Iñaki Otano
En aquel tiempo, Jesús para explicar a los discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: “Hazme justicia frente a mi adversario”. Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: “Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara”. Y el Señor respondió: “Fijaos en lo que dice el juez injusto: pues Dios ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche? ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?”. (Luc 18, 1-8).
En tiempo de Jesús había muchos jueces corruptos que solo hacían justicia a los que les daban una compensación económica. Para ser escuchado había que sobornar a secretarios, empleados oficiales y jueces.
Entonces los pobres, los que no tenían medios para pagar, quedaban desamparados. Y entre las que sufrían mayor desamparo estaban las viudas. Por eso, a esta viuda que no tenía medios económicos sólo le quedaba el recurso de insistir. Ante la insistencia de la viuda, el juez la atiende para que le deje en paz. Y Jesús viene a decir: “Si hasta un juez malo es capaz de escuchar a la pobre viuda, ¿cómo no os va a escuchar Dios, que no es un juez corrupto sino un Padre amoroso que quiere el bien de sus hijos?”.
Dios es un juez que atiende a los que nadie atiende, sobre todo al que más desamparado se encuentra. Dios nos juzga siempre desde su paternidad y no al margen de ella. El teólogo Javier Vitoria llama a nuestro Dios el Dios de las buenas manos. “Buenas manos para ayudar a nacer lo nuevo, lo divino de cada ser humano, para sostener a los abatidos, para hacer caricias a los maltratados y justicia a los oprimidos, para enjugar el sudor de los cansados y las lágrimas de los afligidos, para sanar los corazones de piedra, para levantar del polvo a los pobres, para curar las heridas de la vida, del amor y de la muerte, para abrazar a los hijos pródigos, para danzar con los tullidos y para hacer sonreír su fortuna a todos”.
Nos podemos ver desamparados y creer que Dios no nos escucha, que no vale la pena seguir acudiendo a Él porque no se interesa por nosotros. Jesús dice que perseveremos, que seremos escuchados sin tardar (los expertos dicen que la traducción exacta sería: cuando menos lo esperes).
Algunos han visto en la viuda la imagen de la Iglesia y del cristiano en tiempos difíciles. Existe a veces la sensación de no ser escuchados ni de Dios ni de los hombres, no se aprecian los valores proclamados por los cristianos, y Dios parece callado. Es el peligro de cansancio, de volver la espalda a Dios, de tratar simplemente de sobrevivir sin plantearse la contribución a un mundo mejor por la pobreza de los resultados. Es sobre todo en esos momentos cuando es necesaria la oración: orar siempre sin desanimarse, dice el Señor.
Nuestra oración no es inútil. Es necesario que el Hijo del Hombre encuentre fe en esta tierra, en nuestro corazón, en nuestras acciones. Y, para esto, es necesaria la oración.







