Mi experiencia en el voluntariado – Ane Arenaza

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Comenzaré presentándome: mi nombre es Ane y tengo 30 años. Este es el segundo año que hago voluntariado, algo que siempre me había llamado la atención, pero que no conocía en profundidad hasta que empecé a estudiar Integración Social.

 

Todo ocurrió el año pasado, cuando el instituto en el que cursaba este ciclo nos llevó a la universidad de Deusto para conocer espacios e iniciativas con los que poder colaborar como voluntarios y voluntarias. Muchos de los puestos me llamaron la atención, pero especialmente el de Itaka-Escolapios, cuyo proyecto consistía en dar clases de castellano a mujeres migrantes y cuidar a sus hijos mientras ellas estaban en clase. Decidí apuntarme y, pasados unos días, recibí la llamada de su responsable, Rosiris. Me hizo una pequeña entrevista que sirvió para calmar mis nervios —como he dicho anteriormente yo no había hecho voluntariado nunca— y quedamos en que me dedicaría a dar clases de castellano en nivel 1.

 

Se me pasaron mil preguntas por la cabeza… ¿Yo como profesora? ¿Qué puedo aportar si nunca he trabajado en esto? Habría tirado la toalla si no hubiera sido por la confianza y apoyo que desde Itaka-Escolapios recibí de los compañeros y compañeras, con sus ánimos hicieron que empezase las clases con mucha ilusión.

Recuerdo el primer día de clase. No conocía a las mujeres a las que iba tratar de enseñar castellano e hice todo lo posible porque no se notaran mis nervios. Afortunadamente, no estaba sola. Conté con la ayuda de compañeros que me fueron guiando y ayudando a dirigir la clase. Ese día nos presentamos todos y todas y las alumnas fueron especialmente simpáticas y comprensivas conmigo. Cuando terminó la jornada, supe que no me había equivocado al tomar la decisión de unirme al proyecto. En el segundo día conocí a la que sería mi compañera de voluntariado, Pepa, quien me transmitió mucha seguridad y con la que hoy en día sigo dando las clases.

A medida que pasaban las semanas me encontraba cada vez más cómoda y con más ganas de que llegase el día en el que iba al centro a dar las clases. En cada sesión conocía una parte más de las alumnas, lo que hacía que creciese mi admiración y respeto por ellas y por sus historias de superación.

He sacado y sigo sacando muchísimas cosas buenas del voluntariado. No olvido, por ejemplo, la primera vez que una de las mujeres se despidió con un beso y un abrazo, o la primera vez que me trajeron un regalo (un bolígrafo que me recuerda la satisfacción de poder estar ayudando a quien lo necesita). Otra de las cosas buenas que me llevo es la de conocer a tanta gente buena. Para mí es como una familia. Las risas, las actividades, muchas de las cuales este año, por desgracia y dada la situación, no se han podido llevar a cabo, forman ya parte de mi día a día. Disfruto del empeño que veo en los voluntarios y voluntarias, especialmente, de todas aquellas personas que hacen con gran pasión su trabajo y de manera especial cuando se trata de ayudar a los demás.

Por último, solo me queda decir que espero seguir por mucho tiempo en Itaka-Escolapios, pues, como ya he dicho, para mí no es solo un voluntariado, también es una familia.

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