Necesitamos community managers – Jesús Muñoz

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NECESITAMOS COMMUNITY MANAGERS

Jesús Muñoz

jesusmunoz@escolapiosemaus.org

  1. Jesús acompañó al grupo de sus discípulos compartiendo con ellos la vida de todos los días. La experiencia comunitaria pone de relieve la calidad y los límites de toda persona y hace crecer la conciencia humilde, pues sin compartir los dones recibidos para el bien de todos no es posible seguir al Señor.

Esta experiencia continúa en la práctica de la Iglesia, ya que los jóvenes participan en grupos, movimientos y asociaciones de distinta naturaleza, donde experimentan un ambiente cálido y acogedor, y aquellas relaciones intensas que anhelan. Ser miembros de realidades de este tipo resulta particularmente importante una vez completado el itinerario de iniciación cristiana, porque ofrece a los jóvenes el espacio para proseguir la maduración de su vocación cristiana. En estos ambientes hay que alentar la presencia de pastores, a fin de garantizar un acompañamiento adecuado. En los grupos, educadores y animadores representan un punto de referencia en términos de acompañamiento, mientras que las relaciones de amistad que se desarrollan en ese ámbito constituyen el lugar para un acompañamiento entre iguales.

Los jóvenes buscan una vida compartida, cuando descubren el grupo y la comunidad y lo hacen suyo, descubren una vida que suma, una vida que llena. Puede que no sea un tema trending topic, puede que ningún influencer hable de ello, pero sí es cierto que Jesús, en los jóvenes, es mucho más influencer de lo que pensamos. Sus mensajes calan, y calan mucho en nuestros jóvenes, que cada día hacer RT de sus acciones. Tenemos una obligación de ser followers de nuestros jóvenes, de que ellos sean nuestros FAV, de estar cerca de su lenguaje, para poder vivir en comunidad con sus códigos.

Parece que la sociedad nos vende unos jóvenes alejados del prójimo, cercanos a una pantalla y creedme cuando os digo que no es así. Tenemos a unos jóvenes comprometidos, chavales de campo de trabajo, de reunión semanal, sedientos de darse al prójimo, de compartir vida, de seguir a Jesús. Nosotros, los viejóvenes, tenemos la obligación de ir de la mano con ellos, de darles opciones de vida compartida, itinerarios atractivos que les acerquen al mensaje de Jesús, tenemos la obligación de estar en las redes y en sus redes.

No podemos dejar pasar esta época, nuestros jóvenes necesitan referentes en sus grupos, gente que viva el mensaje de Jesús, que les presente la alegría del Evangelio, de una forma cercana, estando con ellos, con una vida plena, dada a los demás, pero actual, con sus códigos. Necesitamos comunnity managers para nuestros grupos ¿Te animas?

 

 

 

LA AUSENCIA DE LA MUJER EN LA IGLESIA

Soledad del Cañizo

sd.canizo@gmail.com

  1. También surge entre los jóvenes la petición de un mayor reconocimiento y valoración de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia. Muchas mujeres desempeñan un papel insustituible en las comunidades cristianas, pero en muchos lugares cuesta que se les dé espacio en los procesos de toma de decisiones, incluso cuando no requieren específicas responsabilidades ministeriales. La ausencia de la voz y de la mirada femenina empobrece el debate y el camino de la Iglesia, quitando al discernimiento una valiosa contribución. El Sínodo recomienda que se ayude a todos a ser más conscientes de la urgencia de un cambio ineludible, entre otras cosas a partir de una reflexión antropológica y teológica sobre la reciprocidad entre hombres y mujeres.

Uno de los puntos del documento final del sínodo sobre Jóvenes, fe y discernimiento vocacional que tuvo lugar el año pasado, hace referencia a la exigencia por parte de los jóvenes de un mayor reconocimiento y valoración de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia y constata que la ausencia de voz y mirada femenina empobrece el debate y el camino de la Iglesia. Asimismo, el sínodo recomienda «que se ayude a todos a ser más conscientes de la urgencia de un cambio ineludible».

Y lo que parece tan solo un pequeño paso es, en realidad, un gran paso para la jerarquía eclesiástica; tan anclada a intereses actuales, el peso de la tradición y alambiques teológicos, que resulta bienvenido cualquier intento de poner el vino nuevo en odres nuevos. Ahora bien, ¿cómo se van a concretar estas palabras? ¿A qué tipo de igualdad podemos aspirar? ¿De dónde tiene que venir dicho cambio?

El pasado mes de diciembre, el suplemento semanal de El País incluía una interesantísima entrevista a la arzobispa Ante Jeckelén, jefa de la Iglesia luterana de Suecia. Cuando leí sus declaraciones, sentí una enorme esperanza, porque encontré en su figura y sus palabras cercanas, el horizonte al que tiene que aspirar la Iglesia católica. Y una vez más, volví a hacer la búsqueda que tantas veces he realizado: ¿por qué una mujer no puede ser sacerdote según la Iglesia católica? Y una vez más, volví a sentir una enorme impotencia ante explicaciones tan poco satisfactorias como, por ejemplo, que ni Jesucristo, ni los apóstoles llamaron a ninguna mujer en su momento a formar parte de los doce o que, como Cristo es presentado en la Sagrada Escritura como «Esposo de la Iglesia», es una función exclusivamente masculina que no puede ocupar una mujer.

Sé que se trata de una cuestión mucho más complicada de lo que estoy expresando en este texto. Y sé que, como me suelen decir cuando manifiesto este tipo de dudas, no dispongo de suficientes conocimientos teológicos como para entender la profundidad de esta cuestión. Sin embargo, he leído y hablado con personas que sí los tienen y que están de acuerdo con la debilidad de los argumentos actuales y, además, cada vez estoy más convencida que el cambio tiene que venir desde abajo, de los sencillos y, en este caso concreto, de los jóvenes. Y, por ello, creo que es importante que nos expresemos y que luchemos por las cosas que queramos cambiar. Sobre todo, porque como las cosas cambien ineludiblemente en algún momento, las Iglesias van a quedarse todavía más vacías de jóvenes de lo que ya están actualmente.

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