Volver a mi casa interior – Olga García Muñoz

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VOLVER A MI CASA INTERIOR

Olga García Muñoz

olgagarcia@escolapiosemaus.org

Hola, soy Olga, maestra de Infantil del colegio Escolapios Genil de Granada. Voy a compartiros mi reflexión personal en este tiempo de pandemia que estamos viviendo y también hablaré de acompañamiento en procesos de muerte y duelo. Es un compartir sencillo desde mi experiencia.

Si algo me ha regalado este tiempo de pandemia, ha sido más conciencia del momento presente. Una necesidad de ir hacia adentro, hacia mi autoconocimiento, un pararme y dedicarme a mí. Creo que el camino que tenemos que coger como maestros/as, agentes de pastoral, educadores y en definitiva como personas, es el «autocuidado», el coger yo las riendas de mi vida, volver a «mi casa», mi interior, reconocer el amor que soy, cuidarme para poder cuidar y acompañar al otro. Como decía Jesús de Nazaret, «ama al otro como a ti mismo».

Empezar por nosotros mismos, compartiendo cómo estamos, qué emociones han ido apareciendo durante este tiempo, cómo las hemos ido gestionando cada uno, o si no las estamos atendiendo y escuchando. El estar atentos a las emociones que están surgiendo en nosotros, nos va a ayudar, sin duda, a estar atentos a las que surjan en nuestros niños/as, adolescentes…

La escuela, los ámbitos en los que nos movemos de grupos y donde acompañamos, necesitan un cambio y creo que está en cada uno. Necesitamos desarrollar el ser del educador. Nuestros niños/as, jóvenes, familias…, nos necesitan sin intermitencias. Ahora más que nunca, necesitamos de un equipo conectado, con una misma mirada que nos dirija hacia donde queremos caminar. No enseñamos ni acompañamos por lo que sabemos, sino por lo que somos.

Yo me pregunto: ¿nos estamos orientando hacia la salud o la no salud? Salud entendida como estado de bienestar social, bienvivir físico, bienestar emocional, bienestar espiritual… Nos tenemos que ir cuidando, nutriendo y alimentando. Los expertos nos dan unas claves para ello:

  • Alimentar cuerpo físico.
  • Alimentar cuerpo emocional (gestión de emociones).
  • Contacto con la madre Naturaleza.
  • Respiración consciente.
  • Equilibrio entre movimiento y reposo, momentos de hacer y momentos de descansar.

Nuestros niños y adolescentes están viviendo momentos de represión, falta de mirada, falta de contacto, falta de abrazo; en general una falta de contacto humano, una sociedad más individual y desconectada del mundo emocional. De ahí que necesitemos volver a reconectarnos (con lo que las emociones nos dicen). Nos estamos sometiendo a muchas normas y esto tiene un coste interno. Como educadores somos modelos dignos de ser seguidos, imitados…, de ahí nuestra responsabilidad de facilitar entornos saludables.

La OMS (Organización Mundial de la Salud), habla ya de «fatiga pandémica». Tenemos que despertar, empoderarnos, para adaptarnos afuera tenemos que contactar con nuestro adentro. Ver qué me está pasando con esto que sucede fuera, cómo me estoy adaptando, no poner la atención fuera sino ver qué está pasando dentro de mí, qué puedo hacer en mí, en vez de depositar toda nuestra salud física y emocional en unas autoridades que no saben nada de mi vida, de quién soy, de lo que necesito. De ahí, como empezaba diciendo, la importancia de ser consciente de este mundo emocional, no perder la identidad. Estar en contacto con nuestras emociones y expresarnos desde ahí, dejarnos tocar, buscar salida para esas emociones, expresarlas. Escuchar nuestra necesidad más profunda. Hacernos responsables de cómo yo quiero vivir y cómo mantenerme en la «senda de la vida» y no de la «no vida».

Son muchas las emociones que estamos sintiendo en este tiempo de pandemia. El miedo, el enfado, la tristeza, la frustración, la soledad…, es normal tenerlas y sentirlas. La palabra «muerte» aparece constantemente, en números, en medios de comunicación, en nuestras conversaciones y nos tambalea. Somos una sociedad que no acostumbramos a hablar de la muerte. La muerte es parte de la vida. Es un momento perfecto para naturalizarla y hablar de ella en el ámbito de adolescentes, niños… A todos de alguna manera nos está tocando vivir un momento de muchas muertes (pérdidas de personas queridas, pérdidas de libertad, pérdidas de ilusión, pérdidas de encuentros…).

Desde que nacemos y morimos, estamos continuamente perdiendo situaciones o cosas que necesitan ser reparadas (la pérdida) para poder yo tener espacio para poder vivir cosas nuevas. Vivimos en una sociedad que, en vez de acompañar en estos procesos de duelo, aparta a los niños y jóvenes de los rituales de los adultos. Si yo me ocupo, miro, resuelvo, analizo, expreso y estoy, todo esto me va a ayudar en los momentos de muerte. Hemos involucionado. Antes no había formación para la muerte, ahora necesitamos más formación para hacer los procesos naturales de la vida. Gestionar el duelo es una herramienta para toda la vida.

¿Por qué hacer un duelo?  Al hacer un duelo obtenemos unos beneficios. Tomo conciencia de la pérdida, esa conciencia me da más lucidez y claridad, esta me permite tomar decisiones y, por consiguiente, ser autónomo y maduro. En definitiva, elaborar un duelo de forma saludable me capacita para vivir.

Las respuestas del duelo dependerán mayoritariamente de la edad y del grado madurativo de la persona, así como del tipo de pérdida y vinculación en la relación afectiva. Según las investigaciones de Harper, el duelo cursa de la siguiente manera:

Recursos para elaborar un proceso de duelo

  • Reconocer la pérdida.
  • Darse cuenta de que el duelo es algo normal.
  • Darse permiso para estar en duelo. Aceptarse.
  • Hablar sobre la pérdida. Tan frecuentemente como sea posible y expresar lo que se siente y qué dificultades experimentamos. Buscar, como mínimo, cinco/ siete personas con las que podamos compartir de forma próxima y protegida.
  • Comprender la naturaleza y las dimensiones de la pérdida. Una pérdida siempre está influenciada por las pérdidas anteriores, puede conllevar un sentimiento de soledad, de culpabilidad, de ausencia de sentido.
  • Aceptar el dolor de la pérdida y clausurarla.
  • Repetirse a uno mismo «que no estoy solo».
  • Darse un tiempo para curar.
  • Dejar para más tarde la toma de decisiones importantes.
  • Buscar y aceptar los cuidados de otras personas.
  • Estructurar el tiempo: hacerse un horario de las actividades, reposo y descanso. Fines de semana o fiestas.
  • Escribir afirmaciones positivas que permitan equilibrar pensamientos destructivos.
  • Averiguar qué es lo que le hará sentirse bien.
  • Indicar escribir a la persona fallecida, que cuantas más veces lo haga se sentirá más aliviado.
  • Rodearse de seres vivos: animales y plantas.
  • Cuidarse físicamente: ejercicio físico, alimentación, ejercicios de estiramiento. Tomar el sol veinte minutos diarios, relajarse, oración, meditación, ejercicios de conexión interior, descanso.
  • Iniciar un cuaderno de vida: tomar nota de las cosas más importantes. Este recurso cumple dos objetivos importantes, por un lado, es de gran utilidad ya que nos facilita la expresión de pensamientos y sentimientos con respecto a la persona que hemos perdido; por otro, sirve como medidor de ¿cómo evoluciono a lo largo del proceso?
  • Hablar con una foto de la persona perdida.

Termino con otra reflexión…

La escuela, el entorno de nuestros grupos, son lugares privilegiados para hablar de la muerte. El punto común para todos (cristianos, budistas, musulmanes, etc.) es que cuando alguien muere, nos ponemos muy tristes, no le volvemos a ver y nos podemos acompañar. Nos iguala.

Es importante visibilizarla. Si educamos para la vida, tenemos también que educar en la muerte, muerte no vivida como una tragedia o un drama, sino como un proceso final de la vida, cómo culminarla, sea la edad que sea porque la vida no se mide por años sino por aprendizajes. La muerte y la vida son dos caras de la misma moneda.

Nuestros niños, nuestros adolescentes, nuestras familias, nosotros mismos, necesitamos incorporar de forma natural la Muerte en la Vida. La gran muerte, pero tenemos muchas muertes pequeñitas. Los niños/as van a sufrir divorcios, cambios de colegio, cambios de ciudad, repetir curso, salir del grupo de iguales, que te deje el novio/a, pérdida de una mascota… pequeñas pérdidas que para ellos van a ser muy grandes.

La muerte tiene un poder educativo transformador. Puede llegar a dimensionar la vida si no la tememos. Estamos formando a seres que tengan recursos para afrontar lo que les traiga la vida.

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