Buenas, soy Simón Pedro, aún recuerdo cuando estando yo pescando Jesús me llamó por mi nombre e irremediablemente mi vida entera cambió desde entonces. En mi camino con Jesús he sido testigo de acontecimientos increíbles, especialmente, como poco a poco traía esperanza al Pueblo, ¡estamos tan faltos de esperanza en estos días tan difíciles!
Hace poco todo cambió. Esta historia empieza cuando llegamos a Jerusalén, después de que Jesús se fuera al desierto a orar vino convencido de celebrar la Pascua en Jerusalén. Yo no sé que mosca le picó, todos sabíamos que era peligroso que predicara donde los sumos sacerdotes manejan en cotarro. Pero bueno, Él, como siempre siguiendo los deseos del Padre estaba decidido a hacer cumplir las Escrituras. Así que entramos en Jerusalén y fue aclamado como el Rey humilde que traía la paz. Nunca había visto un recibimiento así, ¡todos estaban tan esperanzados y felices! Desde luego estaba decidido a no pasar desapercibido, cuando no llevábamos ni dos días fue al Templo y delante de todos expulsó a los mercaderes. ¿No se daba cuenta que eso era un ataque directo al poder religioso? Quizá lo hizo precisamente por eso, pero las consecuencias han salido demasiado caras.
Pasamos varios días predicando por Jerusalén, anunciando el fin de la injusticia y la liberación de los oprimidos, el pueblo estaba encantado, pero los que viven bien a costa de esa opresión desde luego no tanto. Yo estaba muy preocupado, Jesús por encima de todo era mi amigo.
Al fin celebramos la Pascua, una buena fiesta con amigos, eso es lo que necesitábamos, aunque no puedo negar que todos estábamos un poco encogidos, podría haber represalias y no sabíamos cuando llegarían. Jesús mi amigo y maestro me lavó los pies, al principio no lo entendí, pero ahora lo veo con claridad, estar al servicio es el único camino para vivir en el amor de Yahvé. Y nos dejó un regalo, un gesto, el partir el pan y compartir el vino. Un símbolo de entrega que poco después comprendería bien.
También hubo amargura, me dijo que lo negaría, no os imagináis lo desleal que me sentí, ¿cómo iba yo a traicionar a mi amigo del alma, que había cambiado mi vida? ¿cómo sería capaz?
Nos retiramos a orar al monte de los Olivos, fui con él, pero el sueño se apoderó de mí y no pude velar, Jesús me lo reprochó, parecía que ya estuviera traicionándolo. Al poco apareció Judas rodeado de matones y vendió a Jesús, ¿cómo fue capaz? Lo mío era horrible, pero vender a un amigo es mucho peor. Los seguí hasta la casa de Caifás, y allí se cumplió lo que dijo Jesús, aún me odio por ello, ¿cómo pude negarlo?, ¿cómo pudo fallarme el valor de esa manera? Quizá si yo hubiera dado la cara por Él…
Desde ese momento me escondí, traté de pasar desapercibido, pero fui testigo de cómo la misma gente que había aclamado a Jesús lo condenaba a muerte, al final resultó que los poderosos seguían teniendo la sartén por el mango. ¡Qué rabia me dio!
Desde la distancia vi como mi mejor amigo cargaba con la cruz lleno de golpes y heridas. No podía dejar de sollozar, pero me faltaba el valor para cambiar las cosas. No dejaba de preguntarme que haría Jesús en mi lugar, pero yo no era lo suficientemente valiente. Al fin lo subieron a la cruz, su madre estaba allí, al pie de la cruz, sin miedo, llorando desconsoladamente, y yo, incapaz de acercarme a consolarla, ¿qué derecho tenía a decirle algo cuando no fui capaz de dar la cara por él?
Cuando murió Jesús, dentro de mí algo murió con Él. Creo que fue la esperanza que había ido creciendo en mi interior. Recé y recé, pero no conseguía verlo de otra manera. El proyecto de Jesús había muerto con Él. O tal vez no, una chispa se avivó en mi interior, Él había dicho que al tercer día resucitaría, tenía que ir a ver el sepulcro. ¡Estaba vacío! Quizá no estaba todo perdido, reuní otra vez al grupo y nos escondimos a esperar. Cuando Jesús nos visitó todo cambió.
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