PASCUA 3B, Tiempo de bautizos – Juan Carlos de la Riva

Es tiempo de bautizos. La liturgia nos permite en Pascua rociar con agua a la gente y recordar así que estamos bautizados. Quizá en tu Vigilia Pascual hubo algún bautizo. Yo mañana bautizaré en la parroquia a una niña de 4º de primaria cuyo nombre es Eider, que significa hermosa, bella. Dios nos llamaría así a todos, hermosos, bellos. Y al llamarnos así, nos animaría a serlo. Por dentro, sobre todo.

Ya sé, ya, que el bautizo no es para ponerle nombre a la gente, que para eso está la decisión familiar mucho antes incluso del nacimiento. Una vez me pidieron que volviera a bautizar a una niña, porque le querían cambiar el nombre. Le habían puesto Dakota, y ahora le hacían bromas en clase… por su pertenencia a los USA…

En otra ocasión me contaron la historia de «increíble». A un niño recién nacido el padre le quiso poner de nombre «increíble», y aunque a la madre no le gustaba mucho, el padre se salió con la suya. ¡Tan milagroso le parecía aquél nacimiento! El niño fue creciendo. Total que así se lanzó a la vida el niño, con ese original nombre. En clase le hacían bromas. El niño no destacaba por nada, y eso era motivo de burla, pues su nombre pareciera indicar que iba a hacer grandes hazañas. Pero nada. En las notas era normalito, en belleza no destacaba, ni en deporte, ni en música, ni en artes ni en ciencias ni en letras. Estudió la carrera de medicina aguantando muchas burlas de sus compañeros… ¡ey, increíble, haz algo increíble! Él se había acostumbrado a la broma y no contestaba sino con una sonrisa.

Pasó el tiempo, se casó, formó una familia feliz, tuvo tres hijos a los que quiso mucho, atendió a sus pacientes con cariño y nunca habló mal de nadie. Por fin, ya mayor, increíble murió. Cuando su mujer tuvo que poner algo en la lápida, no quiso poner el nombre. Bastante vergüenza había pasado en vida, como para que también la gente se riera de él después de muerto. En su lugar puso: puso: Aquí descansa un hombre que fue bueno toda su vida, quiso a su mujer durante 45 años, y a su familia, nunca robó, nunca habló mal de nadie y fue generoso con todos.

La sorpresa fue que cuando la gente se paraba a leer ese original mensaje, se escuchaba a todo el mundo decir… ¡Increíble!

¿Es tan increíble ser bueno? ¿Es muy difícil ser la persona buena que Dios quiere que seamos? En el bautizo recordamos precisamente que somos humanidad nueva hombres y mujeres nuevos, cambiados, renovados, reiniciados. La semana pasada se nos hablaba de que comenzaba una nueva semana, como una nueva creación. Atrás quedó el hombre y la mujer viejos. El otro día por el campo me encontré una quijada de caballo o de vaca (mi ignorancia no supo identificar bien aquél hueso) y pensé: mira, con esto mató Caín a Abel en los inicios de la humanidad vieja. Ahora estamos empezando la nueva. Siempre la empezamos. Con Jesús reiniciamos todo. Cambiamos. El pecado queda atrás. Nacemos a la vida increíble de ser buenos. ¿Te apuntas?

Te lo dice Jesús, que no es un fantasma. Esto que parece un detalle sin importancia en el texto de este domingo, sin embargo es muy importante: Jesús fue un hombre de carne y hueso e hizo cosas increíbles. Encarnó (qué verbo tan expresivo) en su piel, en su manera de hablar, de caminar y de pensar, todo lo que Dios soñaba para las personas. A Dios se le caía la baba al verlo. Por eso lo resucita, como para darle la razón. Y lo resucita de carne y hueso porque así pasó con Jesús, que la voluntad de Dios se hizo real, muy real. Dejó de ser un discurso, una intención, un deseo de Dios, para hacerse carne. Inténtalo y verás. Estamos cansados de discursos. Necesitamos obras.

Mañana llevaré al bautizo la quijada. Les diré que no podemos seguir dándonos en la cabeza con ella, que tenemos que ser increíbles como increíble era Jesús, que hasta fantasma les parecía. Pero era verdadero. Y tú y yo también lo somos. Llevaré otro símbolo: la toalla. Porque Jesús eligió aquella noche lavar los pies. La pondré junto al pan y el vino y diré que este es el signo de los hombres y mujeres nuevos y nuevas, la toalla del servicio y del amor, junto al pan que se come y se parte y reparte, y el vino con el que se brinda. Todo cosas muy tangibles, nada de fantasmadas.

Hoy escucho que Jesús resucitado me llama hermoso (Eder, o Eider en chica), me llama Increíble, me llama por mi nombre y me invita a no ser menos que todo lo que él sueña para mi.

 

 

En aquel tiempo contaban los discípulos lo que les había acontecido en el camino y cómo reconocieron a Jesús en el partir del pan. Mientras hablaban, se presentó Jesús en medio de sus discípulos y les dijo: “Paz a vosotros”. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: “¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo”.

Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: “¿Tenéis ahí algo que comer?” Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos. Y les dijo: “Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí, tenía que cumplirse”. Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras. Y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos comenzando por Jerusalén”. (Lc 24,35-48)

 

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