Mi experiencia en el proyecto sal – Iñaki Serrano

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MI EXPERIENCIA EN EL PROYECTO SAL

Iñaki Serrano Iriarte

inakiserrano@itakaescolapios.org

En la Red Itaka-Escolapios llevamos ya más de 30 años impulsando este proyecto educativo y transformador que ahora llamamos SAL (con significado de salida y también de dar sabor).

Consiste en una preparación, normalmente de dos años, para discernir la propia vocación con diversas experiencias de salida del propio entorno, siempre acompañados por algún educador, donde no puede faltar un mes de experiencia de compartir vida y misión escolapia en otro país diferente del propio.

Estamos viendo que es un proyecto muy valioso para los jóvenes que lo siguen y para los lugares donde son acogidos.

La experiencia de compartir vida y misión escolapias en países empobrecidos se lleva a cabo desde principios de los años noventa con jóvenes y profesores de los procesos pastorales y centros educativos escolapios.

Gracias a la disponibilidad de las comunidades y obras escolapias en los países empobrecidos, cada año se acoge a varios jóvenes para que tengan una experiencia de al menos un mes donde compartir la misión y la vida comunitaria escolapias. La intención es que los participantes de este proyecto den pasos personales de avance en clave vocacional descubriendo un estilo de vida cristiano y comprometido, alternativo a la cultura dominante de sus países de origen, y que tengan una mayor conciencia y responsabilidad respecto a las realidades de pobreza. En palabras de Calasanz: «reflexionando sobre las palabras del salmo “tú eres el responsable del pobre”, consideré esta sentencia como dicha a mí mismo»”.

Las claves de fondo que quiere potenciar este itinerario son las cinco dimensiones que también se trabajan desde los procesos pastorales del Movimiento Calasanz:

  • Un estilo de vida coherente que integre todas las facetas de la vida, basado en unos valores cristianos y que nos haga vivir desde las claves del Evangelio.
  • Una experiencia de Dios viva y personalizada, desde el encuentro con Jesús.
  • La formación como responsabilidad y crecimiento personal ante los retos de nuestro mundo, que nos permita conocer nuestra vida, nuestra sociedad y nuestra fe para dar razón de nuestra esperanza.
  • El compromiso como actitud vital, como opción de vida que se entrega, especialmente, a las personas más necesitadas, para trabajar por la construcción del Reino de Dios.
  • La vida en grupo donde se comparten la vida y la fe, las opciones, inquietudes y acciones concretas. Experimentar la vida en una comunidad que nos anima, nos acompaña y nos envía.

Pretendemos que estas cinco dimensiones sean vividas dese nuestra identidad escolapia, al compartir la misión escolapia y el carisma de Calasanz, construyendo un mundo mejor a través de la educación, especialmente para los niños, niñas y jóvenes pobres.

La preparación y el acompañamiento de este proyecto se han ido actualizando durante los últimos años para fortalecer y asegurar el proceso personal de cada participante. De esta forma, este plan reúne una serie de materiales y recomendaciones para trabajar la preparación de cara a la experiencia y la integración de la misma en la propia vida a la vuelta. Este proceso se propone a todas las sedes de la Fundación Itaka-Escolapios para conseguir que sea una experiencia significativa para los que participen de ella.

Desde un primer momento, es necesario que estén claros los objetivos y planteamientos que se explican a continuación para que coincidan con las motivaciones y expectativas de las personas que están interesadas en comenzar el proceso que ofrece el proyecto SAL.

«Cambia, todo cambia». Así se expresan Julio Numhauser, Mercedes Sosa, Ismael Serrano, etc. al cantar una de las canciones más hermosas de la música latinoamericana, titulada Todo cambia, original del grupo chileno Quilapayún. Para mí, esta no es una canción más, sino aquella que refleja de forma más fiel mi experiencia de Dios durante el Proyecto Sal. Me gustaría que me acompañarais a lo largo de este artículo al son de esta canción, llena de vida y de profundo significado para mí. Quisiera contaros cómo he vivido eso de que mi vida estaba hecha para ser cambiada, especialmente desde que hace un año y medio volví de Anzaldo, en Bolivia. Os aconsejo que escuchéis esta canción primero, y después vayáis paladeando poco a poco las siguientes cuatro frases y el párrafo.

  1. Cambia lo superficial, cambia también lo profundo

Cambia lo superficial. El Proyecto Sal, y todo lo que conlleva, me ha ayudado a librarme de la venda de «lo superficial». Entender que en mi vida no soy yo, con mis preocupaciones. Comprender (y apreciar) que somos, con nuestras riquezas y carencias. Sigo descubriendo qué es eso de vivir desde la gratuidad, la amplitud de corazón y la gratitud que nos da el sentirnos amados/as… pero también creo que era un trabajillo que antes o después Dios pondría en mi camino; en mi caso, sobre todo, a raíz de lo que viví en Bolivia. No dejo de pensar que nos perdemos en una sociedad superficial, que enaltece lo propio y menosprecia lo colectivo. ¡Cuánto trabajo tenemos por delante! Si solo pudiéramos contarnos, los unos a los otros, que ayni, en quechua, implica reciprocidad, nos entenderíamos y querríamos un poquito mejor. No sé si más, pero quizás de otra forma, más humana y comprensiva, como Dios lo hace.

Cambiar lo profundo. Menudo reto… y que fácil fue crecer en ello, sin darme cuenta. Qué regalo descubrir que Dios transforma tu corazón y tu vida a través de los otros/as. Allí fui entendiendo mejor que Dios me quería dispuesto, con los brazos abiertos y con el sueño de ponerme al servicio de sus favoritos/as. Saberte «instrumento» de su Reino, porque «la mies es mucha y los obreros pocos».

  1. Cambia el pastor su rebaño

Esta frase siempre me transporta a la parábola de la oveja perdida. Aquella oveja que, sin darse cuenta, se desvió del camino. ¿Quién nunca se ha sentido así? Digamos que yo, sin saberlo, también andaba perdido. No era consciente de hasta qué punto me dejaba guiar por unos valores vacíos. En Bolivia experimenté eso de que Dios sale cada día a reconducirme. Cada momento, con cada persona, me susurraba al oído palabras de justicia, de ilusión, ternura, amor… un amor tan grande y esperanzador que aún me cuesta comprender en su totalidad. El buen pastor se mueve por amor. Así sentí que Dios me guiaba de la mano durante este proyecto. Y lo hacía para no perderme en el «durante», en el «mientras», tan valiosos en la anchura de Dios.

Cambiar el rebaño fue un choque de realidad para mí. El pastor nos quiere a todos/as, pero vive con mucha fuerza en los sometidos/as, los que Eduardo Galeano calificaría de «nadies». Los nadies, los ningunos, los ninguneados… que muestran muchos de los rostros de Dios. ¡Y qué rostros tan hermosos! ¡Cuántas miradas de Dios pude contemplar por tierras bolivianas!

Para mí fue radical saber que tenía algo que hacer con todo lo que estaba viviendo, ¿quería seguir viviendo para alimentar mi «yo» o debía plantearme que mi vida podía servir para algo más? El discernimiento fue un proceso clave desde el que entender que mis manos estaban hechas para servir y cuidar, con mis luces y sombras, miedos e inseguridades… pero sabiéndome acompañado por la comunidad, los niños y niñas bolivianas, y, en definitiva… Dios.

  1. Y así como todo cambia, que yo cambie no es extraño

El mundo no cambiará a menos que nos pongamos en marcha; mejor dicho, cambiará… pero no necesariamente a mejor. San José de Calasanz tuvo esta intuición cuando decidió apostar por los más pequeños del barrio del Trastévere, en Roma. Transformar la realidad, hacer posible lo imposible… son utopías, pero ¡en qué bonitas y esperanzadoras utopías nos embarcamos cuando de ser signo del Reino se trata! Navegamos sobre un barco lleno de sueños y esperanza allá donde se necesita, y en Bolivia descubrí que nuestro barco no tiene como destino solo un país, sino que nuestro viaje se dirige a Dios mismo, y que en ese barco viajamos todos/as: tú, yo… ¡Nadie se queda fuera!

Que yo cambie no es extraño. En verdad, no puedo decir que sea del todo diferente del Iñaki que comenzó el Proyecto Sal. Sí puedo decir que soy MÁS. Y ese MÁS se lo debo a muchas personas. Soy gracias a que he recibido, a que me he dejado acoger y me he enriquecido con la gratuidad de los otros/as. Por nombrar a unas pocas de esas personas: Rubén, Nora, Paula, Sara, Julen, Carlos, Daniel, Isidora, Roger, Marta, Álvaro, William, Karen… Muchos nombres que guardo en el corazón y lo hacen un poquito más acogedor, más valioso y transparente. No puedo evitar que cada una de sus historias me hablen del Dios que revela sus misterios a los humildes y sencillos, del que ama hasta el extremo, del que llora con los pobres y nos envía a trabajar por ellos.

  1. Cambia el rumbo el caminante, aunque esto le cause daño

Cambia el rumbo el caminante. Bolivia ha supuesto un «levántate y anda» en mi vida. Y ese lema es propio del caminante, del que sabe que su vida la tiene que vivir en gerundio, en el «durante» del que hablaba antes. Y creo que no entiendo el mundo de la misma forma, o que al menos me he desviado del camino que creía que iba a seguir antes de empezar el Proyecto Sal. Pensaba que lo tenía todo claro… y resulta que no. Quizás tenía que dejarme tocar por Bolivia para comprender que Dios me está pidiendo otra cosa. Que me deje de tonterías, de excusas y de «me da pereza», para poner en el foco de mi vida a los otros/as. Para ponerle a Él en el foco, sin complejos ni barreras.

Y esto causa daño. Porque rompe con tus esquemas, y con lo que se espera de ti. Causa daño, sí… pero me ayuda a crecer. Aprendí que en la confrontación también se puede crecer. Una confrontación que vivo desde la militancia y el amor (porque el amor debe ser militante, sí), desde el saberme sostenido en las manos de Dios, incluso cuando me despisto y pienso que soy yo mismo el que se sostiene, el que hace, el que trabaja… ¡Cuántos huecos tengo que abrir aún en mi vida a la gratuidad y la acogida…!

  1. Y lo que cambió ayer
    Tendrá que cambiar mañana
    Así como cambio yo
    En esas tierras lejanas

Sería un sinsentido terminar este artículo sin proyectarme hacia el futuro. ¿Qué sentido tiene este «cambia, todo cambia» si no es para cambiar mi vida? Lo que cambió en mí debe dar fruto, y tendrá que hacer que algo cambie mañana. Mientras volvíamos a España pudimos hablar con Antonio Entrena, escolapio en Granada y monitor mío durante muchos años. Cuando le contábamos Rubén Baztán y yo (desde Pamplona) lo que había supuesto Bolivia, nos hizo plantearnos qué queríamos cambiar con esto que habíamos vivido, y nos recordó que «ahora nuestra Bolivia es Pamplona».

Doy gracias a Dios por todas las experiencias que pone en mi camino, y que son signo del Reino y de que eso de «la sal y la luz» no es una mera utopía. Ahora sigo caminando, en gerundio, entre varios proyectos llenos de vida escolapia y cariño que se cuelan en ellos. Sigo cuidando aquellas cosas que descubrí en Bolivia, entregándome como puedo y sé, y cuidando aquello que merece la pena cuidar. También aquí agradezco la presencia en mi vida de muchas personas, que siguen recordándome que «ahora mi Bolivia es Pamplona» (grupo de Oasia, Bidean, Ikaskide, Comunidad, etc.) que me sostienen y envían a compartir mis dones con una mirada limpia, con unas manos dispuestas. Efectivamente, «cambia, todo cambia»” y lo que Dios ha ido transformando en mí espero que no me acomode, que pueda seguir entendiendo que la recompensa no es el destino, sino el camino que transito en comunidad, en Dios. Cuánta razón tenía Mercedes Sosa cuando cantaba como cantora, al servicio de los oprimidos. Ojalá sigamos cantando, alzando la voz con su misma garra y horizonte, por los favoritos/as de Dios.

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