Navidad 1º dom, Educación cristiana – Iñaki Otano

Muchos padres han hecho y hacen hoy lo mismo que María y José: dar gracias a Dios por el hijo recibido. Al mismo tiempo, saben bien que la  llegada de un hijo o hija cambia su vida. Además de muchas noches sin dormir, vienen nuevas responsabilidades, nuevas tareas, un nuevo punto de referencia en la relación de los esposos.

            La educación del hijo y su crecimiento sano en todos los órdenes será una responsabilidad fundamental en el futuro. María y José procuraban que Jesús fuese creciendo y robusteciéndose. Así contribuían decisivamente a que se llenase de sabiduría y daban cauce a que la gracia de Dios se manifestase en él acompañándole en su proceso de crecimiento.

            Esa es la misión de los padres. Educar cristianamente a los hijos significará, en primer lugar, educar en el amor. Y para poder amar hay que haberse sentido amado. A partir de un clima de amor, se podrá educar en el amor a los demás. Entonces se le irá enseñando prácticamente a no quererlo todo para él, a compartir, a tener en cuenta a los que necesitan de su ayuda. Pero todo habrá comenzado por la seguridad que da  el saberse querido.

            Por otra parte, ser cristiano supone creer en Cristo y en Dios. No es algo sin importancia puesto que es encontrar un sentido a la vida y una clave  para entenderla y afrontarla. No puede reducirse a un barniz descolorido, que sólo se abrillanta en contadas ocasiones (bautizos, primeras comuniones, bodas y funerales), pero sin que esos momentos sean poco más que meras manifestaciones externas.

            Hay muchos matrimonios que quieren una educación religiosa para sus hijos, porque piensan que es una cosa buena, pero se sienten incapaces de iniciarles en el camino de la fe.

            Se comprende esa dificultad. Existe en el ambiente como cierta vacilación, cuando no un claro rechazo, respecto al tema religioso, y aquello de lo que uno no está seguro, aunque intuya que es bueno, resulta difícil comunicar. Pero el hecho de que consideremos que nuestra fe es débil no debe llevarnos a tirar la toalla en este campo. En realidad, la educación en la fe no se hace desde la autosuficiencia sino desde la humildad de quien sabe que tiene mucho camino que recorrer pero aspira a dar algún paso. A menudo, la responsabilidad de transmitir unos valores que no poseemos del todo, pero nos gustaría poseer, nos ayuda a avanzar nosotros mismos por ese mismo camino.

            El Concilio Vaticano II llama a la familia “Iglesia doméstica”. Por eso, la oración de toda la familia, junto con el compromiso en el servicio, puede ser también una manifestación de que en esa casa se acoge gozosamente al Dios Amor. En todo caso, mejor que una acumulación de rezos, siempre será más pedagógico buscar el camino que le lleve a la convicción de que su Padre Dios le quiere incondicionalmente y a Él puede invocarle siempre con confianza.

Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor. Y cuando cumplieron todo lo que prescribía la Ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño iba creciendo y robusteciéndose, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios lo acompañaba.  (Lc 2, 22. 39-40).

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