Oportunidades para el encuentro – Jorge A. Sierra

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Jorge A. Sierra (La Salle)

@sallepastoral

Si nos ponemos a pensar en los momentos más importantes de nuestras vidas, veremos que siempre se basan en un encuentro: desde el nacimiento hasta la muerte, pasando por tantas y tantas experiencias compartidas, de descubrimiento, de aprendizaje. ¿Qué recordamos al final? Las sensaciones, los olores, los sonidos… de uno u otro encuentro personal. Con la pandemia, se han reducido nuestras oportunidades para encontrarnos, pero a la vez han aparecido otras muchas, sobre todo a través de las tecnologías… pero eso no quiere decir que los encuentros sean mejores.

El cristianismo es una religión del encuentro. Los evangelios nacieron del encuentro de unas personas sencillas del último rincón del imperio romano con Jesús de Nazaret, el mismo Dios, que provocó en ellos tal experiencia que no pudieron menos que ponerla por escrito. Nunca se hubieran escrito sin esta experiencia vivida, agradecida y profundamente trasformadora de la resurrección de Jesús, el Cristo. Y nuestra fe nace también de aquí, de ese momento en el que «se nos abren los ojos y lo reconocemos». Ya estaba, pero ahora lo reconocemos. No se trata de algo programado: es más bien la experiencia de que Jesús nos ha salido al camino de nuestra vida. Y no solo como un recuerdo de lo que sucedió en un momento de la historia allá en Palestina, sino como una presencia real, viva y salvadora para nuestras vidas. La experiencia de que Él está vivo ¡y es Señor!, es mi Señor, es el Señor del mundo y de la historia.

Este encuentro a veces sucede de golpe, como en el caso de san Pablo. Cuando Cristo embiste en su vida y tira por tierra todos sus montajes, sus ideologías y sus creencias, cuando se impone con su presencia y le hace cambiar radicalmente de rumbo. Pero en la mayoría de nosotros casi siempre sucede como en el relato de Emaús, más bien poco a poco y a través de muchos pequeños encuentros, muchos de ellos con otros creyentes, que actúan de guía y mediadores para comunicarnos la fe recibida. Decía Pablo VI que «la Iglesia es diálogo».

El gran descubrimiento de la fe cristiana es que Dios mismo quiere comunicarse con nosotros. No por ninguna valía especial que tengamos, ni porque lo merezcamos. Simplemente porque quiere. Y Dios es amor, un amor que nos sobrepasa, supera nuestros pobres límites y nos adentra en la locura del Amor que el Padre ha tenido para con nosotros. Es Él el que quiere abrirnos los ojos para que le reconozcamos como Señor y por eso se encarnó en Jesús, que destruyó cualquier barrera religiosa o ritual entre Dios y el ser humano.

¿Qué respuesta puede merecer esta revelación? Me temo que no cabe más que la admiración, la alabanza y la obediencia. Es decir, el verdadero «temor de Dios», por más que la expresión nos resulte dura. La llamada de Dios implica toda la vida, que se hace donación en pálido reflejo de la propia donación de Dios, completa.

El encuentro con Dios, como el seguimiento de Jesús, tiene mucho de atracción, de crecimiento personal, de ideal, pero todo es en vano si no hay experiencia, vivencia casi imposible de explicar, pero sentida en lo más profundo. Volvemos al dinamismo vocacional: si fuera por mí, como mucho un «simpatizante» y hasta ahí. Pero la llamada de Jesús es irrenunciable e implica a toda la persona, sin cortapisas. Pero no es por mí, la iniciativa ha sido toda de Dios.

Nos corresponde un camino de vuelta, descubrir más oportunidades de Encuentro, con mayúsculas. Como cristianos somos evangelizadores y eso supone anunciar a Jesús. Y si a Jesús no se le conoce meramente «de cabeza», sino mediante el encuentro personal, nos corresponderá contribuir al crecimiento de una verdadera «cultura del encuentro». Ahí es donde podemos aprovechar lo virtual, pero sin dejar que absoluticen toda comunicación. ¿Cómo van a conocer a Dios si nadie se lo muestra, si nadie se lo comunica? Es una prioridad del primer anuncio, pero también del resto del camino de seguimiento cristiano y una llamada de atención para toda la Iglesia: ser Encuentro.

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