No nos aumentes la fe: domingo 27 C – Juan Carlos de la Riva

Auméntanos la fe, porque tenemos poca.

Esa es la petición de aquellos amigos de Jesús. Se lo piden después de escuchar uno de los mandatos más difíciles de cumplir. No lo hemos leído, pero les hablaba de perdonar siete veces al que te ofendió. Difícil de hacer, ¿verdad? Los discípulos sienten que para poder hacer eso, necesitan más fe.

Jesús ya les había dicho varias veces que tenían poca fe:

  • a Pedro cuando se ahogaba en el agua, o cuando no echaba las redes en su nombre y no confiaba en el éxito de su misión;
  • a los familiares de Jairo los echó de la habitación por decir que estaba la niña muerta y abandonar toda esperanza;
  • a la gente la llamó Generación incrédula, y enfadado les dijo “¿Hasta cuándo estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo” pidiendo que le trajeran el niño endemoniado. “Todo es posible para el que cree”. Inmediatamente el padre del niño exclamó: “Creo, ayúdame porque tengo poca fe”.
  • A su amiga Marta, estando ya Lázaro varios días muerto, le preguntó: ¿crees, Marta que todo el que vive en mí y cree en mí jamás morirá.? Un poco más adelante le dice: “¿No te dije que, si crees, verás la gloria de Dios?”
  • A Tomás le dijo: no seas incrédulo, sino creyente.

Sí, definitivamente Jesús le pide a la gente que tengan fe, que crean.

Y cuando le piden a él que les aumente la fe, él no les contesta. Más bien les dice que con la poca fe que tienen, podrían hacer muchos y grandes milagros. No hace falta más fe, basta con esa pequeña lucecita que Dios nos ha dado, para arrancar de cuajo una morera, milagro bastante inútil, por cierto, pero que nos sirve para ejemplificar el gran poder de la fe, por pequeña que sea. Esto de la fe pequeña y su gran poder ya nos sonaba de antes: el granito de mostaza, la levadura en la masa, la sal de la tierra… Es cuestión de no perder la confianza y la esperanza en que los grandes milagros se pueden dar.

Y ahí es donde choca más con nuestra cultura: la propuesta de Jesús, totalmente ilusionada y transformadora, no podía ser más chocante con la actual mentalidad cultural: no hay nada que hacer, las cosas van mal y no tenemos remedio.

Hemos pasado en muy poco tiempo de la cultura moderna, con su confianza en el ser humano y sus logros, con su optimismo histórico, a veces revolucionario, a la que llamamos cultura posmoderna, que todo lo ve oscuro. El pluralismo tan real en el que vivimos inmersos nos ha hecho pensar que no hay referencias estables y universales.

El jesuita Gallagher nos dijo que hay cuatro formas de falta de fe culturalmente radicadas: 

  • la anemia religiosa(distancia de las raíces cristiana tradicionales causada por la falta de imaginación pastoral=distancia de lenguajes creíbles con las mediaciones de la Iglesia);
  • la marginación secular(al identificarse la democracia con el liberalismo secular la religión es ignorada como irrelevante o dependiente sólo del gusto personal); 
  • la espiritualidad privada de anclas(en un contexto de malnutrición religiosa, pues la cultura viva ha debilitado las raíces cristianas de las personas, una espiritualidad solitaria corre el riesgo de convertirse en una mezcla de viejas herejías, en un narcisismo sin Cristo [2] ); nada de pertenencias: espiritualidad sí, pero no religión.
  • la desolación cultural(causada por el impacto de ciertos condicionamientos culturales de hecho, en la libertad de disposición de las personas). Ni pasado ni futuro importan, sólo un presente inestable en el que sobrevivir.

Este último factor es el más importante: los grandes bloqueos a la fe provienen hoy sobre todo de la desolación cultural, pues la cultura dominante deja a muchas personas bloqueadas en su disposición o disponibilidad a la fe. Esta secuestra su imaginación en modos triviales, esta hace que no sea más libre en la confrontación de la Revelación, que no sean capaces de prestar aquella escucha que viene de la fe, porque no hay nada que escuchar.

El evangelizador, por tanto, se encuentra ante una dificultad muy previa al tema de creer o no creer o en qué cosas creer. Se trata de una indisposición para la ilusión y el optimismo, para la esperanza. Es un tema más afectivo que intelectual o ético. Parece que de aquella parábola de las semillas sembradas, nos hemos quedado sólo con los tres tipos de terreno que no daban nada, y hemos olvidado la ilusión del sembrador, y el terreno bueno donde los granos daban el ciento por uno, compensando todo lo perdido en malos terrenos.

Frente a esta situación se propone una pastoral de la disposición, es decir, una pastoral que favorezca el despertar de los deseos, de los buenos deseos. Una pastoral de la disposición que haga a las personas capaces de escuchar y de desear, de maravillarse (liberación positiva);  para esto es necesario primero una limpieza negativa del terreno, una especie de estilo contracultural de resistencia que ayude a identificar los factores deshumanizantes presentes en los estilos de vida y en los prejuicios de la cultura, que ayude a tomar distancia de la vida disminuida ofrecida en las imágenes dominantes circundantes, tan chatas y faltas de fuerza.

La única respuesta fecunda al poder seductor de la cultura puede venir de una fe vivida en común con creatividad y energía. Es la batalla por conquistar la mente, el corazón y la imaginación de las personas. Los individuos tienen necesidad de la comunidad para formular una opción cristiana capaz de sobrevivir. Es necesaria una espiritualidad en el amplio sentido de un modo de vivir que alimenta el empeño cristiano. Una espiritualidad entendida como un verdadero acto «contracultural» y no sólo de oración, un acto de resistencia, más aún como la reapropiación de nuestra personalidad e identidad.

Es como si el propio Jesús nos dijera: “Tenéis un poco de fe, ¿no? Pues avivadla y hacerla trabajar, porque con ese poco basta. O nos dijera sois una pequeña comunidad en mitad de un mundo extraño a la fe, ¿no? Pues pintad ante los incrédulos ojos del mundo, la alegría del evangelio, la verdad de los milagros, la profunda espiritualidad de quien se sabe salvado y salvador, misionero de algo que ya está experimentando y viviendo en su pequeña comunidad.

No nos aumentes la fe, Jesús. Nos basta con la que tenemos para vivir una realidad transformada e ilusionante, milagrosa. El distópico mundo posmoderno está gimiendo como en dolores de parto para dar lugar a un nuevo estadio de la evolución, más fraterna, más unida, que sepa enriquecerse de toda esta diversidad.

Lectura del santo evangelio según san Lucas (17,5-10):

En aquel tiempo, los apóstoles le dijeron al Señor:
«Auméntanos la fe».
El Señor dijo:
«Si tuvierais fe como un granito de mostaza, diríais a esa morera:
“Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería.
¿Quién de vosotros, si tiene un criado labrando o pastoreando, le dice cuando vuelve del campo: “Enseguida, ven y ponte a la mesa”?
¿No le diréis más bien: “Prepárame de cenar, cíñete y sírveme mientras como y bebo, y después comerás y beberás tú”?
¿Acaso tenéis que estar agradecidos al criado porque ha hecho lo mandado? Lo mismo vosotros: cuando hayáis hecho todo lo que se os ha mandado, decid:
“Somos siervos inútiles, hemos hecho lo que teníamos que hacer”».

Palabra del Señor