Mascarilla – Mª Angeles López Romero

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Con cierta perplejidad, cuando no escepticismo, hemos seguido en las últimas semanas el progreso del coronavirus surgido en la localidad china de Wuhan y extendido ahora por medio mundo. Casi 15.000 casos de contagio confirmados y más de 300 muertos (a la entrega de este artículo) no son, sin embargo, las cifras más preocupantes de cuantas amenazas sanitarias se han producido en los últimos años, no digamos si ponemos cierta perspectiva histórica en la comparación. Pero la globalización de la información y del transporte han propagado la voz de alarma. Y así, basta pasearse por cualquier aeropuerto para comprobar que el uso de las mascarillas preventivas se ha extendido mucho más allá de las fronteras del gigante chino, epicentro de la epidemia.

Tan fácil ha sido adoptar su uso que la moda, siempre atenta a las tendencias sociales para apropiarse de ellas y sacarles rédito, ya ha incorporado esta prenda a alguno de los looks que hemos visto en alfombras rojas como la de la entrega de los premios Grammy. Eso sí, cuidadosamente diseñada a juego con el resto del outfit… ¡Que nada quede a salvo de la frivolidad!

Y se podría pensar que el uso cada vez más extendido de esa pieza de papel o tela para protegerse del contagio en los lugares de tránsito no tiene tampoco más importancia. ¿Por qué no tunearla para llamar la codiciada atención de público y medios en un evento social? Al fin y al cabo, ¿quién no tomaría medidas preventivas si supiera que con ellas evita la posibilidad de contagiarse de una enfermedad que, aun en cifras muy bajas, puede provocar la muerte?

El problema no está en la mascarilla física, sino en su significado metafórico que está materializándose ya en una peligrosa tendencia: la de aislar a quienes vienen de China y evitar su acceso a bares y otros locales públicos. Ya hemos podido verlo en las noticias como algo anecdótico, que puede que pronto se convierta en tendencia contagiosa de tan vertiginosa expansión como el virus en sí mimo.

Vivimos en tiempos de mal entendida protección. Tiempos en los que, ante la mínima sospecha de pérdida de bienestar, individuos y colectividades nos blindamos. No importa que el objeto de blindaje sean las fronteras frente a la inmigración irregular, el vecindario frente a la diversidad cultural, la tradición frente a la diversidad de género, la convivencia en el aula frente al diferente, La opinión política propia respecto de la del que consideramos adversario, el pensamiento propio frente al criterio ajeno… y un largo etcétera que casi podría llegar al infinito y al que podríamos ponerle multitud de apellidos.

También dentro de la Iglesia, sí. Como si de las escuderías que compiten en un premio de la Fórmula 1 se tratara, indagamos buscando el sello que marca a cada ganadería y abrimos o cerramos las puertas de nuestras comunidades o de nuestro corazón en función de si son «de los nuestros» o no lo son.

Y el que esté libre del pecado de la intolerancia, la xenofobia y la exclusión, que tire la primera piedra. Me temo que, más bien, seremos legión los que, en lugar de piedra, tiramos de mascarilla a las primeras señales que advierten de contagio. Igual que hizo Jesús con los leprosos, ¿no? Exactamente igual.

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