Iñaki Otano
Una vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: ”Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos. Él les dijo: “Cuando oréis decid: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo, y no nos dejes caer en la tentación”.
Y les dijo: “Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche para decirle: ‘Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle’. Y, desde dentro, el otro le responde: ‘No me molestes, la puerta está cerrada; mis niños y yo estamos acostados: no puedo levantarme para dártelos’. Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla, y al que llama se le abre. ¿Qué padre entre vosotros, cuando el hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!” (Lc 11, 1-13)
Jesús enseña a sus discípulos a orar con el Padre nuestro. Dice el teólogo Luis González-Carvajal: “No es lo mismo hablar con un sargento de caballería, con un juez de la Audiencia Nacional… o con un padre. Esta palabra inicial [Padre] es imprescindible para dar el sentido correcto a la oración entera. Pensemos, por ejemplo a qué desviaciones podrían llevar peticiones como hágase tu voluntad o venga a nosotros tu reino si olvidáramos que la voluntad que deseamos realizada y el reino que queremos definitivamente establecido son los de un padre, y no los de un tirano oriental”.
En la oración, no se trata de camelar a Dios para que él haga nuestra voluntad sino todo lo contrario: orar y orar para tratar de comprender lo que Dios quiere de nosotros. Una cosa es segura: Dios no quiere nuestro mal ni nos desea males. Nos lo explica Jesús: si es impensable que vosotros deseéis algún mal para vuestros hijos, ¿vais a creer que Dios es peor que vosotros?
Dios no envía el mal, sino que es el padre que, ante la desgracia del hijo, trata de consolarle y de darle fuerza para afrontarla, aliviarla y sacar de ella un bien. En la oración se puede encontrar ese consuelo y esa fuerza.
Cuando nos ocurre un bien, la oración agradecida debe llevar a compartirlo, de modo que sea también una bendición para los demás.
Jesús insiste en la oración. Tenemos que orar para que no se difumine nuestro ser cristiano. También hay quienes empezaron a orar antes de creer, y, en su búsqueda, la oración les abrió el camino de la fe.
En la oración puede parecer que Dios no se entera porque no obtenemos una respuesta tangible. Pero Jesús nos dice que nuestro Padre sí se entera. Hace falta perseverar como el amigo que va incluso a medianoche a pedir pan a su amigo. Al principio, parece no obtener respuesta alguna, pero él sigue suplicando y es escuchado. Nuestra oración nunca cae en saco roto.







