Ojos de Maria

Hola, soy María, la madre de Jesús.  

Han pasado 33 años desde que vino al mundo en ese establo, y ayer murió en la cruz. Estoy destrozada. ¿Por qué tenía que ser él? Solo quería mejorar las cosas. ¡Qué injusto! Ninguna madre debería ver morir a su hijo.  

La semana empezó bien. Cuando llegamos a Jerusalén lo recibieron como al mesías que esperaban, aunque bueno, con la alergia que tengo al olivo, no lo disfruté como me hubiera gustado. Luego se empeñó en hacer una cena, una buena fiesta, la verdad es que sabía cómo cuidar a los suyos entregando todo lo que era. Eso sí, cuando les lavó los pies a sus amigos, me pilló por sorpresa, ¡vaya valor y qué asco!  

Y pensar que el mismo pueblo que lo había recibido como al Mesías esperado lo condena a la cruz… Yo creo que los saduceos tuvieron que manipularlos, porque Jesús era una amenaza para sus intereses, y no podían dejar que siguiera animando a los oprimidos a rebelarse contra el poder religioso que los empequeñece y empobrece. ¡Menudo chiringuito que tienen montado! Y al final fueron aquellos a los que quería proteger los que firmaron su sentencia.  

¡Cuánto dolor, cuánta injusticia! Qué pequeña me sentía, qué impotente. Y no contentos con condenarlo a la cruz, lo torturan y le dejan en ridículo. No saben lo que hacen. Me duele el pecho como si lo atravesaran mil cuchillos. 

Menos mal que me acompañan Juan y María Magdalena, no sé dónde están el resto, entiendo su miedo, pero ¿cómo han podido olvidar todo lo que Jesús ha hecho por ellos? Verlo ahí en la cruz, muriendo lentamente es demasiado doloroso, no sé gestionarlo. 

Los soldados se ríen de Jesús y le dan vinagre para beber, no tienen corazón. Me pregunto por qué Dios no le hace justicia.  Me fallan las piernas, me caigo al suelo y ya no me salen las lágrimas. Con ayuda, lo descolgamos de la cruz, lo envolvemos en el sudario, y lo metemos en el sepulcro, menos mal que al final aún le quedaba algún amigo. 

Estoy destrozada, quiero creer que no puede acabar así, Dios no puede dejar las cosas como están, no hago más que rezar, pero cada vez me cuesta más mantener la Esperanza. Y cuando mi fe se tambaleaba Dios me hace el mejor regalo, me encuentro con Jesús resucitado, luz para el mundo, aunque no vaya a volver a Galilea de su mano sé que siempre estará conmigo. 

 

Y tú, ¿cómo afrontas el dolor y el sufrimiento de las personas a las que quieres? 

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