Mística y pastoral juvenil: la mistagogia – Juan Martín Velasco

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No hace falta ser joven ni experto en pastoral juvenil para conocer que este sector de la pastoral, a pesar de los muchos esfuerzos que se le vienen consagrando y los valiosos proyectos que ha suscitado, pasa por la misma profunda crisis que padecen la acción pastoral y la vida misma de la Iglesia en su conjunto.

La denunciada y lamentada crisis de la transmisión del cristianismo a las generaciones jóvenes en todos los países europeos es su indicio y su efecto más visible. En estas condiciones podría parecer que hablar de la mística en una revista de pastoral juvenil constituiría un despropósito solo explicable por el desconocimiento del mundo de los jóvenes de quien lo hace. ¿Qué sentido puede tener proponer esa alta forma de realización de la vida cristiana al mundo de los jóvenes, el sector más afectado por la crisis y más alejado del influjo de la Iglesia?

Pero también podría suceder que, justamente esa situación sea la que imponga el recurso a la mística, y que sea precisamente la escasa atención a la mística por parte de la pastoral juvenil la que explique, parcialmente al menos, esa crisis, su extensión y su radicalización en los últimos tiempos. Recordemos que fue precisamente la radicalización de la crisis del cristianismo a lo largo del siglo XX lo que llevó a grandes maestros cristianos a advertir que los cristianos de hoy habrán de ser místicos para poder seguir siendo cristianos. Por mi parte, pienso además, que la situación de la religiosidad juvenil, por más problemática que aparezca, no deja de presentar indicios que parecen reclamar justamente el recurso a la mística, si se quieren abrir esos caminos de respuesta a la situación que la pastoral juvenil viene demandando – ¿en vano? – en los últimos años. Llamar la atención sobre este problema es la finalidad de esta nota.
0. Indispensable intento de aclaración del término “mística”.
Comenzaré por llamar la atención sobre la confusión, que el gran estudioso de la mística judía G. Scholem ha calificado de “infinita”, que reina en torno al significado de la palabra “mística”. Una confusión derivada en primer lugar de la enorme cantidad de hechos a los que se aplica la palabra: se habla de “mística” referida a cada una de las religiones, de “mística silvestre” (M. Hulin), de “mística atea” (Comte-Sponville). Confusión, además, porque incluso referida a las personas que mejor la han encarnado, “mística” en el imaginario colectivo sigue asociándose a fenómenos extraordinarios: visiones, éxtasis, etc.; y se entiende por algunos como una experiencia directa e inmediata de Dios, es decir, una forma de conocimiento y contacto con él, paralela a la fe y hasta alternativa a ella. Los místicos, piensan muchos, serían los que “ven”, frente al resto de los fieles que se verían reducidos a “creer”.
Sin entrar en desarrollos para los que no hay lugar aquí, entiendo por “mística” la experiencia de la fe, la experiencia que es la fe, vivenciada en formas peculiares de oración, como la oración contemplativa, en la práctica del amor, o incluso en el ejercicio de la vida cotidiana en la conocida como “mística de la cotidianidad”. Una experiencia que constituye una forma peculiar y particularmente intensa de vivencia de la fe. Así entendida, está claro que la mística no se refiere a los fenómenos extraordinarios, y reservados a un número muy reducido de creyentes, que pueden acompañar a algunas de sus manifestaciones. Se refiere, más bien, a la experiencia de la fe, a la que estamos llamados todos los creyentes, y a la que todos tenemos acceso siempre que vivenciemos y ejercitemos personalmente nuestra condición de tales. Desde esta comprensión de la mística, es evidente que puede y debe ser objetivo de la pastoral juvenil, como lo es de toda acción pastoral de la Iglesia. Que los jóvenes lleguen o no a ella dependerá sobre todo de la situación religiosa en que se encuentren y de la acción pastoral que se desarrolle con ellos.
1. La religiosidad juvenil. Formas más importantes.
La religiosidad juvenil constituye un mundo extraordinariamente variado en sus formas, notablemente complejo y sometido a un cambio rápido y profundo. En el marco común de la cultura posmoderna que caracteriza a todos los fenómenos sociales de nuestro tiempo, la religiosidad juvenil presenta formas notablemente diferentes, “fluidas”, que no es fácil reducir a tipologías precisas y menos aún a caracterizaciones globales. Casi todos los estudios que le han sido dedicados, surgidos especialmente en el campo de la sociología de la religión, se refieren sobre todo a la práctica religiosa de los jóvenes, porque es el aspecto de la religión más fácilmente observable y que se deja reducir a cifras, cuya evolución permiten seguir encuestas periódicamente realizadas. Desde este punto de vista, en las últimas décadas se viene observando un descenso permanente que afecta a todo tipo de prácticas, pero especialmente a las reguladas oficialmente. El descenso de la práctica dominical, por ejemplo, puede llegar a extremos como que solo un 5% de los jóvenes se declaren practicantes semanales. Cuando se escucha de los encuestados que ese tipo de práctica “no les dice nada”, que “es muy aburrida”, que “se puede ser religioso sin ir a misa”, hay razones para pensar que algo en ese tipo de prácticas y en su regulación choca con la mentalidad y la sensibilidad de los jóvenes de nuestro tiempo, hasta hacerlos prácticamente insensibles a ellas.
Pero algunos de esos estudios apuntan ya a otros datos, como la presencia relativamente frecuente en diferentes grupos de jóvenes de formas privadas de oración, o la presencia notable de jóvenes en distintas manifestaciones de religiosidad popular, que hacen pensar a algunos sociólogos en un cambio cualitativo en las formas de la religiosidad juvenil, que pondrían en cuestión la validez de la sola práctica religiosa como criterio para detectar la religiosidad de los jóvenes actuales y, por tanto, en la necesidad de recurrir a otros criterios para evaluar la religiosidad juvenil.
1.1 De “practicantes” y “militantes”, a “peregrinos”.
Durante la época del catolicismo postridentino, a los buenos católicos se los conocía como católicos practicantes. El desmoronamiento evidente de esa forma de religiosidad se ha producido por el influjo conjugado de una serie de cambios sociales y culturales tales como la extensión de la urbanización con la consiguiente dislocación y desestructuración de las comunidades naturales, y la atomización individualista de las relaciones sociales; la individualización y la subjetivización de la religiosidad; la pérdida del poder regulador de las instituciones; la crisis de las identidades heredadas.

El ideal de católicos “practicantes” fue sustituido, tras el concilio Vaticano II y los rápidos cambios socioculturales que le siguieron, al menos en los medios cristianos más dinámicos, por el “cristianismo militante”, centrado en la doble tarea de hacerse presente en la sociedad en proceso acelerado de secularización, y en el compromiso por su transformación. La militancia cristiana ha evolucionado posteriormente hacia los voluntariados que agrupan a jóvenes creyentes en torno a proyectos concretos, viven su opción como una forma de autorrealización y ha sustituido el voluntarismo característico del militante por la gratificación que reporta la consecución de objetivos más cercanos y más asequibles.
El cristianismo del “peregrino” constituye un nuevo avatar en la evolución de las sensibilidades religiosas juveniles. Se trata de una figura en la que ha ido cristalizando la vivencia cristiana de no pocos jóvenes católicos, especialmente durante el pontificado de Juan Pablo II. Sus rasgos distintivos se dejan definir en contraposición con los del católico practicante. Frente a la práctica por obligación, institucionalmente regulada, oficial, ligada al lugar de residencia y repetida hasta la rutina, la religión del peregrino parte de una opción voluntaria, autónoma, modulada de acuerdo con las necesidades, los gustos y las posibilidades de cada uno, realizada en grupos que pueden llegar a formar colectivos numerosos y que muy frecuentemente se manifiesta en eventos extraordinarios.
La figura del peregrino tiene un rasgo esencial en las experiencias personales, dotadas de un fuerte componente emocional, originadas y fortalecidas por los acontecimientos extraordinarios vividos en común. La vivencia de las experiencias desplaza en la religiosidad del peregrino la importancia de las creencias y reduce las exigencias éticas a unos pocos valores tales como el amor, la reconciliación, la universalidad, la tolerancia, el diálogo, “verificados” con ocasión de los acontecimientos en que se participa. La característica por excelencia de esa nueva “religiosidad” es la movilidad y la transformación de la idea misma de pertenencia, vivida entre el comunitarismo casi tribal del pequeño grupo, y la identificación ocasional con las masas en las que se coincide, mediante gestos, utilización de textos con frecuencia bíblicos, y, sobre todo, música y una nueva forma de cantos: meditativos, de antífonas que se repiten y facilitan la interiorización de sus mensajes.
La nueva religiosidad comporta una nueva forma de espiritualidad que tiene su centro en una experiencia; su horizonte, en una utopía compartida como alternativa a las imposiciones del sistema socioeconómico y sus leyes alienantes; y sus medios, en el culto ocasional, la fiesta compartida emocionalmente. La religiosidad del peregrino genera otra forma de socialidad, en forma de red, que asocia individuos y grupos que pueden modular ellos mismos la participación y su intensidad.
No es fácil percibir si la nueva religiosidad constituye una alternativa válida al catolicismo practicante al que está reemplazando en numerosos jóvenes todavía ligados con la Iglesia. Pero ciertamente va dando lugar a una “reconstrucción experiencial de la identidad cristiana, a partir de valores compartidos por grupos importantes de jóvenes y de experiencias vividas en común que les son más significativas y más asequibles” (D. Hervieu-Léger) que la práctica institucionalmente regulada. En todo caso, parece claro que es tarea importante de la pastoral juvenil estudiar los problemas que plantea en relación con una realización adecuada de la identidad cristiana, y sacar las conclusiones que su existencia supone para la instauración de otra forma de práctica religiosa. Se ha dicho que Taizé es un “laboratorio de la religiosidad del peregrino”. Tal vez el fenómeno Taizé, en su conjunto, pueda servir de modelo y de referencia para el cultivo de ese nuevo estilo de religiosidad.
1.2 Espiritualidades juveniles de cuño ético.
Las encuestas sobre la religiosidad juvenil destacan en los últimos años la existencia de grupos importantes que también han roto con el joven católico practicante de antaño y con el militante postconciliar, pero presentan un perfil diferente al de la religiosidad del peregrino. Algunos aparecen reunidos bajo la calificación de “católicos autónomos”, muy ligados a lo que se ha llamado la “fe sin pertenencia”. Se caracterizan por tres rasgos distintivos: el distanciamiento de la jerarquía de la Iglesia y el alejamiento de su zona de influencia, es decir, su aparente condición de “aeclesiales”; el mantenimiento de una vaga referencia, de origen familiar, tradicional o cultural, al catolicismo, que les permite seguir considerándose católicos; y la permanencia de una adhesión fundamental a valores propios de esa tradición, y de las creencias fundamentales relativas a Dios y a Jesucristo. El centro de su identidad católica no está ya en la práctica cultual oficial o en prácticas alternativas, sino en una forma de vivir enmarcada en la adhesión a los valores de la tradición católica, y una forma de vida regulada más o menos estrictamente por ellos.
Cercanos a ellos, pero con un alejamiento mayor del ámbito de lo religioso, se sitúan grupos de jóvenes, que en algunas encuestas representan casi la tercera parte de los encuestados, clasificados como “no religiosos humanistas”, que han roto ya con toda afiliación religiosa e incluso con la referencia a la tradición católica, pero mantienen una cosmovisión y una orientación moral que podría definirse como humanismo laico e ilustrado, de cuño moral, en el que permanecen no pocos valores de raíz cristiana: reconocimiento de la inalienable dignidad humana, defensa de la justicia, aprecio por la solidaridad, búsqueda de la paz, respeto de la naturaleza, aunque desgajados de toda referencia a la tradición cristiana y vividos con motivaciones puramente humanas. De ellos puede decirse que representan ya una espiritualidad ajena a la religión, pero cuyos contenidos coinciden en no pocos aspectos con los de la tradición cristiana.
La presencia de estos dos últimos grupos, numéricamente importantes, enteramente alejados de toda práctica cultual y que en muchos casos han roto con la institución eclesiástica y con muchas de las creencias del cristianismo, constituyen la prueba de una permanencia de elementos cristianos más allá de los límites de la pertenencia visible a la Iglesia y de la práctica explícitamente religiosa, que tal vez permiten relativizar los diagnósticos de una ruptura completa de la transmisión del cristianismo en nuestra sociedad. La propuesta de la fe, base de cualquier proyecto de transmisión cristiana actual, encontraría en ellos condiciones y disposiciones que, sin que ellos tal vez lo sepan, pueden estar preparándolos para una acogida favorable.
No olvidemos que a alguna persona aparentemente ajena al grupo de los suyos, Jesús le dijo: “tú no estás lejos del reino de Dios” (cf. Mc 12, 28-34); y que “la religión auténtica y sin tacha a los ojos de Dios Padre” según la Carta de Santiago, consiste en “socorrer a huérfanos y viudas en su tribulación y en mantenerse incontaminado del mundo” (1,27); que los rasgos que su autor atribuye a la “sabiduría de arriba” son: “intachable…, pacífica, tolerante, conciliadora, compasiva, fecunda, imparcial y sincera” (3,17); y, por último, que “los que promueven la paz van sembrando en paz el fruto que conduce a la salvación”(3,18). No olvidemos, sobre todo, que según el Evangelio de Mateo, el juicio final asegurará que se han encontrado con el Señor los que han dado de comer al hambriento y de beber al sediento, los que han vestido al desnudo y visitado al preso y al enfermo.
Por eso la atención a las nuevas formas de práctica religiosa entre los jóvenes, y a las espiritualidades laicas que los mejores estudios detectan en ellos dan pie para visiones menos negativas de su situación en relación con el cristianismo y para proyectos pastorales que empalmen con su situación y sus necesidades y tengan más probabilidades de suscitar en ellos ecos auténticamente cristianos, aunque no se correspondan con las expectativas de quienes las promovemos.
Tengo la impresión de que la existencia de estos tipos de religiosidad y espiritualidad juvenil tiene su apoyo y, tal vez, su origen en las formas con que la pastoral juvenil ha respondido o está respondiendo al hundimiento de la figura del joven “practicante”. En efecto, a la deserción de la práctica religiosa tradicional, la pastoral juvenil “oficial” ha respondido en no pocas ocasiones, sobre todo durante el pontificado de Juan Pablo II con la organización de grandes eventos de carácter religioso que parecían emular otro tipo de concentraciones de jóvenes que, con métodos semejantes, fomentaban climas emocionales de entusiasmo compartido. Tales concentraciones producían entre los reunidos estados de ánimo que permitían romper el clima de indiferencia hacia lo religioso predominante en los medios familiares, de estudio o trabajo en que discurrían sus vidas.
Otros centros y grupos cristianos han respondido al alejamiento imparable de la práctica religiosa fomentando entre sus miembros el despertar de la conciencia social hacia el hecho de la desigualdad, la injusticia, la pobreza y han organizado voluntariados en los que encauzar esa toma de conciencia y responder a las inquietudes que producían.
1.3 La figura del “convertido”.
El “convertido” representa un nuevo estilo de joven que surge a veces al margen de la pastoral convencional. “El “convertido” no es en Europa una novedad de los últimos años. Desde finales del siglo XIX y hasta los años treinta del siglo pasado, las conversiones al catolicismo constituyen en Francia un fenómeno de gran importancia. Basta recordar a algunos de los convertidos de esos años: P. Claudel, Ch. Peguy, Ch. de Foucauld, J. Maritain, L. Massignon, y muchos otros – hasta doscientos nombres aparecen en algún estudio -, para explicar la repercusión social y cultural que adquirió el fenómeno. Curiosamente, en los años treinta del siglo XX el fenómeno de los convertidos pierde importancia en la misma Francia en que había nacido, y da lugar al nacimiento de los llamados “intelectuales católicos” y de la “pastoral misionera”.
También el tipo del “convertido” reviste formas diferentes, según el punto de partida de su proceso, el itinerario que desencadena y la forma de pertenencia y de religiosidad a que da lugar. En este marco más amplio del fenómeno de la conversión en momentos de radicalización de la crisis religiosa ha surgido ese nuevo tipo de religiosidad juvenil que es el “convertido”. Con esa palabra no se designa exactamente a los que pasan de una religión a otra: el 1’6 % en algunas encuestas sobre religión y valores en torno al año 2000, cifra en la que están comprendidos también los que pasan del catolicismo a otra religión, que representarían aproximadamente la mitad de esa cifra. El nombre se aplica también y sobre todo para describir el nuevo tipo de religiosidad que resulta de las diferentes formas de retorno o de “reafiliación” a la Iglesia de la que se habían distanciado.
En los últimos años, el fenómeno de los conversos adopta con frecuencia la forma de los “recommençans”, los que “comienzan de nuevo” o retornan, con el nombre que se les da en Francia, que es donde el fenómeno ha sido más estudiado y atendido por una acción pastoral específica. Su desarrollo ha dado lugar al florecimiento de catecumenados de adultos, con cifras que llegan en Francia a los 10.000 catecúmenos, y dan lugar a unos dos mil bautismos de adultos anuales en la fiesta de Pascua.
El “convertido” puede tener su punto de partida en una “experiencia de trascendencia” que ha desbaratado para él la “cultura de la inmanencia” en que se encontraba inmerso; le ha desalojado de lo que podría llamarse su “fe positivista”, y le ha abierto la posibilidad de caminos que hasta ese momento le parecían imposibles. Conviene recordar a este propósito que tales experiencias son relativamente frecuentes y que, aunque no siempre desemboquen en una conversión religiosa, suelen suponer un antes y un después en la vida de quien pasa por ellas: “Ahora, escribía E. Ionesco tras haber vivido una de esas experiencias, pase lo que pase, sé; ya nunca más me sentiré desesperado”. En otros casos el punto de partida del “convertido” es una decepción del género de vida en que se había instalado. Había, por ejemplo, acumulado casi todo lo posible en el terreno del “cómo”, y ha caído en la cuenta de que sin un “por qué” todo resulta insatisfactorio. El convertido, como el peregrino, se caracteriza por haber pasado por una experiencia que ha sacudido su forma de vida anterior y le pone a la búsqueda de algo que no siempre es capaz de identificar.
Es evidente que tal situación pone a esos jóvenes, de cara a la “acción pastoral”, en una situación que propicia otro tipo de respuestas que la llamada a la práctica religiosa regulada y la invitación a la militancia o a engrosar las filas de un voluntariado. Tales tipos de espiritualidad o religiosidad juvenil están demandando una acción pastoral que los invite, los inicie y les ayude a madurar esas experiencias iniciales hasta llegar a la experiencia del Misterio de Dios revelado en Jesucristo, raíz de toda verdadera vida cristiana. Están demandando el ejercicio con ellos de esa “dimensión mistagógica” que no debería faltar de ningún proyecto pastoral de la Iglesia.
2. Por una pastoral juvenil “mistagógica”.
La profunda crisis del cristianismo en todos los países europeos en los últimos años del siglo pasado, calificada con razón de “crisis de Dios”, que afecta también a las comunidades cristianas, ha producido la ruptura de la transmisión del cristianismo a las generaciones jóvenes, y pone en cuestión el futuro del cristianismo, ha extendido la impresión de estar viviendo en Europa una situación de “emergencia pastoral”. A ella no se responderá adecuadamente con simples mejoras de los métodos, adaptación de las instituciones o intensificación del entusiasmo de los evangelizadores. A la Gotteskrise, a la “crisis de Dios”, solo se responderá adecuadamente con la “Gottespassion (J.B. Metz), la pasión por Dios, la pasión de Dios, es decir, una viva e intensa experiencia de Dios, como la que han vivido los místicos de todos los tiempos.
Para suscitarla se requiere sin duda una transformación radical del conjunto de la acción pastoral de la Iglesia. A ella remite la tan demandada “conversión pastoral”. Su necesidad se hizo sentir desde el comienzo del siglo pasado y suscitó iniciativas como la Acción Católica, los movimientos apostólicos en los diferentes sectores de la sociedad, y la aparición de la “pastoral misionera” como respuesta a la conversión de los países europeos en “tierra de misión”. Pero ni el impulso que supuso el Vaticano II ni las reiteradas llamadas a la “nueva evangelización” han producido los efectos previstos. Probablemente, porque todas esas iniciativas daban por supuesta la existencia de comunidades creyentes posibles sujetos activos de la evangelización, sin calibrar suficientemente la crisis de la fe por la que ellas mismas estaban afectadas. A esta situación pretende responder la llamada a la “conversión pastoral”. Su rasgo distintivo ha de ser sin duda su condición mistagógica, es decir, su orientación a suscitar, despertar, iniciar, acompañar y ayudar a madurar en sus destinatarios la experiencia del Misterio de Dios revelado en Jesucristo.
Con “mistagogía” nos referimos, pues, al proceso por el que una persona se inicia o inicia a otro en la experiencia personal de la Presencia de Dios con la que todos estamos agraciados por el hecho de estar siendo constantemente mantenidos en el ser por Él y atraídos hacia Él como la meta de nuestra vida.
2.1 La presencia originante del Misterio en lo más íntimo de la persona, centro del proceso mistagógico
En la comprensión misma de la palabra “Dios”, en todas las religiones y en el cristianismo, está incluida la conciencia de su absoluta trascendencia: “A Dios no le ha visto nadie jamás”, dice ya el prólogo del Evangelio de Juan; “Dios habita una luz inaccesible”, añade san Pablo. Pero a la comprensión religiosa y cristiana de Dios pertenece también la convicción de que “El Misterio no está lejos de ninguno de nosotros, porque en Él vivimos nos movemos y existimos”. Porque, como decía san Agustín, Dios es a la vez “más elevado que lo más alto de mí mismo; y más íntimo a mí que mi propia intimidad”. Sin esa presencia suya en lo más íntimo de nosotros mismos no podríamos ni siquiera sospechar su existencia, ni descubrirla en la Escritura, ni verla reflejada en el rostro de Jesús. Ninguna acción pastoral “exporta” a sus destinatarios una presencia que le sea ajena. La presencia de Dios en nosotros es la condición de todo conocimiento y de toda experiencia de Él. “Dios, dice san Buenaventura, está presentísimo al hombre y por eso es cognoscible por él”. La acción mistagógica está destinada sencillamente a hacerle tomar conciencia de ella y facilitar su reconocimiento por la adhesión de la fe. Esa presencia no es objeto posible de demostración para el hombre. No podemos ver, como vemos los objetos, la luz gracias a la cual los vemos y vemos todo. Pero la presencia creadora de Dios en nosotros deja incontables indicios de sí mismo en nuestra condición humana. Es más, el ser humano es todo él indicio, o mejor, imagen de Dios. Por eso el hombre “supera infinitamente al hombre” (Pascal); es “una síntesis de finitud e infinitud” (Kierkegaard); es un ser “teándrico”, humano-divino; y por eso le basta llegar hasta el fondo de sí mismo, para descubrir: “Nos hiciste, Señor, para ti; y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti” (san Agustín).
2.2 Pasos más importantes del proceso
Los primeros se refieren a la ayuda al sujeto a tomar conciencia de su verdadera condición y a adoptar las actitudes existenciales que le permitan vivir de acuerdo con ella. Porque el hombre es “un ser con un misterio en su corazón que es mayor que él mismo” (Urs von Balthasar), pero puede adoptar formas de vida que le llevan a ignorarlo o incluso ocultárselo, mediante la diversión permanente, la confusión del ser con el tener, la identificación de sí mismo con lo que se hace o la función que se ejerce. Y la pastoral mistagógica tiene una de sus tareas en despertar a la persona a su verdadera condición; ayudarle a prestar atención a lo más profundo de sí mismo, ayudándole a plantearse las preguntas radicales; a identificar por debajo de sus muchos deseos lo que desea su corazón; a tomar conciencia de sí mismo y ejercitar su libertad; a entablar relaciones interpersonales que le permitan reconocer a los otros y respetarlos como otros y experimentar que en ellos “tocamos la orla del Tú eterno”. Así, el descubrimiento de la propia interioridad es condición indispensable para llegar a Dios. Pero no constituye la etapa definitiva del camino hacia Él. Del descubrimiento y la puesta en ejercicio de la propia interioridad deberá pasar el que se inicia al reconocimiento de la Presencia que lo habita, mediante el momento decisivo de la conversión que haga de él un creyente.
La presencia del Misterio en el interior de la persona opera un desplazamiento del centro del sujeto, de su propia interioridad, al Misterio que habita en ella, o, tal vez mejor, en quien ella habita. Aquí tiene el proceso mistagógico su paso decisivo: el del reconocimiento de esa Presencia como centro de la propia vida, con el consiguiente descentramiento del sujeto que culmina en la entrega de sí mismo a Dios. Tras haber descubierto en su interior el “aula inmensa de la memoria” o la conciencia, incapaz de abarcarse a sí misma, san Agustín confiesa la necesidad de trascender más allá de ella para alcanzar el más allá de sí mismo, el “abismo” de Dios sobre el que descansa. Es lo que sucede en el momento de la conversión por la que el creyente abandona la confianza en sí mismo y la pretensión de realizarse con sus propios medios, y consiente a la atracción de Dios que le llama a realizarse a la medida sin medida de Dios. Porque el ser humano, que no tiene en sí mismo su origen ni su fundamento, solo consintiendo a la Presencia que lo origina encuentra en ella fundamento seguro. “Si no creéis, no tendréis lugar seguro”, había advertido ya el profeta Isaías.
Llegados a este paso decisivo del proceso que es la opción creyente ¿puede el maestro humano, el mistagogo, intervenir en él? Ciertamente, nadie puede dar por el sujeto este paso decisivo, ni puede suplirle en la opción, personal y libre como ninguna otra, de la opción creyente, raíz de cualquier forma de experiencia de Dios. Pero, contando con que a nadie le falta la presencia originante y agraciante de Dios en la que Dios está constantemente revelándose, autocomunicándose a toda persona y atrayéndola hacia sí, ¿podrá el maestro humano, el mistagogo, colaborar en algo a la respuesta del discípulo que le ha sido encomendado? Cabe ciertamente iniciación y acompañamiento por parte del maestro, pero enraizada en el descubrimiento por cada uno, del manantial de Dios del que procede el arroyo de su vida.
Estas consideraciones vienen a subrayar que, como decía también san Agustín, entre Dios y el hombre no ha de interponerse criatura alguna. Pero supuesto y reconocido eso sin restricciones, puede ser verdad que si Dios no necesita intermediarios para hacerse presente al ser humano, este si puede necesitar, como el tullido de la piscina de Siloé, ayudas para llegar a las aguas sanantes que Dios mueve para él. Sí puede necesitar ayudas para abrir los ojos a la Presencia con la que está agraciado, y para poner las velas de su persona en la dirección del soplo del Espíritu. Esta ayuda la presta el testimonio, momento por excelencia en el desarrollo del proceso, por el que la vida toda del maestro se convierte en medio de irradiación de la luz con la que él ha sido iluminado. Recordemos que uno de los nombres del Nuevo testamento para Jesús es: “testigo fiel”, y que Jesús asocia a esa condición suya a sus discípulos, cuando les dice: “Seréis mis testigos”.
En el servicio a la adhesión de la fe, en la ayuda a la conversión, tiene el proceso mistagógico su centro, y el maestro que lo ejerce, su tarea principal. Pero esta no termina con la invitación a creer que puede procurar su condición de testigo. Necesita, además, la ayuda al destinatario de la iniciación a realizar la experiencia personal de la fe y encarnarla en su propia vida.
2.3 Iniciación a la experiencia de Dios mediante la ayuda a las diferentes formas de experiencia de la fe.
No creo necesario insistir aquí en que la experiencia de Dios no es una forma de acceso a Él ajena a la fe o que la sustituya. No hay privilegiados a los que se conceda la experiencia como forma de contacto con Dios y otros, menos agraciados, que tengan que contentarse con creer sin haber visto. María Magdalena y los discípulos no vieron y por eso creyeron. Para todos vale: “no puede el hombre ver a Dios y seguir en vida”. Más bien, como observó ya san Juan de la Cruz, “creyeron y por eso vieron”. Todos escuchamos a Jesús, como le escuchó Marta ante la tumba de su hermano: “si crees, verás la gloria de Dios”.
La experiencia mística, incluso en sus más altos grados, no es más que una de las modalidades de la experiencia de la fe.
La experiencia de la fe. Es la vivencia por el creyente en todas sus facultades, y la encarnación en todos los momentos y acontecimientos de su vida, de su actitud creyente. La fe no es, pues, ajena a la experiencia. Tiene, como decía el P. De Lubac, “vocación de experiencia”, necesita la experiencia, como añadía G. Lohfink, y comporta toda ella una compleja y polifacética experiencia: desde el momento en el que el creyente inicia sus primeros pasos, pasando por las condiciones que le disponen para darlos, hasta el instante en que realiza la opción decisiva de acoger al Misterio y consentir a su Presencia, convirtiéndolo en el centro de su propia vida. Son sin duda muchas las formas de “vivenciar” ese consentimiento: dejándole, por ejemplo, que ilumine el ejercicio de la propia razón; convirtiendo su voluntad, de pretensión de dominio, en disposición de acogida. Poniéndolo en ejercicio en la práctica de la oración, a través de esas formas elevadas de orar que resume el término “contemplación”: esa “advertencia amorosa de Dios presente”, como la definía san Juan de la Cruz, en las que se produce en algunas ocasiones el sentimiento intensísimo e intensamente grato de la presencia de Dios, con o sin el apoyo perceptivo de visiones o escucha de “hablas” sobrenaturales.
San Pablo señala otro camino para la vivencia de la fe: la que se realiza a través de “la práctica del amor”, que ha originado las muchas formas de “místicas de la caridad” de las que está llena la historia de la Iglesia. Y desde siempre se ha reconocido, además, que la presencia de Dios puede ser experienciada en el discurrir de la vida ordinaria, dando lugar a lo que hoy se conoce como “místicas de la cotidianidad o de la vida cotidiana”.
La función del mistagogo no termina en la ayuda a las diferentes formas de experiencia de la fe. Tarea suya es también prevenir las dificultades que nunca faltan en la vida de los creyentes; advertir de los peligros, ofrecer criterios para el discernimiento de las posibles distorsiones y hasta perversiones a que está expuesto el ejercicio de la vida de la fe.
Finalmente, serán muchas las ocasiones en que el maestro espiritual deberá dotar a aquel a quien acompaña de las palabras indispensables y menos inadecuadas para vivir humanamente actitudes y acontecimientos que, por tener lugar en el mundo de la fe y en lo más profundo de uno mismo, resultan difícilmente comunicables e incluso enteramente inefables. De hecho, son muchos los maestros de oración que han dejado a los que guían, además del testimonio de sus vidas, palabras con las que tomar conciencia de la Presencia de Dios en su interior y que les permitieran dirigirse a ella. Jesús, “el iniciador y el consumador de nuestra fe”, lo hace con sus discípulos cuando nos dice: “Cuando oréis, decid: Padre nuestro…”. Aunque conviene advertir, como hace el P. Rahner en sus Palabras de san Ignacio a un jesuita de hoy que la Iglesia tiene establecidos complicados sistemas de riego, todos ellos buenos y necesarios, mediante sus palabras, sus sacramentos, las ayudas de sus maestros, etc. para hacer llegar la gracia al corazón de las personas; pero sin perder de vista que, junto a las aguas procedentes por esos medios y destinados a anegar la tierra del alma, existe en el centro de la persona un pozo interior del que brotan la aguas del Espíritu, que manan para la vida eterna, con las que deberán fundirse las ayudas procedentes del exterior para que el encuentro con Dios tenga verdaderamente lugar.
Conclusión.
Del acompañamiento mistagógico, a la puesta en marcha de una pastoral mistagógica.
No puedo, dada mi casi nula experiencia en el terreno de la pastoral juvenil, llevar mi osadía hasta la propuesta ni siquiera de las grandes líneas de una pastoral de ese estilo. Me contentaré con anotar que tiene una de sus tareas fundamentales en descubrir en los diferentes grupos juveniles los puntos de apoyo y de empalme que sin duda existen para la experiencia a la que se propone orientarlos. Pienso, por ejemplo, en las muchas búsquedas espirituales, a veces “anónimas”, que crecen en la juventud actual al margen del cristianismo y hasta de la religión; en las experiencias por las que pasa la religiosidad del joven que hemos identificado bajo el nombre de “peregrino”; en los pasos dados ya por los que hemos identificado como “convertidos” hacia la identificación, al margen de las Iglesias, de la voz por la que se han sentido llamados. No deberíamos tampoco olvidar la necesidad de conversión de las comunidades cristianas para que puedan acogerlos. Recordemos que el cardenal Newman advertía en su tiempo que, antes de convertir a los anglicanos, era indispensable preparar a los católicos para que pudieran acogerlos. Y, sobre todo, que la conversión pastoral que deseamos dependerá de que los agentes pastorales tomen conciencia de la ineludible condición de testigos y maestros espirituales que comporta su oficio; se formen para realizarla, la tengan en cuenta en todas sus tareas y no descuiden programar las acciones concretas: oración, familiarización con la Escritura, lectura creyente de la actualidad, puesta en práctica del amor efectivo y el servicio a los necesitados, que exige el acompañamiento a los jóvenes en su proceso de iniciación a la experiencia creyente base de su vida cristiana.

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