JOVEN BELLEZA PARA CELEBRAR LA FE CON JÓVENES Descarga aquí el artículo en PDF
Juan Carlos de la Riva
juancarlosdelariva@escolapiosemaus.org
Pistas para formar a tus catequistas y animadores/as en la celebración de la fe con jóvenes
La liturgia y los jóvenes siempre ha sido un tema controvertido en el que los agentes de pastoral, a la hora de celebrar con nuestros grupos juveniles, hemos ido oscilando entre dos extremos: la innovación creativa en símbolos, ritos y maneras, y la fidelidad a la tradición litúrgica desgranando su intrínseca belleza. En muchos equipos y pastores está abriéndose camino con fuerza esta segunda tendencia de retornar a las formas litúrgicas más tradicionales, con adoraciones del Santísimo y Eucaristías más clásicas. Ayer mismo me decía una hermana de nuestra fraternidad que en el pueblecito donde veraneaba el joven sacerdote que presidió la Eucaristía entonó el Kyrie Eleison en latín, y que casi nadie sabía seguirle. Lo vintage está de moda.
Pareciera como si se nos quisiera decir que nos habíamos pasado cambiando las cosas de la liturgia, eliminando la belleza del misterio expresado en la liturgia pura y dura, y rebajándonos hasta extremos ridículos en función de un deseo de acercar el mensaje al lenguaje joven aún a riesgo de que una Eucaristía, por ejemplo, resultase difícil de reconocer como tal.
Ya sé que es el recurso fácil, pero creo que resulta hoy día el camino más recomendable: en el medio está la virtud. O también, ni calvo ni con dos pelucas, que dicen en algunas zonas latinoamericanas. Ni el todo vale para que vean lo campechano que soy, aunque soy sacerdote o ministro/a, ni tampoco el «cuanto más indescifrable mejor expresado queda lo inexpresable, el misterio de Dios». Dios se reveló en Jesús, se hizo visible, significativo, transparente.
Quiero apelar por tanto a una prudencia pastoral en lo celebrativo, que recuerde la cercanía de Jesús, sin eliminar su autoridad, que nos una como Iglesia en una liturgia compartida, sin olvidar su necesaria adaptación a contextos y comunidades, que nos eleve a lo sagrado o nos sumerja en lo profundo interior, sin perder interpelación, significatividad, su ser buena noticia.
En el libro autobiográfico de Francisco, Esperanza, nuestro recordado obispo de Roma, al hablar de la importancia de la alegría y el humor, nos recupera un buen chiste: «¿En qué se diferencia un terrorista de un liturgista? Pues en que con el terrorista se puede negociar».
Tranquilos, que en otros lugares de esta revista, como la contracubierta, aparecen reflexiones profundas de Francisco sobre la belleza en la liturgia, y también invitaciones a educar en ese gusto por la belleza a nuestras nuevas generaciones.
Yo quisiera aportar unas simples pistas que creo que pueden ser importantes en toda celebración, y tienen que ver con la importancia del lenguaje simbólico y del rito. Capítulo aparte merecería el tema de la presencia de la Palabra de Dios en esos momentos celebrativos, sacramentos o no, que hacemos con los jóvenes. Pero nos centraremos más en el símbolo y los gestos que se estén utilizando en una celebración, por pequeña que esta sea. Pienso que lo importante es que ha de ser cauce de revelación de lo más sagrado y misterioso de Dios, al tiempo que se hace interpelación y propuesta de vida nueva a la persona, recibidas en su propio lenguaje sin espacio para la confusión.
En la liturgia de los sacramentos hay ya infinidad de símbolos maravillosos que sirven a la comunidad cristiana para conectar con el Dios que nos habita, y que han de ser presentados a niños/as y jóvenes para su vivencia, con una necesaria iniciación (mistagogía).
Muchos de estos símbolos se entienden solos, hablan por sí mismos. La mayoría llevan siglos ahí, haciéndose de la misma manera, y eso les llena de sentido, aunque quizá sigan necesitando explicación, y no se nos ocurrirá nunca (espero) cambiar el vino de la misa por una Coca-Cola. Incluso las liturgias más fieles a los libros rojos de nuestras sacristías encuentran en ellos palabras explicativas, para que superen la mera representación de algo, y les dan su carácter performativo, realizar aquello que expresan. Partimos el pan y el vino, no como símbolo ni recuerdo de lo que hizo Jesús: lo hace Jesús de nuevo, con nosotros, para nosotros; la palabra y la acción van unidas. Lo mismo el agua del Bautismo o el aceite de la Confirmación o el de los enfermos. No son meros instrumentos para comunicar mejor: hacen en nosotros lo que dicen hacer cuando se llevan adelante.
Pero la pastoral juvenil en tiempos de emoticonos y de inteligencia artificial puede seguir necesitando de unos necesarios símbolos más creativos, que conecten directamente con los y las jóvenes, y lleguen a su centro de decisión, ese corazón que de modo tan bello ha descrito Francisco en la Dilexit Nos, capítulo primero.
Jesús fue experto en elegir objetos simbólicos como el pan y el vino, que seguimos utilizando, y de hacer gestos como el de la purificación del templo echando a los mercaderes o la maldición de la higuera; también en utilizar las comparaciones como la semilla de mostaza o el aceite de las vírgenes prudenteso o el anillo que el padre pone en el dedo de su hijo recuperado… Todo el mensaje sobre el Reino está vertido en parábolas y en gestos de curación que expresan su venida mejor que cualquier discurso. Creo que este empleo sistemático de la realidad circundante para hacerla hablar de lo nuevo que acontece con su propuesta nos autoriza para recurrir a ellos y recrearlos de nuevo, o actualizarlos para hacerlos comprensibles.
Nuestros jóvenes ya no son en su mayoría campesinos, como los oyentes de Jesús… y quizá nunca hayan visto a un pastor de verdad con sus ovejas por las laderas de la montaña… Pero sí habrán cargado una mochila al hombro, con su cantimplora de agua, o habrán recibido mensajes sorprendentes en su móvil o habrán ensuciado su camisa el primer día de fiesta o habrán sentido la dentellada de la oscura soledad en algún momento… Así, una cantimplora o un mensaje en un móvil o una camisa sucia frente a otra limpia o el apagar de todas las luces de la capilla, pueden ser cauce de revelación de ese misterio que los habita. Quizá el padre misericordioso de la parábola ya no ponga anillos en los dedos, sino que le da las llaves del coche a ese hijo recuperado… ¿Recordáis la colilla del último cigarro que fumó el padre del teólogo Leonardo Boff, con la que nos ilustraba el valor sacramental de los objetos cotidianos (el inicio del librito Los sacramentos de la vida)? Qué os voy a decir a los scouts que con tanta unción y reverencia portáis la pañoleta con sus pasa-pañoletas y sus insignias bordadas.
El uso de los símbolos de la vida para que la Palabra de Dios realice en los jóvenes lo que promete en su significado es necesario. No se trata de un recurso didáctico, ni de un adorno estético para hacer más divertida una homilía, ni de un modo de captar la atención, ni de un modo de representar «de otra manera» lo ya dicho en la lectura solo para hacerla más comprensible. No. El buen uso de un símbolo de la vida puede ser cauce para dos cosas muy importantes y necesarias en toda celebración:
- Es un modo de perforar la realidad para encontrarle un sentido misterioso desde la fe. Utilizo aquí esa expresión, prestada de Madeleine Delbrel, mística en medio de la vida, en aquel barrio obrero parisino. Se trata de vivir tres experiencias: mirar la vida con actitud contemplativa, leer la realidad con actitud admirativa y escuchar con actitud de silencio
- Es también un modo de expresar la respuesta del joven a la propuesta misteriosa de Dios que me habla, su opción por la vida nueva, su pequeño o gran sí a lo que Jesús le ofrece ahora, en mitad de un sencillo rato de celebración, como Buena Noticia para su presente y su futuro. Así, el símbolo podrá: ayudar a que el joven se exprese con actitud de revelación personal desde lo profundo del corazón; recrear el mundo con actitud de compromiso, anticipando en el ahora lo que la esperanza nos hace vislumbrar del futuro de Dios y celebrar con actitud de gratuidad y fiesta compartida, junto a otros.
Cuántas celebraciones con jóvenes terminan resultando insulsas y poco transformadoras por abusar de las palabras y no usar el signo o el gesto. Qué poco partícipe se hace su ser, si la celebración solo busca respuestas intelectuales o consejos éticos para unas preguntas o unas situaciones que el joven no se ha planteado todavía y quizá no lo haga nunca. Si todo son palabras, la celebración se convierte en ideología y pierde su carácter de misterio, de realizar lo que promete en un ahora fecundo que es de Dios. Por eso ha de participar en la celebración la dimensión corporal, haciendo especialmente énfasis en los sentidos, y también la dimensión emocional, de la que depende en gran parte la motivación del joven a un cambio de actitud y/o de vida.
Para que estas dimensiones humanas del cuerpo y la emoción participen en la celebración y sean evangelizadas por ella, interesan muchos pequeños detalles, que juntos deben componer una sinfonía celebrativa que afecte a toda la persona. Que el cuerpo se mueva y exprese: interesan los gestos de levantarse, sentarse, arrodillarse, darse la mano, recibir la imposición de manos, caminar con humildad hacia la comunión.
Pensemos también en la propia capilla, oratorio o la misma iglesia en la que hacer posible este tiempo y espacio especial. Es un espacio sagrado, pero sin dejar la vida fuera: también es sagrada. Hay elementos que ayudan a tomar contacto, no a hacer una ruptura de nivel. Luz, música, estética cuidada, moderna. Jesús como centro del oratorio con una imagen cercana y humana. La disposición en círculo o semicírculo que exprese comunidad y no espectáculo. Los objetos litúrgicos: cirio pascual, Palabra, sagrario, pan y vino, altar, flores etc.
Usemos la imagen, para que el sentido de la vista participe. Usemos las imágenes que ya hay en la iglesia o capilla, o la nueva que hemos traído hoy porque el Evangelio lo pedía.
- Imágenes de Jesús, foto de Dios.
- Símbolos de la antropología: agua, fuego, tierra, camino, huella…
- Símbolos del día a día: linterna, mochila, libro, camiseta…
- Imágenes de la realidad exterior: noticias del mundo, fotos…
- La naturaleza aún por descubrir…
Las imágenes clásicas que son Dios con nosotros: Jesús, Cruz, María, Trinidad.
Otras imágenes que no solo decoren, sino que evoquen el misterio y la presencia de Dios y Jesús (foto niño pobre, foto de la comunidad) o sus propias fotos; luz, candil, fuego…; árbol seco; techo de tela, tienda en el desierto; pozo con agua; huellas, camino… Mochila, bastón, botas, texto escrito, frase…
Usemos también el olfato el olor de lo diferente, sea incienso o perfume.
Y abramos los oídos con el sonido de la vida nueva:
- Una música que evoque, sin sustituir, la belleza de la propuesta cristiana.
- Un silencio que se escuche, habitado de hermanos/as y de Dios.
- Usar cantos alegres, adecuados, no demasiado infantiles… con instrumentos: guitarra, triángulo, bongos… Usando a veces el cuerpo: palmas, pies, silencio, boca cerrada, manos dadas, manos a lo alto, sentando, levantando. Que no se convierta en pantomima.
- Otros cantos solo para ser escuchados, que inspiren, que hagan silencio interior, que pongan palabras a lo profundo.
- Conectemos con otros sonidos de la naturaleza, o de la ciudad… Los propios sonidos del cuerpo: respiración, latidos, hasta el correr de la sangre por las arterias y venas…
Trabajemos con el tacto:
- El calor del contacto físico con el hermano.
- El abrazo de Jesús recibido del celebrante en la imposición de manos.
- Tomemos el pan de Jesús y convirtámonos en su sagrario, su medio para salir de la Iglesia y caminar por el mundo.
- Introduzcamos otros símbolos sacramentales: agua, aceite…
- Incorporemos otros objetos concretos que pasan de mano en mano. Sirvan de ejemplo las propuestas de símbolo de estas imágenes, que nos pueden ilustrar esto de lo que venimos hablando:
La propia Biblia es un símbolo excepcional: démosle un lugar digno y destacado, portémosla con unción, enseñémosla con alegría, besémosla con reverencia. Leamos de ella, y no de una fotocopia, o del teléfono móvil. Vamos a acogerla, aplaudirla, adornarla, incensarla, besarla, pasarla de mano en mano, alzarla y aclamarla cantando, traerla en procesión… Adornémosla con algún símbolo o personaje que aparece en la lectura: un pan, un ciego, una cepa, una azada, trigo, jarra de agua, una plantita, dinero, teléfono, piedra…
La bendición, un gesto precioso, con la señal de la cruz que dibuja en nuestro cuerpo lo que queremos que sea nuestra vida, una entrega generosa como la del amor de pasión.
Utilicemos también pequeñas entregas, que marquen hitos en el proceso de crecimiento espiritual, que marquen decisiones de vida, al final de un campamento, en el inicio de un proyecto, al asumir un servicio… Las entregas catecumenales nos ayudan a descubrir la vida progresivamente, a madurar en las opciones personales, a expresar opciones de grupo. Algunos ejemplos: oraciones plastificadas, imágenes, iconos, vela, NT, libro de oraciones, cantoral, foto del grupo-clase, pin, etc. Las posibilidades son muchas: entrega del padre nuestro, entrega icono de María, entrega Icono Jesús, entrega pequeña cruz, entrega de guía de oraciones, entrega del Credo (envío), entrega de guía de oración, entrega del icono de José de Calasanz, entrega Salmo, entrega de cantoral, entrega de Jesús Buen Pastor, entrega de diario de la capilla, entrega del carnet de peregrino, entrega de material vocacional (revista…), icono de Jesús humano, tarjeta de la paz o chapa, frase «En Roma he encontrado…», póster de la semana escolapia, icono pasión, entrega de cruz para la clase, entrega de icono para la clase, icono chaval pobre, icono Resurrección, entrega del NT (después de hecho en los grupos), entrega de la luz (lámpara barro)…
Aprovechemos también la fuerza de la oración vocal, dentro de una pedagogía de la oración. Recitar juntos, leer, prometer y comprometerse.
Pedir participación oral para los diferentes modos de orar: repasando lo que te ha pasado; pidiendo por personas cercanas; recitando despacio el padre nuestro; con un salmo o una oración ya hecha; con un texto del Evangelio; imaginando que Jesús viene a mi vida, a mi cuarto, a mi situación; inventando mi propia oración; escribiendo una carta a Dios; con un periódico; pensando en mi futuro; oraciones hechas aprendidas de memoria en cada etapa del proceso de grupo…
Un último consejo o sugerencia práctica es que la tecnología no nos moleste: que el Power point no sea nunca protagonista, y casi que, si no está, mejor, para que todo lo que pase en la celebración tenga el mayor realismo posible.
Bueno, como ves, la idea era más sugerir caminos para que cada celebración sea especial, diferente, significativa… Se trata de cuidar estos momentos más que ningún otro, para que cada minuto cuente y la experiencia ayude, y supla lo que el ritmo de vida y las distracciones de fuera impiden vivir.
Si estás trabajando este tema con un equipo de animadores o catequistas, aquí te sugerimos estas tareas para ponerlos a trabajar. En equipos de 3-4 animadores/as, que preparen de modo diversificado:
- Un signo novedoso para la fiesta del fundador/a del colegio o el titular de la parroquia.
- Una ambientación de la capilla para Adviento.
- Una expresión corporal para la celebración de la paz.
- Un gesto alternativo o complementario a la «ceniza» o al inicio de la Cuaresma.
- Un símbolo para despedir el curso, con una entrega.







