejor pero siempre incierto, mientras dejamos que el presente se nos escape como la arena entre los dedos.
Volver a escuchar con atención una conversación (o a nuestros hijos), sin hacer ninguna otra cosa más que escuchar, o estar atentos a lo que comemos, nos permitirán recuperar el control sobre nuestras vidas y volver a tener la sensación de que las saboreamos y nos nutren, nos alimentan. Tenemos que aprender a gobernar el tren de nuestro tiempo, que corre desbocado por la vía, y ser capaces de aminorar la marcha o bajarnos de él cuando lo consideremos necesario.
Cuando se vive el momento presente con plena consciencia, automáticamente sientes la necesidad de dar gracias. Gracias por la vida, porque hoy hace un día bellísimo. Porque alguien nos quiere y nos lo ha dicho. Si llueve, porque limpia la atmósfera, y si no, porque sale el sol. Así que la cuarta receta es ser agradecidos.
¡Hay tantas cosas por las que dar gracias! Aun en las peores circunstancias. Recuerdo siempre a este respecto la lección que me dio M. Tras la muerte de su padre tuvo que vivir dos procesos de cáncer seguidos, con infinidad de operaciones, quimioterapia, radioterapia, pruebas dolorosísimas, diagnósticos desoladores y secuelas que van a acompañarla y limitarla de por vida. Y en medio de uno de esos complejos procesos, con su peluca puesta, maquillada y arreglada para verse guapa, se fue a desayunar al solecito de otoño en una terraza del barrio sevillano de Triana con su madre, ya anciana. Y le dijo: “mamá, qué afortunadas somos y qué suerte tenemos. Estamos las dos aquí disfrutando de la vida, disfrutando la una de la otra. Disfrutando del solecito. Y otra mucha gente tiene problemas peores que los nuestros”. Eso es saber ser feliz.
Muy relacionado con esta capacidad está la actitud de no necesitar, de no ambicionar. Cuando no se necesita nada, se agradece todo. Cuando no se desea lo que no se necesita desaparece la insatisfacción, el anhelo insaciable de tener, de adquirir, de acaparar.
Muchas veces no reparamos en esas pequeñas esclavitudes absurdas que nos condicionan en el día a día. La esclavitud de las marcas, de la última moda, de la tecnología punta. No sólo le pasa a los más jóvenes o a los más snobs. Nos ocurre a todos.
Así que un sano ejercicio para ser más feliz es practicar el desprendimiento, el despojo. Deshacernos periódicamente de todo lo que no estamos usando, de lo inútil, de lo que no necesitas, de lo que tenemos duplicado. Pero no consiste en tirarlo a la basura, más bien en encontrar a quien sí le dará uso, quien sí lo necesita. Entrar en ruedas colaborativas en que se ponen bienes en común, como esos vecinos que tienen el cortacésped a medias, o esas familias que reciclan y comparten toda la ropa y los juguetes de los niños. Estoy convencida de que hacer un uso racional de las cosas para impedir que sean las cosas las que te dominen a ti, es una de las claves de la felicidad en estos momentos de consumismo desmedido.
Si quieres acumular, acumula amigos de verdad. Acumula también experiencias enriquecedoras que te hagan crecer, acumula patrimonio interior e inmaterial. Pon el énfasis en el ser, no en el tener. Si hacemos un repaso de nuestra memoria buscando los recuerdos más alegres, muy probablemente estarán relacionados con momentos de intensa y honesta relación interpersonal, sea con amigos, familiares, compañeros o incluso desconocidos.
Y ten presente la muerte. La muerte, ese gran tabú de nuestra cultura. La única certeza que tenemos en la vida, y sin embargo vivimos de espaldas a ella. Creyéndonos prácticamente inmortales. Y vivir ignorando la muerte significa vivir ignorando la vida. Minusvalorándola. Dejando pasar los días sin sacar a cada minuto el máximo partido, el máximo jugo. Derrochando el tiempo, la gracia, el amor.
La judía neerlandesa Etty Hillesum, que murió en Auschwitz y dejó escrito un profundísimo diario de sus últimos días, lo expresaba así: “Quieren nuestra completa destrucción. Ahora sí que lo sé… A pesar de todo, la vida está llena de sentido, aunque apenas me atrevo a comentar eso ante los demás. La vida y la muerte, el sufrimiento y la alegría, las ampollas en mis destrozados pies y el jazmín detrás de mi casa, la persecución, las innumerables crueldades sin sentido…: todo eso está dentro de mí como una fuerte unidad, y lo acepto como un todo, y empiezo a comprenderlo cada vez mejor, sólo para mí misma, sin ser capaz hasta ahora de explicarle a nadie cómo está todo interrelacionado… No estoy amargada y no me rebelo. Tampoco estoy desanimada, ni estoy resignada en absoluto… Suena casi paradójico: cuando uno deja fuera de su vida la muerte, la vida nunca es plena; y cuando se incluye la muerte en la vida, uno la amplía y enriquece”.
Ya veis que no hay mejor manera de recibir que dar previamente. Por eso la octava receta de la felicidad es compartir tus dones y tener presentes a los otros. No se puede ser feliz si se es feliz para uno mismo. Hay que serlo para los demás. Eso puede implicar renuncia, sacrificio, incluso sufrimiento. Nadie ha dicho que el camino a la felicidad sea sencillo. Pero te asegura llegar a la meta. Ten presente a los demás en todas tus decisiones y serás feliz. Vive para hacer felices a otros y serás más feliz. Siéntete parte de la humanidad, responsable del destino de todos tus semejantes, de su bienestar. No hay felicidad posible sin solidaridad, sin sentido de la justicia, sin compromiso con los que más lo necesitan. Sin compartir con ellos tu bienestar.
Pero para poder compartir esa alegría que nace en nuestro interior hay que pararse, cuidarse, nutrirse. Vivimos subidos a un tren de alta velocidad empeñado en no hacer paradas. Y no sabemos cómo bajarnos de él. Pero a 200 por hora no hay manera de contemplar el paisaje, de cuidar a los demás, de educar nuestra interioridad, de orar… Y todo eso es necesario. No se puede alcanzar la felicidad ni brotará la alegría si no practicamos la contemplación, reservamos espacios para la espiritualidad, saboreamos la experiencia trascendente, oramos en cuerpo y alma. No la habrá tampoco si seguimos viviendo dominados por el reloj, a toda velocidad, sin tiempo para llamar al amigo enfermo, para visitar a tu madre, para contar un cuento a tu hijo, para soñar, aburrirte e imaginar. Los agentes de pastoral tienen una enorme responsabilidad a la hora de educar la interioridad, romper tabúes y vicios, desmontar estereotipos y ofrecer nuevos cauces de expresión de esa interioridad a unos jóvenes que no los encuentran con facilidad porque nadie les ha enseñado.
Rodéate de belleza. Puede que tú encuentres esa belleza en obras de arte o en un paisaje. Puede que sea en la música o la literatura. Quizás tú necesitas rodearte de la belleza del orden, o de la del caos. Puede que esa belleza, en tu caso, te la proporcionen tu pareja o tus hijos, o las arrugas de tu abuela. Pero seguramente la contemplación y la convivencia con la belleza, con la armonía, la búsqueda de todo lo bello y lo bueno que existe a nuestro alrededor, y su exaltación, te produzcan una enorme paz y serenidad, antesala de la felicidad. Para el creyente toda esa belleza es signo de la presencia de Dios.
3. El sacramento de la alegría
Ya hemos dejado claro que la felicidad es el mandamiento principal de Dios. Y que la dimensión espiritual de esa felicidad es la alegría. Pero yo me pregunto si hay una alegría expresamente cristiana. Yo no creo que los cristianos tengamos el patrimonio de la alegría; más bien creo que cualquier alegría es rastro de la presencia de Dios en nuestras vidas. De ese Dios-Padre y Madre, de ese Dios-Amor, de ese Dios-Justicia, de ese Dios-Alegría, que ha transparentado para nosotros Jesús de Nazaret pero que no se agota en ninguna religión concreta.
Por eso estoy de acuerdo con quienes, como el dominico José Antonio Solórzano, dicen que la alegría tendría que ser el octavo sacramento, señal de la irrupción de Dios y el encuentro con su gracia en nuestras vidas. Decía san Francisco que “El cristiano es un hombre o una mujer alegre. Esto nos enseña Jesús”.¿Cuáles serían entonces los motivos para estar “cristianamente” alegres? Nos da una pista Leonardo Boff en “Los sacramentos de la Vida”:
“Un hombre apareció en Galilea y anunció que este mundo tiene un sentido eterno, que el destino de la vida es la Vida y no la muerte, que la felicidad que se espera de Dios es para los que lloran, para los perseguidos, calumniados y torturados, que este mundo tiene un fin bueno y que ya está garantizado por Dios. En Galilea proclamó una gran alegría y una buena noticia para todo el pueblo. Era el Hijo de Dios encarnado, Jesucristo, nuestro liberador”.
A partir de la buena noticia de que hemos sido salvados por el amor de Dios, la alegría, se sostiene fundamentalmente en la confianza plena en Dios y en la esperanza. Afirma Pablo VI que “Si Jesús irradia esa alegría, se debe al amor inefable con que se sabe amado por su Padre”. Así que confiar en Dios no significa pensar que su amor nos librará siempre de la desgracia o el sufrimiento, de padecer enfermedad o soledad o tristeza porque Dios está de nuestro lado, o porque lo merecemos más. Sin embargo, seguimos pidiendo a Dios que llueva y acusándolo de mandar penalidades sobre los humanos a modo de castigo. Mantenemos una fe infantilizada. Condicionada por la “respuesta” de Dios a nuestras plegarias. ¡Cuánta gente dice que dejó de creer el día que murió su padre por el que estuvo rogando!
Afirma Luis González-Carvajal que “desde luego nadie debería pensar que un buen día –mejor dicho: un mal día— Dios decide que se desborde un río o se produzca un terremoto. Los científicos explican cómo se producen tales fenómenos y, cuando no logran explicar cómo se ha producido uno de ellos, no se les pasa por la cabeza decir: «Esta vez ha sido Dios». Dan por supuesto que los fenómenos naturales tienen siempre causas naturales y siguen investigando”.
¿Cómo debe vivir entonces el creyente ante las catástrofes y desgracias, ya sean naturales o provocadas por el hombre? Carvajal responde: “Si el cristiano es el seguidor de Cristo deberá hacer lo que hacía Jesús, que curaba a los enfermos, alimentaba a los hambrientos y predicaba la reconciliación. No es Dios, sino nosotros mismos, quienes debemos acabar con el sufrimiento. O, mejor dicho, Dios ha querido acabar con el sufrimiento a través de nosotros: nos ha dado inteligencia para que podamos luchar contra los males físicos y nos ha redimido para que podamos evitar los males morales”.
Pero es precisamente el mal el que, en muchas ocasiones, siembra la duda sobre Dios, oscurece la fe, aniquila la alegría evangélica. “¿Cómo puede Dios permitir esto?”, nos preguntamos ante muertes de inocentes o catástrofes terribles. Hasta el papa Benedicto XVI se lo preguntó en Auschwitz.
Si hay alguien que ha mostrado esa fe inquebrantable en medio de la mayor de las crueldades y la iniquidad humanas, ésa ha sido la citada Etty Hyllesum. Su diario, menos conocido que el de Ana Frank, está cargado de conceptos revolucionarios en materia de teología, ética o filosofía.
Etty es una mujer que trasciende el mal que está sufriendo. Pero lo que más me maravilla de ella es que cuando otros en sus mismas circunstancias o como testigos del horror se preguntan dónde está Dios o certifican el fallecimiento de Dios, ella afirma lo siguiente:
“Corren malos tiempos, Dios mío. Y con cada latido del corazón tengo más claro que tú no nos puedes ayudar, sino que debemos ayudarte nosotros a ti y que tenemos que defender hasta el final el lugar que ocupas en nuestro interior…“.
El de Etty me parece el mejor resumen de la confianza en Dios como fuente inagotable de alegría, en medio del peor de los escenarios posibles. Y que conecta con la segunda fuente de la alegría, que a mi juicio es la esperanza, seña de identidad indispensable del creyente.
Nace la esperanza de una convicción: que Dios, ese Dios-Amor, habita en todos y cada uno de nosotros y que por tanto el ser humano es capaz de ser las manos de Dios en el mundo, en expresión de O. Le Gendre. Es capaz de lo mejor, aunque también lo sea de lo peor. Pero tenemos que aprender a ver lo bueno que siempre existe en medio de lo malo. Incluso en un campo de concentración. Incluso junto a esas vallas que están impidiendo entrar en Europa a quienes huyen de la guerra. Tenemos que aprender a esperar que las cosas puedan mejorar. Porque además, de hecho, mejoran. Aunque no tengamos perspectiva para comprobarlo.
No en vano el papa Francisco pide en la “Evangelii Gaudium” que dejemos de ser profetas de calamidades y apreciemos las bondades del progreso, los avances de la humanidad, las cosas bellas y buenas de nuestro mundo. Que son muchas, aunque estemos empeñados en ver el lado malo y amenazante de todo cuanto nos rodea.
Existen muchas noticias buenas a nuestro alrededor. En medio del horror siempre hay alguien capaz de un gesto de misericordia o de ternura, de compasión o de pasión con. Y no son casos aislados. No son las excepciones que confirman la regla. Cada día se producen montones de noticias positivas, alentadoras y bellas, aunque no ocupen las primeras portadas de los periódicos.
Muchas personas que viven entre nosotros son voceros o protagonistas de buenas noticias. También los hay que denuncian las injusticias y dan testimonio del milagro del amor. Son en sí mismos buena noticia para los demás. Auténticos profetas que se juegan la vida, o el bienestar o la libertad, y hacen patente que está en nuestra mano transformar el mundo para hacerlo más humano, a la medida de Dios. Todos estamos llamados a hacer girar nuestras vidas en esa dirección. El evangelio marca con claridad el camino.
Y ese camino que marca el evangelio, lo venimos diciendo, tiene por meta la felicidad. No la mortificación, no el sufrimiento. Ésa es la promesa del evangelio: que el que entregue su vida por los demás no la perderá sino que la ganará. Una vida plena aquí y ahora, sin necesidad de esperar al Más allá.
Pero Pablo VI nos advierte de que la alegría del Reino de Dios “es una alegría concedida a lo largo de un camino escarpado”. Se está refiriendo evidentemente al sermón de la montaña, las bienaventuranzas, que resumen los comportamientos que conducen a ser feliz. Y es el compendio perfecto, el power point del evangelio: Hay que dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, visitar al que está preso, perseguir la justicia aunque eso suponga que te persigan a ti, y algo especialmente difícil en estos tiempos: no ambicionar riquezas si eso implica el empobrecimiento de otros.
Las bienaventuranzas son el plan que Dios nos ha ofrecido por medio de su hijo para alcanzar la felicidad. Y si todos la buscamos, no parecería tan difícil adoptarlo como propuesta de vida personal. Aunque todos sabemos que las cosas no son tan sencillas… Porque el evangelio es un plan a largo plazo que procura una felicidad no inmediata sino duradera. Por eso ahora, en el tiempo del presentismo y de la fugacidad, no es tendencia.
Así que como creyentes, y más aún como agentes de pastoral, habrá que ser facilitadores de felicidad y referentes de alegría. Convertirnos en ejemplo de un camino de vida felicitante. Mostrar que seguir las enseñanzas de Jesús nos vuelve bienaventurados.
O como escribe Madeleine Delbrel, refiriéndose al sermón de la montaña:
“Ya que las palabras, Dios mío, no están hechas
para permanecer inertes en nuestros libros,
sino para poseernos y recorrer el mundo en nosotros;
permite que de esta hoguera de alegría
que tú encendiste antaño sobre una montaña,
que de esta lección de felicidad, sus chispas nos alcancen y nos penetren,
nos rodeen y nos invadan;
haz que, habitados por ellas,
como pavesas en los rastrojos,
recorramos las calles de la ciudad,
marchemos junto a la oleada de la multitud,
contagiando felicidad,
contagiando alegría.

4. Una pastoral con efecto mariposa
Yo, como comunicadora que soy, acostumbro a hacer diez propuestas para intentar realizar una comunicación de Dios más evangélica y por tanto una pastoral felicitante y portadora de alegría.
1. Dejemos de hablar de Dios. Mejor dicho: dejemos de nombrarlo tanto por su nombre de pila y mostrémoslo más por sus apellidos: el amor, la justicia, la paz, la misericordia, el perdón… la alegría. Los apellidos de Dios son hoy, a mi entender, un buen modo de hablar de Él. Y seguramente no haya otro mejor en estos momentos, vista la pesada carga negativa que soporta todo lo religioso, nombre de Dios incluido.
Figuras que comunican a Dios de esa manera consiguen desde luego saltarse las barreras sociales y culturales y llegar con su testimonio a creyentes y no creyentes. Es el caso de grandes ejemplos como Vicente Ferrer o la madre Teresa de Calcuta, que acapararon páginas y páginas de la prensa internacional con sus modelos y estilos de vida, contagiadores de esperanza y alegría. Como está haciendo el papa Francisco con sus gestos de misericordia y ternura. Y en menor medida numerosos religiosos y laicos que, no es que hablen o no de Dios, es que sencillamente lo transparentan. Ellos son capaces de hacerlo presente en el ámbito laico porque hablan de realidades concretas, ponen rostro a las teorías, encarnan los discursos, emplean un tono conciliador (que también ayuda lo suyo), ¡y viven lo que afirman!
Y es que uno de los mayores impedimentos para comunicar hoy la fe, si no el mayor, es la falta de testimonio, de ejemplo de vida. La ausencia precisamente, en palabras de Carles Such, de alegría, solidaridad evidente, honradez a toda prueba, acogida sincera, vida comunitaria… de los que nos decimos creyentes.
Nada como los gestos de honda humanidad de Jesús para llegar a todos y ser comprendidos por todos. Para tocar y transformar los corazones.
2. Propiciar el encuentro con Jesús y con los grandes testigos, los grandes ejemplos. Pero también hay que actualizar esos modelos, hacerlos comprensibles, y encontrar para nuestros jóvenes testimonios nuevos, hijos del tiempo presente, que les resulten válidos, creíbles, imitables, atractivos, estimulantes, desafiantes.
Como el pastor protestante Michael Lapsley, que después de identificarse con la causa de la población negra sometida al cruel régimen del Apartheid en Sudáfrica y sufrir un atentado que le arrancó las dos manos y un ojo, podría haberse instalado en la pena, el rencor, la tragedia, y nadie se lo hubiera reprochado. Sin embargo, Michael superó el rencor, la ira, la autocompasión, y decidió poner su vida al servicio de la reconciliación. ¡Qué maravilloso ejemplo para nuestros jóvenes y la sociedad en general, al margen de las creencias de cada cual!
Los santos de toda la vida, en muchos casos magníficos imitadores de Jesús, pueden ser también un gran ejemplo para nuestros jóvenes.
3. Renovar el lenguaje. Porque si Jesús recurría a metáforas agrícolas para hablar a campesinos, ¿no tendríamos nosotros que utilizar imágenes significativas para el joven de hoy, en lugar de hablarles todavía de rebaños y pastores, que no reconocen ni en las fotos?
San Pablo, gran comunicador, escribió infinidad de cartas que aún hoy en día, veintiún siglos después, designamos por los receptores a los que iban dirigidas: colosenses, corintios, filipenses, romanos, tesalonicenses… Para él no eran iguales, y hablaba a sus diferencias, a sus particularidades, desde la coherencia de su mensaje. Sabía san Pablo que es fundamental, para tener éxito en la comunicación, contar con el concurso del receptor.
Cada vez más a menudo ocurrirá que ese receptor ni siquiera será creyente. Deberemos tener en cuenta pues su particular contexto cultural, su propia experiencia de no-dios y las limitaciones de su lenguaje para definir lo religioso.
“Conviene ser realistas –escribe el papa Francisco– y no dar por supuesto que nuestros interlocutores conocen el trasfondo completo de lo que decimos o que pueden conectar nuestro discurso con el núcleo esencial del evangelio que le otorga sentido, hermosura y atractivo”.
4. Pulsar las inquietudes y necesidades de los hombres y mujeres de hoy, especialmente de los jóvenes, para darles respuesta. Pero si no tenemos las respuestas, reconozcámoslo. Por varios motivos. En primer lugar, porque la duda no es el coco. Como le expliqué a mi hijo Miguel en el libro “Mamá, ¿Dios es verde?”, en un lenguaje que pudiera entender, es el disco de extras del videojuego de la fe. En segundo lugar, porque de tanto tener todas las respuestas estamos matando el misterio. Y en tercer lugar, porque nos dirigimos a una ciudadanía a la que ya no convencen cuentos de la Edad Media ni apelaciones a la autoridad.
5. Evangelizar sin imposición ni poder, a partir de una relación de igualdad. Provocando –en palabras de José Comblin– “la iluminación de los corazones y de las mentes, no por la fuerza de una institución, sino por la revelación divina que se manifestó en Jesús”.
Por lógica pues, hay que empezar por hablar a los iguales. En esto vuelve a dar pasos firmes el papa Francisco cuando quiere ser tratado como obispo de Roma, y no como Santo Padre o Sumo Pontífice. Porque el aire imperial, toda esa parafernalia barroca, el machismo, no están, por decirlo coloquialmente, “en la onda” de una juventud que se ha criado al calor de la democracia. Y a la que le entristece sobremanera comprobar esa falta de sintonía entre los modos y discursos de la Iglesia y ellos mismos.
En el manifiesto final del Fórum de Pastoral con Jóvenes celebrado en 2008 en Madrid por los 50 años de la Revista de Pastoral Juvenil, puede leerse: “Sólo podemos abrirnos a los jóvenes partiendo de ellos mismos e iniciando una comunicación libre y en plano de igualdad”. Y un joven formulaba un deseo: ‘No quiero que se haga nada sobre nosotros sin contar con nosotros’.
6. Mostrar el rostro amable y misericordioso de Dios a los hombres y mujeres del mañana. Desde los gestos solidarios ante una catástrofe o la alegría sana, compartida y convertida en lenguaje universal, hasta el idéntico afán de trascendencia de un no creyente que tenemos que aprender a respetar.
Todo puede hablar de Dios si encontramos la manera apropiada de darle voz. Si seguimos el rastro de su huella en nuestra vida y nuestra cultura. En nuestro hoy, aquí y ahora.
Muchas canciones actuales, por ejemplo, aunque no hayamos reparado en ello y nos parezca que cuentan otras cosas, pueden susurrarnos entre líneas mensajes cargados de espiritualidad, misterio y conexión con Dios.
7. Ser vehículo de experiencias trascendentes, que pueden surgir en los momentos y lugares más insospechados: el contacto con la grandiosidad de la naturaleza, las situaciones límite que ponen nuestra vida contra las cuerdas, momentos intensos de relación interpersonal o de contacto con el resplandor de la belleza o con experiencias éticas decisivas. Ayudemos a nuestros jóvenes a cultivar su interioridad y expresar su dimensión trascendente superando el pudor que nos produce compartir con honestidad las nuestras. Y encontrando palabras nuevas para expresar esa experiencia trascendente. Una experiencia que, curiosamente, se ha identificado tradicionalmente con la tristeza, en lugar de con la alegría. Cuando una mística tan grande como Teresa afirmaba:
“Es un gozo tan excesivo del alma, que no quería gozarle a solas sino decirlo a todos para que le ayudasen a alabar a nuestro Señor… ¡Oh, qué de fiestas haría y qué de muestras, si pudiese, para que todos entendiesen su gozo!”.
8. Ser audaces, como pide el papa en su exhortación apostólica. Alegremente audaces.
Entre otras cosas, porque la modernidad, entendida como el patrimonio de valores democráticos y derechos humanos conquistados, no tiene en Occidente vuelta atrás.
La Iglesia se ha olvidado de esto y se ha empeñado en ver el lado más oscuro del progreso. En comportarse como profetas de calamidades, como denuncia el papa Francisco, en lugar de celebrar con alegría los avances de la humanidad y todo lo que tienen de bueno.
9. Contar nuestra fe sin entrar en contradicción con el más elemental ejercicio de la razón. Aunque esto parezca una paradoja. Despojando a Dios de esas imágenes que lo empequeñecen (como el salvavidas, el vigilante, el vengador, el que concede deseos…), imágenes que lo ridiculizan por insostenibles a la luz de la ciencia y la filosofía y que muestran a un Dios temible, violento, injusto y triste, muy triste.
Y contarnos a nosotros mismos, como Iglesia, con sinceridad y transparencia. Porque una Iglesia transparente, aunque eso implique que se dejen a la vista aspectos oscuros, negativos, tristes, dejará ver también toda la alegría y la belleza que hay en su interior. Y sólo de ese modo podrá conservarse la credibilidad ante la sociedad de esa Iglesia bella y alegre y la Buena Noticia que guarda.
10. Emplear el sentido del humor. Reírnos más de nosotros mismos y relajarnos a la hora de que se rían los demás. Que el humor es signo de inteligencia y rastro de la sonrisa de Dios. Y viñetas como las de Nano o las de José Luis Cortés, o los textos de Dolores Aleixandre o José Antonio Solórzano, demuestran que se puede hacer reír y hacer buena teología a un tiempo.
Estas son, en resumen, mis diez propuestas. Pero no soy una ingenua. Ya sé que aunque las pongamos en marcha no tendremos garantizado el éxito en nuestro objetivo. Falta algo más. Como agentes de pastoral tenemos la misión de convertirnos a nosotros mismos y a nuestros receptores en imitadores del Jesús de la alegría y la vida, en lugar de en admiradores o detractores del Jesús de la muerte y la cruz.
Para eso hay que dejarse de discursos y teorías. Lo que hace falta es otra cosa: Testimonio, testimonio, testimonio. Ejemplo de vida. No hay otra fórmula. Evangelio hecho carne. El evangelio, cuando se vive de verdad, provoca siempre un efecto mariposa.
Escribía Patricia Paz, como parte de un texto publicado el 3 de enero de 2011 en Eclesalia titulado “El Dios encarnado”:
“Ésa es la Buena Noticia que nos vino a traer Jesús. Que el Reino ya está, que el desafío es dejarnos amar, porque a medida que nos sentimos amados somos capaces de amar a otros. Y lo que hace crecer el Reino es un corazón compasivo que se compromete profundamente con el hermano y con toda la creación.
Animémonos a seguir a Jesús, a ser verdaderamente discípulos suyos, a tomarnos en serio sus palabras y ponerlas en práctica. Entonces tendremos la fuerza de ser “levadura en la masa”, “sal de la tierra y luz del mundo.”
Entonces, añado yo, seremos semilla de alegría, propuesta encarnada de felicidad compartida. Y se producirá por fin ese efecto mariposa: el batir de alas de una pequeña mariposa en nuestro ámbito pastoral, si es auténtico, puede terminar desencadenando un huracán de alegría. Creámonos esto de verdad. Confiemos en nuestra tarea como sembradores de alegría y no perdamos la esperanza en la condición humana, en las generaciones más jóvenes, en esta sociedad que parece horrible pero no lo es tanto como creemos, en el poder de nuestras acciones.
Sin olvidar que, como leí en un documento sin firmar elaborado por una comunidad de religiosas escolapias: “La felicidad no es sólo un lugar a donde vamos, sino también el modo de ir. El camino, el caminante y la meta están vinculados”.
Con su lúcida oración para pedir el don de la alegría me gustaría concluir:
Señor Jesús, danos una comunidad abierta,
confiada y pacífica,
invadida por el gozo y la alegría.

Una comunidad entusiasmada,
que sepa cantar a la vida,
vibrar ante la belleza,
estremecerse ante el misterio
y anunciar el Reino de tu amor.

Que llevemos la fiesta en el corazón,
aunque sintamos
la presencia del dolor en nuestro camino,
porque sabemos, Cristo resucitado,
que tú has vencido el dolor y la muerte.

Que no nos acobarden las tensiones
ni nos ahoguen los conflictos
que puedan surgir entre nosotros,
porque contamos – en nuestra debilidad –
con la fuerza creadora y renovadora de tu Espíritu.

Regala, Señor, a esta comunidad,
una gran dosis de buen humor
y enséñanos a sonreír abiertamente a la vida.

Haznos expertos en deshacer nudos
y en romper cadenas,
en abrir surcos y arrojar semillas,
en curar heridas y en mantener viva la esperanza.

Y concédenos ser, humildemente,
en este mundo abatido por la tristeza,
místicos para contemplarte
y testigos y profetas de la verdadera alegría. Amén.

Te interesará también…

Newsletter

Recibirás un correo con los artículos más interesantes cada mes.
Sin compromiso y gratuito, cuando quieras puedes borrar la suscripción.

últimos artículos

MÁS LEJOS, SIEMPRE MÁS LEJOS – Pablo Santamaría

MÁS LEJOS, SIEMPRE MÁS LEJOS – Pablo Santamaría

Los jóvenes, «cuando se entusiasman por una vida comunitaria, son capaces de grandes sacrificios por los demás y por la comunidad»[1]. Sin duda que la desembocadura de los jóvenes en la comunidad eclesial no tiene que ser el final de su anhelo de navegar y de seguir...