PASCUA 5B, Permanecer en Jesús y en el mundo – Iñaki Otano

La amistad debe empapar nuestra relación con Jesús: permaneced en mí y yo en vosotros. Sin esta amistad con Jesús, nuestra vida no es cristiana.

            Sin mí no podéis hacer nada. Necesitamos la relación con Jesús. Los momentos de oración deben hacer que el espíritu de Jesús esté siempre presente en nuestro actuar.

            Un Cristo que llene toda la vida supone que no es simple objeto de estudio, sino Alguien con quien uno se encuentra y a quien procura seguir cada día. Dice el teólogo chileno Segundo Galilea (1928-2010) :

“Se trata de conocer al Señor que seguimos con todo nuestro ser, particularmente con el corazón. Como discípulo y no como estudioso. Como un seguidor y no como un investigador. Aquí vemos otra vez lo original de la espiritualidad cristiana: no conocemos a Jesús, sino en la medida en que buscamos seguirlo. El rostro del Señor se nos revela en la experiencia de su seguimiento”.

            Permanecer en Jesús es necesariamente compatible con toda la dedicación que exigen el trabajo y la existencia en el mundo. Teilhard de Chardin (1881-1955) se lamentaba de que para una gran mayoría de cristianos practicantes de su tiempo, el trabajo humano se presentaba como un “estorbo espiritual”. El tiempo transcurrido en la oficina, en el estudio, en el campo o en la fábrica sería perdido para Dios.

            ¿Cómo resolver esta inadecuada dicotomía entre una vida para Dios y una intensa entrega al trabajo en el mundo?

            La solución empieza por la intención de ofrecer a Dios todo lo que se vaya a hacer, de realizar en todo la voluntad de Dios: “es la llave de oro que abre nuestro mundo interior a la Presencia de Dios”.

            Pero se necesita dar un paso más: “descubrir cómo existe la posibilidad de conciliar y luego alimentar, el uno con el otro, el amor de Dios y el sano amor al mundo, el esfuerzo del desprendimiento y el esfuerzo del desarrollo”.

            Jesús amó tan apasionadamente al mundo que entregó su vida por él.  El cristiano tiene que apasionarse en la propia actividad humana, con la convicción de que está colaborando así al cumplimiento del mundo en Cristo. No puede haber una separación entre culto y vida, sino que, como insiste san Pablo, hay que hacer de toda la persona, en su integridad de ser y hacer, un culto agradable a Dios: “Por el amor de Dios os lo pido, hermanos, presentaos a vosotros mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios” (Rom 12,1).

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: “Yo soy la verdadera vid y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo poda para que dé más fruto. Vosotros estáis limpios por las palabras que os he hablado: permaneced en mí y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.

Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí, lo tiran fuera como al sarmiento, y se seca, luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseáis, y se realizará”. (Jn 15,1-8)

 

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