PASCUA 4B, Cuidar de la persona – Iñaki Otano

Hay personas que tienen la sensación de no contar nada para nadie; personas que se sienten solas y desamparadas.

Podemos tener también la impresión de no ser apreciados por nuestra persona sino por interés, por el provecho que pueden sacar de nosotros. Cuando no les seamos útiles nos abandonarán.

A veces pensamos que en este mundo nuestro nadie hace nada a cambio de nada. La sospecha de que existen intenciones ocultas, incluso detrás de los actos más generosos, nos hace desconfiados y, por tanto, todavía más desamparados porque no es fácil fiarse de nadie.

Pero hoy en el evangelio Jesús nos dice: no es verdad que tú seas un ser anónimo ni que tu existencia sea indiferente. Yo conozco a mis ovejas y las mías me conocen… Yo doy mi vida por mis ovejas. Te tengo grabado en mi corazón a ti, con tu fisonomía, tu personalidad, tu historia y tus circunstancias personales. Puede suceder que te sientas apaleada por la máquina despiadada de intereses que no tiene en cuenta a la persona y piensa solo en productividad y eficacia al precio que sea. Por muy crítica que sea tu situación, no desesperes: yo, Jesús, no me olvido de ti, tú no eres un simple número para mí, te conozco a fondo y te quiero.

A aquellas ovejas que no son de este redil, que no le reconocen a Él como pastor, tratará de atraerlas para que escuchen su voz. Y esta no es voz de violencia o de condena sino de Buena Noticia, de acogida, de comprensión personal, basada en la confianza y no en el temor.

La figura de Jesús buen pastor inspira el modo de mandar. Nadie, por el hecho de haber sido constituido en autoridad está legitimado a considerarse con más derechos que los demás, a imponerse tiránicamente por la fuerza, a hacer esclavos. Siempre deberá tener en cuenta a la persona.

En el campo educativo, no deja de tener vigencia para los padres y educadores de hoy lo que hace más de un siglo se pedía al educador cristiano: “Aun exigiendo el cumplimiento del deber, aun apartando el peligro con fuerza y persiguiendo el vicio con indignación, no deja de ser buen pastor; se sacrifica él mismo, toma sobre sus hombros la oveja descarriada y conserva siempre en el fondo de su corazón una calma inalterable y una prudente propensión a la indulgencia” (antiguas Constituciones de los marianistas).

En aquel tiempo dijo Jesús a los fariseos: “Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas: el asalariado, que no es pastor ni dueño de las ovejas, ve venir al lobo, abandona las ovejas y huye; y el lobo hace estrago y las dispersa; y es que a un asalariado no le importan las ovejas.

Yo soy el buen Pastor, que conozco a las mías me conocen, igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre; yo doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil: también a esas las tengo que traer; y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor.

Por eso me ama el Padre: porque yo entrego mi vida para poder recuperarla. Nadie me la quita, sino que yo la entrego libremente. Tengo poder para quitarla y tengo poder para recuperarla. Este mandato he recibido del Padre”. (Jn 10,11-18)

 

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