Olvidar – MªÁngeles López

M.ª Ángeles López Romero

@Papasblandiblup

Ha sido una de las definiciones de 2020 más repetidas: «un año para olvidar». Algunos incluso han ido más allá y lo han nombrado pública y privadamente «un año de mierda» (con la ingenua idea de que con el cambio del calendario dejábamos atrás la pandemia). Y es cierto que han pasado tantas cosas malas, tantas cosas increíbles, inéditas e inauditas, que dan ganas de pasar página con el cambio de numeración anual y sepultar los recuerdos de muertes, enfermedad, pobreza, ausencia de abrazos y de encuentros… que nos hacen tanto daño. Pero olvidar quizás no sea lo mejor.

La primera razón, o al menos la más obvia, es que quien olvida está condenado a cometer los mismos errores del pasado. Que han sido muchos por parte de todos: desde creernos invencibles por obra y gracia de los avances científicos y técnicos, a ignorar el tremendo daño que estábamos infligiendo al planeta o cómo podía afectarnos la hiperconexión, hasta suponer que, si pasaba a kilómetros de distancia, no iba con nosotros la cosa. ¡Y tanto que nos fue!

Pero hay una segunda razón: y es que no debemos olvidar las cosas buenas que también han ocurrido durante este año singular. Muchos hemos retomado un cierto control sobre el tiempo, o al menos el ritmo de nuestras vidas. Eso nos ha permitido mirar más en nuestro interior, mirar más a nuestros seres queridos y escucharlos mejor. Muchos niños han disfrutado como nunca de sus padres; y muchos padres han hablado más que nunca con sus hijos adolescentes y jóvenes. Todos hemos vuelto la mirada hacia aquellos a los que nunca miramos: los ancianos y los héroes cotidianos. Esos que limpian las calles, hacen el pan o dan de comer a los más desvalidos. Y hasta hemos permitido a la fauna y la flora que recuperara por unos meses el terreno que les habíamos arrebatado, lo que nos ha enseñado que se puede revertir el cambio climático.

Hemos descubierto también el verdadero significado de la palabra «salud» que usábamos con demasiada frivolidad cuando brindábamos. Y el auténtico valor de unos abrazos y unos encuentros que más veces de las debidas hemos desperdiciado. También hemos comprendido la importancia de organizaciones supranacionales que velen porque las decisiones que se tomen sean equitativas. Y lo poco que sirven las fronteras para frenar amenazas tan relevantes como una pandemia.

Finalmente, la tercera razón, last but not least, tiene que ver más con el futuro que con el pasado. Porque jóvenes y no tan jóvenes tenemos desde el inicio de este año recién estrenado el enorme desafío de construir algo nuevo que nazca de esta crisis sin precedentes y que utilice todo lo aprendido, todo lo llorado, todo lo descubierto y lo valorado en su justo término, para no dejar atrás a nadie, para no perder en el tiempo en cuestiones secundarias, para no ahorrarnos un solo abrazo ni un «te quiero», para construir unas relaciones más honestas, humanas y fraternas.

Sí. Tenemos ante nosotros una oportunidad envidiable. Y en nuestra mano la decisión de si queremos olvidar… o construir a partir del recuerdo. Porque, en caso contrario, como ha dejado dicho el escritor chino Yan Lianke, «la persona —y la sociedad, yo añadiría— sin memoria es, en esencia, como el madero sin vida; serán el serrucho y el hacha los que determinen su forma futura».

 

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