Ojos del Centurión

En los ojos del centurión 

Cómo me fastidiaba tantas lágrimas, el llanto quejumbroso que se oía a lo lejos de unas mujeres que seguían a ese judío era un asunto bastante incómodo. Sus lamentos, sus gritos de auxilio y las súplicas a su Dios hacían que el momento fuera el más difícil de todos.  

Los rostros de quienes lo seguían, rostros temerosos, tristes y escondidos en medio del gentío procurando que supuestamente nadie los reconociera, hizo que no fuera una crucifixión más. Ciertamente he crucificado a muchos bandidos, a gente odiada por el pueblo, gente que merecía el peor de los castigos. En otros momentos el abucheo era el que ensordecía. Pero esta vez era diferente, esta vez el asunto no fue tan fácil. 

La condena de aquel hombre era inverosímil, ¡cómo era posible que fuera condenado por algo que fácilmente podría retractarse! Simplemente era necesario que dijera que había blasfemado, que no era ningún rey, que el único rey era el César. Y ya. Un tiempo en prisión y después libre. Pero este hombre contenía una convicción que no es simplemente de ideas, de esas que hoy están y que mañana cambian; no era simplemente de sentimientos: de esos que por un momento tienen fuerza y de repente son cambiados por otros más agradables; no era ni mucho menos una locura, no, su rostrosu voz y su fuerza no eran de un loco; o quizás sí, pero de un loco por amor.  

Han pasado los días y tengo todavía en mi recuerdo el olor de aquel momento. El olor que tiene la sangre, pero también un olor peculiar, un olor que hoy lo recuerdo como el de un gran jardín en donde las flores emiten fragancias que impregnan y que hacen degustar el momento. Ciertamente era quizás el olor de su mirada tierna en medio del dolor, de su mirada entregada, de sus palabras contenidas que salían con esfuerzo pero con una claridad y esperanza que para  resultaba nueva. 

Pero más impactante ha sido el momento en el que unos de los de su grupo han empezado a pregonar clandestinamente que ese tal Yeshua ha resucitado. Dicen que muy de mañana su cuerpo ha desaparecido del lugar en donde lo pusieron, el cual hemos cerrado con una pesada roca y además hemos sellado para que nadie pudiera ingresar. Unos de mis hombres, los que estaban vigilando, no han sabido explicar lo sucedido. La verdad es que, aunque han dado una versión, todo es confusoY no es para menos: algo distinto ha sucedido acá, algo nuevo se le ha regalado a la humanidad con este hombre. No sé qué será. Quizás ustedes lo sepan. 

Que mis dioses me perdonen, que Júpiter sepa evitar mi condena, pero este hombre ciertamente era un hombre justo. 

****  

El centurión supo ver algo nuevo en Jesús, su mirada acostumbrada a hacer su “trabajo” fue desacomodada ante un rostro nuevo, ante una actitud que causaba extrañeza y admiración. Nuestra mirada se acomoda y se normaliza ante Jesús, ante la fe. Regálate la posibilidad de mirar con novedad. ¿Qué ves de nuevo en Jesús? ¿Qué rostro nuevo y particular aparece hoy en ti? Fíjate en las actitudes que surgen en tu interior, las que ha tenido contigo.  

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