nº549 Editorial; Acompañemos, caminemos juntos, no dirijamos – Juan Carlos de la Riva

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ACOMPAÑEMOS, CAMINEMOS JUNTOS, NO DIRIJAMOS

Juan Carlos de la Riva

rpjrevista@gmail.com

No cabe duda de que Francisco está siendo capaz de introducir en el lenguaje coloquial del común de los cristianos algunos conceptos e ideas que pueden ir redirigiendo planes y acciones pastorales a medio y largo plazo. Es una capacidad que lo convierte en líder organizacional, cualidad que se une a su sabiduría y prudencia, y a su misticismo y capacidad de escucha del Espíritu. Cada día soy más fan de este hombre.

Uno de estos términos popularizados es el de sinodalidad. Hace unos años pocos sabrían de esa palabra y su significado. Sin embargo, hoy se ha convertido en lugar común de la reflexión pastoral y también extiende su influencia al ámbito profano y público, al ágora de los gentiles donde hay que decidir la convivencia y la justicia, la vida en común. Recordemos que en la Fratelli Tutti se habla del diálogo como camino conjunto de descubrimiento de la verdad y sus concreciones para la vida social. Proponiendo una situación ideal de comunicación en la que cada persona y cada pueblo y cultura se abran al descubrimiento de la verdad que hay en el otro y, por desbordamiento, aparezca una síntesis de propuesta más verdadera que está siempre más allá de las verdades parciales de quienes dialogan.

Desde RPJ queremos tomar este término y aplicarlo a la pastoral con jóvenes. Ya lo hace el propio Francisco en la Christus Vivit y en el sínodo de 2018 en los documentos preparatorio y documento final. Ejemplos de lo dicho son los siguientes:

  • La misión necesita para anunciar y transmitir la fe una forma sinodal (DF 121).
  • Es importante recoger los dones de todos los miembros de la Iglesia, comenzando por los jóvenes (DF 114).
  • El fruto de este sínodo, la decisión que el Espíritu nos ha inspirado a través de la escucha y el discernimiento, es el de caminar con los jóvenes, yendo hacia todos para testimoniar el amor de Dios. Podemos describir este proceso hablando de sinodalidad para la misión, es decir, sinodalidad misionera: «La puesta en acción de una Iglesia sinodal es el presupuesto indispensable para un nuevo impulso misionero que involucre a todo el Pueblo de Dios» [1]. Estamos hablando de la profecía del Concilio Vaticano II, que aún no hemos asumido en profundidad, ni desarrollado en sus implicaciones cotidianas, a lo que el papa Francisco nos ha llamado afirmando: «El camino de la sinodalidad es el camino que Dios espera de la Iglesia del tercer milenio» (Francisco, Discurso con ocasión de la Conmemoración del 50 aniversario de la institución del Sínodo de los Obispos, 17 octubre 2015). Estamos convencidos de tal elección, fruto de la oración y de la confrontación, que permitirá a la Iglesia, por la gracia de Dios, ser y aparecer más claramente como la «juventud del mundo» (DF 118).
  • La experiencia de «caminar juntos» como Pueblo de Dios ayuda a entender cada vez más el sentido de la autoridad en una perspectiva de servicio. A los pastores se les pide la capacidad de hacer crecer la colaboración en el testimonio y en la misión, y de acompañar los procesos de discernimiento comunitario para interpretar los signos de los tiempos a la luz de la fe y bajo la guía del Espíritu, con la contribución de todos los miembros de la comunidad, comenzando por los marginados. Responsables eclesiales con tales capacidades requieren una formación específica en la sinodalidad. DF 124
  • Cuando este sínodo decidió ocuparse de los jóvenes, la Iglesia en su conjunto tomó una opción muy concreta: considera esta misión una prioridad pastoral histórica, en la que invertir tiempo, energías y recursos. Desde el inicio del camino de preparación, los jóvenes expresaron su deseo de participar activamente, de ser apreciados y de sentirse coprotagonistas de la vida y de la misión de la Iglesia. (DF 119).
  • A veces predomina la tendencia a dar respuestas preconfeccionadas y recetas preparadas, sin dejar que las preguntas de los jóvenes se planteen con su novedad y sin aceptar su provocación. La escucha hace posible un intercambio de dones, en un contexto de empatía. Esto permite que los jóvenes den su aportación a la comunidad, ayudándola a abrirse a nuevas sensibilidades y a plantearse preguntas inéditas. Al mismo tiempo, pone las condiciones para un anuncio del Evangelio que llegue verdaderamente al corazón, de modo incisivo y fecundo (DF 8).
  • El camino sinodal insiste en el deseo creciente de dar espacio y forma al protagonismo juvenil. Es evidente que el apostolado de jóvenes hacia otros jóvenes no se puede improvisar, sino que debe ser el fruto de un camino formativo serio y adecuado. ¿Cómo acompañar este proceso? ¿Cómo ofrecer a los jóvenes mejores herramientas para que sean testigos auténticos del Evangelio? Por esto el sínodo propone la valorización de las experiencias de misión juvenil, institucionalizando centros de formación para la evangelización destinados a los jóvenes y a las parejas jóvenes mediante un proceso integral que concluya enviándolos a la misión (DF 160).

Y el nombre que Francisco le pone a esta pastoral en sinodalidad con los jóvenes es, sin duda, este: una pastoral popular juvenil (230):

  • Una pastoral que toca los distintos ámbitos, desde lo contemplativo hasta el servicio protagónico, las expresiones artísticas y la alegría deportiva, el medio ambiente y los regalos de la liturgia (224–229). donde dejemos ejercer los liderazgos naturales, con capacidad para incorporar a todos, especialmente a los heridos (231);
  • con espacios inclusivos donde todos tengan el deseo de dejarse encontrar por la verdad revelada de Dios (234);
  • incluso para los que tienen otros credos o están ajenos a lo religioso.
  • Lo popular entendido como un proceso lento, respetuoso, paciente, esperanzado, incansable, compasivo. (236).
  • Y en salida, misionera, con una creatividad que solo los jóvenes tienen, para que llenen, por ejemplo, las redes sociales de Dios.

Este número de RPJ quiere abordar de frente el tema del protagonismo juvenil en nuestra pastoral juvenil. Esténse tranquilos los mayores de cuarenta que lean estas líneas. No, no quedamos fuera de juego los que ya peinamos canas. No. También la Christus Vivit tiene un capítulo reservado a las raíces y al riesgo de una juventud que crezca sin ellas. No hemos de desaparecer, no. Quizá este sea ahora nuestro papel, aportar raigambre, reciedumbre, solera, poso espiritual, tiempo para asentar procesos. Pero eso sí, desde la confianza en el joven, sin asustarse de sus acelerones y brusquedades, de sus traiciones (¡tantas hemos tenido también nosotros!).

Me atrevo a inventaros una parábola, proponeros un símil.

«Érase una vez un joven impetuoso que quería manejar el coche de la familia. Cuando le pidió las llaves a su madre, no las consiguió. Excusas, dudas, miedos, alternativas a ir en coche… Muchos argumentos para no dejarle las llaves a un hijo que se le aparecía todavía demasiado niño para manejar una máquina tan potencialmente peligrosa… Probó el hijo con su padre. Aquí él no fue más tajante. Tendría que ganárselo, demostrar ante la familia una madurez que no estaba aún garantizada, habida cuenta de disgustos y desatinos varios protagonizados por aquel hijo que, como todos, era humano, demasiado humano. Que se hubiera sacado el carnet de conducir no le quitaba todo ese bagaje de errores y desencuentros. (Perdón por los estereotipos de género, pero podría darse así, ¿no es cierto?).

El hijo, sin embargo, se sentía capaz. Su conciencia le decía que era el momento, y que el propio vehículo le haría madurar y acertar en las marchas y los pedales, el volante y los retrovisores. Así que recordó el viejo coche del abuelo. Menos seguro que el de sus padres. Pero entrañable. ¡Tantas veces lo había llevado el abuelo a tantos sitios! Así que se armó de ilusión y le llamó por teléfono.

El abuelo no lo dudó un instante. “Te lo dejaré, –le dijo– pero antes tienes que llevarme al pueblo”.

El pueblo estaba lejos. La carretera era estrecha y sinuosa. ¡Él sólo había pensado llevar el coche por la ciudad, para quedar bien ante sus amigos! Sin embargo, la suerte estaba echada.

Cuando llegó el momento, el abuelo se sentó en el puesto de copiloto. Bien sabía el joven lo mucho que le cuesta a un conductor experimentado sentarse ahí, con un novato al volante. Y, sin embargo, el abuelo no quiso darle lecciones ni consejos. Le fue hablando de su pueblo, y de tantos otros lugares bonitos a donde podría ir con el coche del abuelo. El abuelo cerraba los ojos al hablar. Recordaba su juventud. Sonreía. Los nervios iniciales del joven se disipaban conforme aprendía a tomar aquellas curvas cerradas o aquellas pendientes de montaña. Cuando llegaron al pueblo, el abrazo del abuelo le supo a gloria bendita».

¿No tenemos demasiados padres y madres en la pastoral? ¿No somos demasiado expertos? ¿No nos pasa a algunos que nos las sabemos todas y ahogamos el Espíritu de quien lo descubre todo nuevo? Nuestra propuesta no es que nos desentendamos, no. Acompañemos. Pero desde la confianza y el diálogo. Aportemos, sobre todo, las metas lejanas del Reino de Dios. Y dejemos que nuestros jóvenes sientan el volante y la carretera. Y por supuesto, que lleven ellos las redes sociales y el riesgo del encuentro de joven a joven, corazón a corazón. ¿Quién mejor que un/a joven para evangelizar a otro/a?

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