NUEVA APROXIMACIÓN A LA ÉTICA SEXUAL – Mª Luisa Morales Medina, odn

El cuerpo y la sexualidad constituyen dos realidades articuladas con las que establecemos nuestras relaciones a diario y que configuran nuestra identidad a lo largo de la historia biográfica. La consideración de los avances en el conocimiento científico del cuerpo y la sexualidad, a partir de las ciencias naturales y sociales, los modos de vivir la sexualidad a raíz de la liberación sexual en el siglo XX y las aportaciones antropológicas eclesiales del Concilio Vaticano II hasta nuestros días, sugieren una nueva aproximación a la ética sexual para unos nuevos tiempos, que enseñen al ser humano la capacidad de desarrollar habilidad, talento y experiencia en el arte de amar más y mejor.

 

La presentación, en primer lugar, trata de aportar algunas claves sobre el cuerpo y la sexualidad que ayuden a captar la relevancia que tienen para lograr vivir una vida bien vivida. En segundo lugar, pretende apreciar las posibilidades de una nueva aproximación a la ética sexual al entender los grandes cambios en la vivencia del cuerpo y la sexualidad. En tercer lugar, trata de articular una nueva aproximación a la ética sexual en el ámbito de la vida íntima al vincularla al ejercicio de las virtudes, y si también puede ser encauzada en el ámbito de lo social para saber vivir una vida buena. Por último, concluiré que el ejercicio de las virtudes en la ética sexual es posible por amar a personas concretas y por ser creados a «imagen y semejanza» de Dios Amor.

 

  1. La vivencia del cuerpo y la sexualidad en la actualidad

La vivencia del cuerpo y la sexualidad no es algo que surja de manera natural, sino que está mediatizada por coordenadas culturales. Al estar culturalmente codificadas tienen unas formas específicas que reflejan ciertos valores y preocupaciones sociales. El pedagogo ha de adiestrarse en descubrir los valores y discernir los signos de los tiempos a la luz de las coordenadas antropológicas de la Biblia que orientan el comportamiento del ser humano concreto y universal. Como expresa con acierto el Concilio en la Constitución pastoral Gaudium et spes (GS): «Corresponde a todo el Pueblo de Dios, especialmente a los pastores y teólogos, auscultar, discernir e interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, los diferentes lenguajes de nuestro tiempo y juzgarlos a la luz de la Palabra divina, para que la Verdad revelada pueda ser percibida más completamente, comprendida mejor y expresada más adecuadamente…» (GS 44).

 

            1.1. Los valores y las preocupaciones sociales

Todos reconocemos el valor de cuidar el cuerpo en nuestras sociedades contemporáneas. Dada la importancia, mantenerlo en forma, seguir una dieta equilibrada y ejercitarlo regularmente, aporta beneficios para la salud y mejora la estima y el rendimiento en nuestras actividades; si bien es verdad, que en determinados momentos podemos abandonar su cuidado por motivos diversos. Junto a ello, en la actualidad, las personas valoran muy positivamente una sana vivencia de la sexualidad que gestionan de manera autónoma, en diálogo con la pareja o en la amistad entre iguales, en el ámbito de sociedades de código múltiple.

Las actividades lúdicas más demandadas están vinculadas en gran medida al cuerpo y la sexualidad. El spa y los masajes en los baños árabes o turcos proporcionan momentos de bienestar, la sauna y la bañera de hidromasajes ofrecen beneficios saludables. Los ejercicios de pesas y el entrenamiento tonifican el cuerpo y desarrollan su musculatura con un esfuerzo progresivo. Por citar algún otro ejemplo, las escapadas de fin de semana a balnearios en la montaña, a hoteles con cena romántica ubicados en lugares con encanto, buscando disfrutar de un tiempo relajante; mil y una propuestas posibles que se ofrecen al cliente para el tiempo de ocio y diversión.

Las tecnologías de la información y comunicación ofrecen webs de fitness revolucionarias que emiten mensajes, tales como: «cambia tu identidad para mejorar tu cuerpo», «un cambio de identidad es lo que convierte una simple dieta en un estilo de vida», «empieza definiendo el tipo de persona que quieres ser y realiza después acciones que lo demuestren». Esta información genera pensamiento común en la red de usuarios interconectados acerca de nuestra identidad vinculada al cuerpo y a la imagen. Las redes sociales contribuyen al desarrollo de la identidad personal y colectiva –online identity– de todos, y más específicamente de adolescentes y jóvenes.

Además, ¿quién no ha oído hablar de la irracionalidad de la reciente campaña de Chrysallis Euskal Herria en Pamplona con el provocador slogan «hay niñas con pene y niños con vulva», en una defensa ideológica de la transexualidad como derecho a la propia identidad sexual? Seguida de las reacciones políticas ante el bus de HazteOír con el lema «los niños tienen pene, las niñas tienen vulva. Que no te engañen» ¿Qué está pasando en relación con la identidad? ¿Está la sexualidad solo en relación con los derechos? ¿Afecta solo al ámbito privado? ¿Y qué decir de la transformación del propio cuerpo según deseo y sentimientos en la búsqueda de la identidad personal?

La propuesta educativa sobre la sexualidad y el amor verdadero ha de tener en cuenta el contexto cultural, dominado, como señala el papa Francisco, por el paradigma tecnocrático. La encíclica Laudato si (LS) publicada en el 2015 expone muy acertadamente: «El problema fundamental es el modo como la humanidad ha asumido la tecnología y su desarrollo (…) Ese sujeto se despliega en el establecimiento del método científico con su experimentación, que ya es explícitamente técnica de posesión, dominio y transformación» (LS106). En este sentido, indica que el análisis de los problemas ambientales es inseparable del análisis de los contextos humanos, familiares, laborales, urbanos y de la relación de la persona consigo misma, que genera un determinado modo de relacionarse con los demás y con el ambiente (LS 141).

Y esto debido a varias razones que ponen de manifiesto cómo han influido las técnicas de posesión y dominio en las actitudes del sujeto. La búsqueda casi desesperada de placer sexual y de intimidad personal, en bastantes ocasiones en un ambiente erotizado con pasiones, celos, agresiones por conseguir el objeto de deseo, cual propiedad a otra persona, en una búsqueda de satisfacción egoísta, reflejan una vivencia de la sexualidad en la que se establecen estas relaciones de dominio y posesión a las que alude el papa ¡No hay más que ver las cifras de la violencia de género que afectan a España y al mundo!

Esta vivencia de la sexualidad es, a mi modo de ver, un síntoma de la falta de oportunidades de plenitud humana en el trabajo y de la frustración de los modelos institucionales despersonalizados y burocratizados que llenan nuestras vidas. Quizás por esto, el ser humano busca el sentido de la vida en el ocio y la diversión más que en el trabajo y así, el erotismo aparece como una dimensión del ocio. También, la transformación del cuerpo se hace más imperiosa y obsesiva como respuesta a decepciones, al no tener otros sentidos y finalidades humanas en la vida ¿Qué categorías éticas y espirituales utilizar para discernir y orientar moralmente esta situación?

 

La vivencia y comprensión de la sexualidad requiere un amplio planteamiento de antropología teológica que aporte una nueva manera de mirar el cuerpo, la libertad, los vínculos, la identidad. Se trata de generar procesos de cambios en la era de la celeridad, «fast think, fast love», sabiendo que tanto el proceso de pensar como el arte de amar requieren tiempo; y en ambos, el acto de trascender es necesario. En definitiva, hay que pensar y amar en alteridad, salir de uno mismo a los otros, para vivir una buena sexualidad en todos los ámbitos de la vida humana.

 

            1.2. La relevancia del cuerpo y la sexualidad en la aventura del amor

 El cuerpo es el ámbito más próximo y más importante de las relaciones propias del ser humano. Los seres humanos somos seres relacionales y dichas relaciones con los semejantes, con la naturaleza, con uno mismo, con Dios, que han de ser entendidas por encima de todo en un sentido ético, son en la corporeidad. La relación corporal del ser humano con el otro en su movimiento de aproximación cuerpo a cuerpo es condición indispensable para que Dios se acerque relacionalmente al hombre.

 

En la mentalidad hebrea es la persona entera la que habla, la que conoce, la que ama, la que como espíritu encarnado se dirige a Dios en sus dos maneras de ser en el mundo en feminidad y masculinidad. La creación del ser humano a «imagen y semejanza» de Dios (Gén 1,26), «hombre y mujer los creó» (Gén 1,27), expresa que la humanidad es imagen de Dios en cuanto que es hombre y mujer. La persona humana en la plenitud masculina y femenina es la mejor representación viviente de Dios sobre la tierra. Al hablar de la semejanza del hombre con Dios se está pensando en la corporalidad del hombre creado por Dios como su interlocutor. Son entonces, pues, las historias vividas con el cuerpo humano las que constituyen las mediaciones idóneas para obtener la salvación de Dios.

 

La sexualidad es el lenguaje del amor. Hablar de sexualidad humana es hablar del ámbito por excelencia que nos humaniza. Es fundamental entender la amplitud y el sentido de la sexualidad que abarca la totalidad de la persona en relación. Muchas son las dimensiones de la sexualidad, física, psicológica, emotiva, de interrelación y de ir más allá, y se desarrollan en la interacción de factores biológicos, sociales, culturales, éticos y espirituales. Tal diversidad confiere a la sexualidad un marcado carácter personal y específico, un modo propio de ser en el mundo, de manifestarse, de sentir, expresar, comunicarse con los otros y vivir el amor humano.

Una vida plena requiere un desarrollo significativo de todas estas dimensiones de la personalidad. La maduración de la persona es maduración de la sexualidad pues, está claro, cómo vivimos la sexualidad no es algo aislado de los otros campos de la vida humana. La vivencia de nuestra sexualidad recorre un proceso de maduración, con adelantos y retrocesos, en el que construir nuestra identidad –al recibir y dar– en una realidad dinámica, cambiante, abierta y relacional.

Una vida plena requiere un desarrollo significativo de todas estas dimensiones de la personalidad.

La articulación de ambas realidades –cuerpo y sexualidad– se basa, valora y respeta en la convicción, por la propia experiencia, de que la sexualidad la expresamos con nuestro cuerpo. Los sentidos, la mirada, la escucha, la voz, el rostro, la figura y sus movimientos hablan de nuestra sexualidad; cómo procedemos en nuestras acciones, nuestras valoraciones, lo que estimamos, lo que apreciamos en el encuentro con el otro también está en relación con la sexualidad. Lo que estamos viviendo, con quiénes estemos viviendo, con quiénes nos relacionamos; el trabajo que realizamos; si somos personas orantes, contemplativas en la acción o más activas; la muerte de un ser querido, el conocimiento de una persona interesante, las actividades de ocio que elijamos… todo tiene que ver con nuestra sexualidad. Por consiguiente, es clave la interpretación que hacemos del cuerpo, pues es la manera más adecuada para conocer cuáles son los valores, las referencias últimas, y los deseos de la sociedad. Es en y a través del cuerpo cómo el ser humano desarrolla y articula los anhelos que anidan en las profundidades de su corazón y las metas personales, sociales, religiosas y políticas.

 

  1. Una nueva aproximación de la ética sexual para unos nuevos tiempos

El siglo XX es escenario de un enorme cambio de paradigma en la sexualidad. Los teólogos, moralistas y científicos han tratado esta temática de la sexualidad vinculada a los momentos culturales más influyentes, con pretensión de universalidad en la historia de Occidente. Si bien es así, sería ingenuo atribuir los grandes cambios en la revolución sexual del siglo pasado a razones teológicas, morales y/o biológicas. Más bien, se debe a razones históricas. Y las coordenadas reales se entienden cuando se analiza la historia.

 

La historia es demasiado larga para reproducirla; basta con señalar algunos hitos significativos para percibir el cambio en la vivencia y comprensión del cuerpo y la sexualidad. El primero que citamos, por la rápida evolución de las costumbres en las relaciones sexuales entre los años 1960 a 1970, sobreviene a partir del profundo cambio de liberación social, puesto en marcha por el padre de la revolución sexual Wilhem Reich, que despierta una mayor conciencia de la libertad humana y una privatización de la sexualidad como si no tuviera repercusiones sociales.

 

En segundo lugar, el progresivo aumento del empleo de los anticonceptivos orales, que tienen su origen en 1950, con los que la humanidad disocia sexualidad y reproducción al poder realizar actos sexuales sin tener hijos. La encíclica Humanae vitae, publicada en 1968 en el contexto de la difusión de los métodos anticonceptivos, tiene de fondo el problema antropológico de la sexualidad y el cuerpo. Es importante recordar que el Concilio Vaticano II no hace una renovación de la moral sexual, sino de la teología del matrimonio, aunque esta tiene repercusiones en dicha moral.

 

El matrimonio se define por primera vez como una «comunidad perfecta de vida y amor» (GS 48,1). El acento se pone en la entrega mutua de los cónyuges, y no solo en la apertura a la vida. La entrega mutua remite al misterio del Ágape divino, que se manifiesta en Cristo al revestir las características del amor humano: un don de sí mismo, fiel y fecundo; propiedades del amor a las que se ordena la sexualidad humana. Y el Concilio renueva también la teología del cuerpo, «en la unidad de cuerpo y alma, el hombre, por su misma condición corporal, es una síntesis del universo material, el cual alcanza por medio del hombre su más alta cima y alza la voz para la libre alabanza del Creador»; «debe tener por bueno su propio cuerpo como criatura de Dios que ha de resucitar en el último día (GS 14,1).

Hacia 1978, con el nacimiento de Louise Brown, la llamada primera bebé probeta, comienza uno de los campos importantes en la reflexión bioética, las llamadas técnicas de reproducción asistida o técnicas de procreación asistida. La aplicación de estas técnicas para resolver los problemas de esterilidad o subfertilidad de las parejas (la inseminación artificial, la fecundación in vitro, la maternidad subrogada) muestran el cambio que se da en los modos de valorar la reproducción y la sexualidad, y, en general, en la moral sexual, que se debe no tanto al cambio de valores sino a una mayor conciencia de la gestión de estos.

 

Estos hitos, entre otros, generan un entramado sociocultural en el que se identifican hechos y realidades significativas de muy diversa índole en relación con la sexualidad y el cuerpo. Enumero algunos sin dar valoración moral, pues requeriría entrar a fondo en cada una de las cuestiones. Un aumento en las relaciones sexuales entre los jóvenes por el acceso a los métodos anticonceptivos y abortivos, un mayor consumo de alcohol y drogas con los que se banaliza e instrumentaliza el sexo, una devaluación del matrimonio institucional, un mayor nivel de aceptación social de la homosexualidad y de la transexualidad e intersexualidad en la modificación o búsqueda de la identidad. A la par, un mayor cuidado del cuerpo, una idealización de la juventud en sociedades que aumentan la esperanza de vida, una progresiva demanda de operaciones estéticas, liposucciones, implantes que van transformando nuestro propio cuerpo, etc. Todo ello suscita en nosotros sentimientos, miedos, emociones de agrado o desagrado, juicios de aprobación o rechazo.

 

La sexualidad pasa «del casi nada permitido» en un rigorismo y ascetismo de la moral sexual de épocas anteriores, a una situación en que la sexualidad se identifica con una necesidad que escapa a cualquier apreciación moral. La supresión de límites, «todo vale», produce pérdida de valor y banalización; pues al parecer «cuando todo se permite, nada vale». El cambio tan radical de paradigmas es problemático porque en los extremos dejamos atrás claves antropológicas relevantes. El primero de los paradigmas, el de la razón ascética, al primar la libertad de espíritu con normas, niega el cuerpo; y quienes niegan el cuerpo y sus sentimientos pensando que el yo real es el sujeto mental, nunca están totalmente disponibles. Hay una parte vital, la espontánea, que está reprimida, pues se teme; y está cerrado para ellos un aspecto clave del misterio interpersonal. El otro paradigma entiende la razón en una libertad sin límites, una pasión desordenada, abierta a todo tipo de licencias. La libertad sexual, bajo el prisma de este segundo paradigma, puede llevarnos a la esclavitud si no nos hacemos responsables de ella.

Y es que la sexualidad humana está dentro de las experiencias en la que los humanos pierden el control de sí mismos y se sienten bajo la influencia de instintos y respuestas físicas. El eros es una de las dimensiones del amor –junto a la phylia y ágape–, y es ambiguo. Es un deseo desasosegado, instintivo, libidinoso, que te orienta a vivir según la carne; esto es disociado de intimidad interpersonal, duradera, verdadera. Cuando está disociado es un problema, pues los impulsos sexuales no pueden conformarse a un ideal razonable de libertad humana. Vivir según la carne consiste en orientar todas las fuerzas de la existencia en provecho propio. Es vivir la vida de egoísmo en el placer sexual, en el comer, en el beber, en el vestir, en la gestión de las propiedades, en el dominio de la naturaleza, en las relaciones sociales, en el ámbito público, en la relación con Dios. Quien vive en la carne vive enajenado de sí, siendo esclavo de ese deseo egoísta que utiliza a los demás con el único fin de satisfacerse a sí mismo.

Más integral que la genitalidad, el eros es ternura y fidelidad en un intercambio recíproco. Es el arte de amar sobre el cultivo del placer sexual. La ternura reclama cultivar el placer, aunque se puede volver contra ella en un placer en sí con brutalidad biológica. La pasión y el deseo sexual están vinculados con el afecto y la intimidad. Ser íntimo es la vocación de toda persona. En este sentido, para muchas culturas la capacidad de intimidad es una característica del liderazgo humano y el liderazgo moral sexual nos capacita para tomar decisiones sexuales responsables. Al mismo tiempo, tenemos miedo a la intimidad, miedo a que se aprovechen de uno mismo y temor a un posible compromiso que nunca hubiéramos querido. La pasión erótica implica una actitud tranquila hacia el otro que no trata de dominar ni explotar. La verdadera libertad en el amor implica separación y unidad, supone estar abiertos a una presencia que exige una entrega total a la pasión transformadora del amor. En la madurez el amor es entrega, donación, servicio; y el compromiso sexual es expresión del amor que se tiene.

 

El eros tiene que ver con lo que hacemos y con qué viveza y plenitud podemos sentir lo que hacemos, y esto sugiere la pregunta en relación de la sexualidad con el trabajo: ¿amamos nuestro trabajo? El eros nace del caos y personifica el poder creador y la armonía. Se halla en relación con el gozo físico, emocional, psíquico, intelectual, con la música, la danza, un poema, impartir una disciplina y también con compartir cualquier búsqueda. El eros es una lente a través de la cual escrutamos los aspectos de nuestra existencia y nos obligamos a valorar el significado relativo de estos aspectos en nuestras vidas. El eros es ayuda en la gran responsabilidad que tenemos de no transigir por lo más cómodo, lo de más baja calidad, lo que se espera, lo seguro y permite ordenar la vida de acuerdo a sentido y finalidades últimas.

 

La sexualidad es el eje principal en todas las sociedades humanas al estructurar la identidad personal y colectiva por la función socializante que impulsa al ser humano a entrar en comunicación y comunión con otros. El breve recorrido trazado tiene por objeto percibir el cambio de paradigmas en el siglo XX para apreciar las posibilidades de una nueva aproximación a una ética sexual que se debe llevar adelante con responsabilidad a partir del amor erótico y que requiere vincularlo al ejercicio de las virtudes para forjar el carácter en un salir de sí a los otros. Al crecer la capacidad de gestionar el ámbito de la vida sexual y tomar decisiones que tienen incidencia en el amplio espacio vital, es necesario una mayor y más exquisita educación para una ética sexual. La Iglesia, como interlocutor válido, ha de aportar a ese diálogo unas convicciones éticas, unos valores universales, en el nuevo planteamiento antropológico bíblico que humanice la vida.

 

  1. Educación en valores y virtudes para una ética sexual

La educación trata del correcto manejo de los valores y del ejercicio de las virtudes. ¿Cómo manejamos los profesionales de la educación y la sociedad el mundo de los valores y las virtudes? Responder a esta cuestión requiere sea en orden a la finalidad de la vida humana, que no es la búsqueda de lo bueno, sino de lo óptimo; como indica el título de un excepcional libro de ética de Julián Marías: El tratado de lo mejor. Todos nos dirigimos hacia un objetivo como la flecha del arquero apunta a su blanco. Tener un blanco constituye la condición del arquero, pero que la flecha lo alcance exige de parte de él conocimiento, entrenamiento y tino. No podemos carecer de blanco, pero no están determinados ni el modo ni los medios para alcanzarlo. Y no solo no lo están, sino que se trata de una tarea difícil y siempre abierta que depende del conocimiento a fondo de la situación, del análisis minucioso de las circunstancias y de la ponderación de las consecuencias.

 

La educación sexual constituye una parte importante de la educación pedagógica en el descubrimiento y el ejercicio responsable del amor. La Iglesia experta en el lenguaje del amor y el ámbito que nos humaniza recupera su credibilidad en ética sexual basada en la pedagogía de la libertad y la formación en el aprecio de valores, virtudes y criterios de discernimiento. La Iglesia señala que el don de la libertad recibido de Dios requiere de esfuerzo para ser libres. En otros términos, el edificio de la libertad necesita de los cimientos de las virtudes; entre otras, la templanza y la fortaleza, sin la cual la primera no podría existir.

 

¿Cómo transmitir a los jóvenes aquello que tiene valor, aquello que es estimable? A mi modo de ver, el joven ha de escuchar criterios que orientan un buen comportamiento y tiene que degustar el valor de las cosas. Se aprende a apreciar los buenos valores degustándolos como se aprende a valorar los buenos vinos catándolos. Los valores salen a la luz en la praxis, con los hechos; y las personas captan los valores de los otros. La familia, las instituciones educativas, el círculo de amistades son ambientes para desarrollar la capacidad estimativa.

 

El ambiente de la familia es el lugar normal y originario para la formación de los niños y de los jóvenes en el ejercicio de las virtudes del amor, la templanza, la fortaleza y, por tanto, la castidad. La familia es la escuela más rica en humanidad. Los padres, y en general los pedagogos, saben por experiencia que la educación del auténtico amor requiere del límite a su momento oportuno para agradecer el don. El joven que aprecia el valor del respeto propio y ajeno a su justa intimidad y la apertura al prójimo sabrá que se espera de él igual comportamiento con los demás. De esta manera, aprenderá a cultivar su sentido de responsabilidad ante Dios, desarrollando su vida interior y el gusto por la libertad personal, que le hacen capaz de amar mejor a Dios y a los demás.

 

  1. Orientaciones magisteriales

Las enseñanzas magisteriales recientes contribuyen a una mejor comprensión de las implicaciones morales en los ámbitos de la sexualidad humana y del cuerpo. Francisco I en continuidad con Benedicto XVI aporta orientaciones sobre el valor y el respeto debidos al cuerpo en relación con la teología de la creación. «En esta línea, cabe reconocer que nuestro propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación» (LS 155). Considerando esto, «Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente» (LS 155).

 

La exhortación Amoris laetitia (AL) estimula a educar a los jóvenes en una sana sexualidad y afectividad para que disciernan el amor verdadero. Los capítulos cuarto y quinto son los ejes del documento y específicamente el capítulo séptimo anima a «fortalecer la educación de los hijos». En él, los números 280 a 286 señalan el sí a la educación sexual, y entre estos destacan los tres últimos números. «La vida virtuosa, por lo tanto, construye la libertad, la fortalece y la educa, evitando que la persona se vuelva esclava…porque la misma dignidad humana exige que cada uno actúe según una elección consciente y libre, es decir, movido e inducido personalmente desde dentro» (AL 283). En este sentido considera, si para vivir la sexualidad se puede explorar, tantear, jugar con sus cuerpos y deseos, sin valores, compromiso mutuo y madurez… pues el otro pasa a ser objeto de búsquedas compensatorias, de carencias o de grandes límites (AL 283). «Más bien enseñarles un camino en torno a las diversas expresiones del amor, al cuidado mutuo, a la ternura respetuosa, a la comunicación rica de sentido. Porque todo esto prepara para un don de sí» (AL 283).

«El lenguaje del cuerpo requiere el paciente aprendizaje que permite interpretar y educar los propios deseos para entregarse de verdad. Cuando se pretende entregar todo de golpe es posible que no se entregue nada. Una cosa es comprender las fragilidades de la edad o sus confusiones, y otra es alentar a los adolescentes a prolongar la inmadurez de su forma de amar» (AL 284). Francisco se pregunta en este número de la exhortación ¿quién habla hoy de estas cosas? ¿Quién les ayuda a prepararse para un amor grande y generoso?

 

Se trata de ayudar a aceptar el propio cuerpo tal como ha sido creado porque «una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación (…) La valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente (…) Solo perdiéndole el miedo a la diferencia, uno puede terminar de liberarse de la inmanencia del propio ser y del embeleso por sí mismo. La educación sexual debe ayudar a aceptar el propio cuerpo, de manera que la persona no pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma» (AL 285).

 

Finalmente, el papa Francisco indica que lo masculino y lo femenino están en relación con la obra creada por Dios que es anterior a nuestras decisiones y experiencias donde hay elementos biológicos que no se pueden ignorar; si bien es verdad, que lo masculino y femenino no es algo rígido. «En la configuración del propio modo de ser, femenino o masculino, confluyen no solo factores biológicos o genéticos, sino múltiples elementos que tienen que ver con el temperamento, la historia familiar, la cultura, las experiencias vividas, la formación recibida, las influencias de amigos, familiares y personas admiradas, y otras circunstancias concretas que exigen un esfuerzo de adaptación» (AL 286).

 

  1. Conclusión

 

El ejercicio de las virtudes en la ética sexual es posible por amar a personas concretas y por ser creados a «imagen y semejanza» de Dios Amor. El ser humano en cuanto imagen y semejanza de Dios está llamado al verdadero amor. Es obvio que el crecimiento en el amor, en cuanto implica el don sincero de sí, se da en el ejercicio de las virtudes. La pedagogía de la libertad humana, que es don de Dios y labor encomendada, es energía que libera el amor del egoísmo y de la agresividad. Una interpretación histórica de la sexualidad nos hace pensar la comprensión de nosotros mismos como personas en relación. La calidad de la vida de una persona está vinculada a la calidad de sus relaciones, y al sentido y sistema axiológico que tiene.

 

Una Iglesia misionera y libertadora ve el eros en la vida íntima como placer bueno vinculado al amor; y en el orden social como una energía creadora para colaborar en un mundo más justo y humano. En la actualidad somos más conscientes de las capacidades destructoras de la sexualidad, y del valor de educarla; al mismo tiempo, vemos cómo nace el reconocimiento de que la sexualidad está involucrada de modo importante no solo en nuestras búsquedas individuales de significado y totalidad sino también en las grandes cuestiones sociales de nuestro tiempo.

 

Para que la sexualidad sea vivida con toda plenitud humana y cristiana se requiere responsabilidad en las relaciones que se establecen en todos los niveles y en todos los campos de la actividad humana, familiar, educativa, económica, política, cultural, social, espiritual, etc. Hay que relacionar claramente la sexualidad con todos los aspectos de la vida humana y con el centro y meta de esta vida, el reino de Dios. Las prácticas del amor humano se orientan a un horizonte de sentido, a un futuro compartido por todos: el reino de Dios. Al término de este artículo se puede concluir que la cercanía del Reino se aprecia en tres claves de ética sexual en las que he elegido moverme: don, alteridad y discernimiento.

 

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