NAVIDAD 1ºDOM: Luz para alumbrar a las naciones – Juan Carlos de la Riva

Simeón es un hombre bueno del que se dice que esperaba el consuelo de Dios, y que estaba lleno del Espíritu Santo. Cogió al niño en brazos con un gesto lleno de ternura, y lo reconoció como “luz para alumbrar a las naciones”. No está mal lo de reconocer Jesús como la luz que necesita ahora el mundo.

Este oficio de reconocer ya lo habían hecho la mula y el buey de nuestro Belén, que están ahí puestos no “por el ayuntamiento”, sino por la profecía de Isaías: “El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor”.

Hoy cuesta reconocer en Jesús la luz que alumbra las naciones, pero en estos días en que cada nación posturea a su modo y compite a ver quién pone más vacunas en menor tiempo, quizá no venga mal poner un poco de la luz de Jesús en medio de tanta oscuridad.

Es lo que ha hecho Francisco, cuando ha pedido al mundo que comparta las vacunas, que lleguen a todos los rincones del planeta. Me he vuelto a sentir orgulloso de que alguien diga por la tele lo que Jesús habría dicho para iluminar el mundo oscuro en que vivimos. Me ha recordado a Simeón levantando al niño y recordándonos a todos lo más sencillo del Evangelio, que somos una familia, que todos somos hermanos y hermanas.

Podríamos decir que Jesús es la propia vacuna de la humanidad. La solidaridad nos conviene hasta egoístamente hablando, pues qué sentido tendría que nos vacunásemos los europeos y el resto del mundo pudiera seguir contagiando y contaminando. Hasta los científicos nos hablan de que la vacuna, para ser eficiente, tiene que ser universal. Parece que lo obvio cae por su peso: o nos salvamos juntos o no nos salvamos. Pero habrá quien nos quiera llevar para el lado de su interés partidista, o de su corta mirada a los réditos locales de sus decisiones, y nos haga ver blanco lo negro de su egoísmo.

Hoy que es el día de la sagrada familia, me atrevo a recordar cuándo Jesús usó los términos más familiares: llamó hermanos y hermanas no a los de su carne, sino a los que cumplen la voluntad de Dios. Llamó Padre sólo al padre Dios, que nos hace a todos hermanos superando las limitaciones egocéntricas que nos impone ser de un clan, tribu, partido, nación, raza o condición.

Sí, Jesús rompió con los lazos familiares que en algunos casos se habían convertido en cadenas: las imposiciones del clan. Ya José lo hizo aceptando a María. Jesús también quiere que la familia no sea una célula endogámica de mutua beneficencia, sino que se habrá a la familia universal que somos todos y todas.

Hoy me llegaba la felicitación de un campo de refugiados en Mozambique. Sí, una guerra que no ha salido en el telediario, pero que como familia debiéramos sentir en propia carne. Leo un escrito de sus obispos en septiembre. «La guerra que comenzó en octubre de 2017 se está extendiendo por toda la provincia y con ella muchas otras formas de violencia y violación de los derechos humanos, deteriorando las condiciones de vida ya precarias y causando un gran sufrimiento entre la población»,
«Las dramáticas consecuencias de esta crisis son evidentes: incendios en las aldeas, destrucción de la infraestructura económica y social, poblaciones asustadas y hambrientas, familias que huyen, confundidos y desorientados sin saber dónde buscar refugio y protección», «Y para empeorar las cosas, la provincia de Cabo Delgado, ya muy afectada, se ha convertido, lamentablemente, en el epicentro en Mozambique, del estallido de la pandemia mundial causada por el Covid-19».

Os pongo la foto de una madre con su niña de nuestra escuela en Pemba, norte de Mozambique. Nuestra comunidad se ha convertido en un centro de refugiados de la guerra. Los cristianos son especialmente perseguidos y asesinados por los yihadistas.

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