Marcar la diferencia desde Jesús Maestro – Fidel Oñoro

“Ustedes me llaman ‘el Maestro’ y ‘el Señor’,
y dicen bien, porque lo soy”
(Jn 13,13-14)

Esta es quizás una de las frases de Jesús que más resuenan cuando se trata de él como “maestro”. No es una afirmación aislada ni casual. Que Jesús haya sido un educador es algo evidente. La memoria de Jesús sedimentada en las primeras tradiciones hasta las que toman cuerpo biográfico, así han querido retenerlo. Es verdad que ser maestro no lo es todo, pero cuando uno lee los evangelios le queda difícil imaginar a Jesús de Nazaret llevando a cabo su misión de otra manera. La memoria biográfica de Jesús se empeña en narrarlo como el que “predica y enseña” al pueblo (Mt 4,23; Mc 6,34; Lc 4,15; 8,1, etc); como el que conduce un proceso de discipulado congregando, educando y enviando a sus elegidos (Mc 1,16-20; 4,10-12; 6,6b-12; cf. Hch 10,39-43); como el que sostiene diálogos vivamente didácticos (Jn 3,1-21; 4,1-42; 11,1-40; 13,31-16,13; 21,15-19); como el portador de una enseñanza autoritativa que poco a poco se convierte en motivo de controversia (Mc 12,14). Incluso a la hora del juicio que lo lleva a la condena de muerte su actividad como “maestro” sale a relucir (“Solivianta al pueblo con sus enseñanzas por toda Judea, desde Galilea, donde comenzó, hasta aquí”, Lc 23,5; “He enseñado siempre…”, Jn 18,20). Los relatos pascuales lo siguen presentando como educador (Lc 24,13-35.44-49; cf. Hch 1,2-4) y sus palabras finales encargan la tarea de educar (“Vayan… hagan discípulos… enseñándoles” (Mt 28,19-20; Cf. Lc 24,47). Al final nos enteramos de que en esta actividad Jesús ha contado con una mediación divina (“después de haber instruido por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido”, Hch 1,2).
En fin, es una peculiaridad que acompaña la vida de Jesús de un extremo al otro: el evangelio de Lucas se permite anticipar este rasgo de Jesús al tiempo de la infancia al narrar su debate con los maestros en el templo, retratándolo desde entonces como un maestro que suscita admiración (Lc 2,46-47). Extendiendo la visión, sabemos que dichos de Jesús transmitidos por Pablo provienen siempre de su actividad didáctica y que los Padres apostólicos Ignacio de Antioquía (Efesios 15,1; Magnesios 9,1) y Justino (Apología I, 19,7) también le dan a Jesús el título de “maestro”. Valga agregar que es también el dato que proviene desde el punto de vista externo, las pocas palabras que conocemos del Testimonium Flavianum sobre Jesús, lo perfilan como “un hombre sabio” y un “maestro” (Antigüedades Judías 18:63). El impacto de Jesús como maestro en las primeras generaciones cristianas fue grande y en su estilo inspiraron el propio.
Todos estos datos nos proveen los elementos para reconstruir la espléndida imagen de Jesús educador, en cuanto arista de su “identikit”. Como sabemos, los estudios bíblicos han encontrado aquí un buen terreno para la investigación y en los últimos años varias publicaciones han venido perfilando cada vez mejor el retrato de Jesús como “maestro” y el iter formativo en cada uno de los evangelios4.
En lo que no se llega a consenso es sobre el tipo de educador que Jesús fue con relación al contexto histórico, asunto que la investigación sobre el Jesús histórico ha intentado aclarar. Lo han comparado con los rabinos, pero al final Jesús resulta distinto en aspectos fundamentales, sobre todo en su inédita autoridad, ya que no pide la adhesión a la Toráh sino a él. Con los líderes de movimientos proféticos fundadores de escuelas, pero su predicación y autoconciencia no encaja con la de ellos. Con los maestros de la escuela filosófica cínica, pero resulta una reducción enorme porque no es el típico “sabio” de vida rudimentaria e itinerante que solo busca enseñar a vivir. Con la figura del maestro-líder de la comunidad de Qumrán, pero las señas de identidad no coinciden. Es verdad que pueden encontrarse puntos de contacto, razón por la cual se han planteado estas hipótesis, pero los estudios han mostrado que Jesús no encaja con ninguno de los modelos que le eran contemporáneos, más aún, no solo no cuadra con ninguno de los referentes conocidos sino que toma distancia e incluso directa o indirectamente los pone en tela de juicio.
Pues bien, Jesús marcó la diferencia porque estaba dotado de una singular autoridad que sobrepasaba la dimensión profética y carismática, pero ante todo por la manera como esta se transparentó en su estilo, en su manera de entablar relaciones. Quiero decir que la singularidad de Jesús como maestro no se extrae solamente de los aspectos distintivos de su pedagogía, lo que ya de por sí es supremamente interesante, sino ante todo de la manera como se vale de ella al transformar este tipo de relación particular que es la educativa en una experiencia salvífica. Exceptuando aquellos que deliberadamente lo rechazaron, ninguno de los que entraba en contacto con Jesús volvía a ser igual. Si hay algo de lo que no podemos dudar con relación a su primer impacto entre la gente es que Jesús era una persona tremendamente atractiva, fascinante; después, claro está, en la medida en que va asociando su causa con un destino mortal, la cosa se va poniendo exigente. Jesús se jugó el ser maestro en los rasgos de su persona y por eso podía ser al mismo tiempo el maestro y la lección. Esta realidad está enunciada desde los primeros relatos cuando dice “sigan-me” (Mc 1,17); en este “me” sitúa el eje norteador, Jesús no pone al frente una doctrina o un programa sino únicamente la persona de él. Y este referente es también el punto de llegada del discipulado: su seguidor “cuando esté perfectamente instruido será como el maestro” (Lc 6,40).
Es llamativa esta manera de entender la educación, no planteada en términos de transmisión de saberes ni de desarrollo de competencias para la pericia misional sino fundamentalmente de la construcción de una identidad al interior de una interrelación intensa. El camino escogido por Jesús para ello fue el del encuentro. Pero no se vale de un esquema sino que lo crea con cada persona, hace de cada escenario una ocasión, no aparece preocupado por un escrito para fijar la memoria, más bien provoca acontecimientos inolvidables; recorre en cambio la vía de la oralidad, del diálogo, de la pregunta, del permitir aflorar situaciones dolorosas o expectativas hondas, del poner en crisis o de la acogida paciente de ella, permitiendo aflorar todo tipo de lenguajes. Encuentros que en el espacio del accidentado terreno de la geografía humana hacen presente el Reinado de Dios. Hay una nueva manera de ser maestro que se refunda en la persona de Jesús.
Vamos a verificar lo anterior en al menos tres textos que ordenamos como un recorrido por dicha diferencia en tres pasos: (1) a partir de Mc 1,22, Jesús como maestro que provoca cambios; (2) a partir de Mc 1,15, Jesús como maestro generador de experiencias “marcantes”; y (3) a partir de Jn 10,1-18, Jesús pastor educador en la trayectoria de una vida.
1. Jesús como maestro que provoca cambios
“La gente quedaba asombrada de su doctrina, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas” (Mc 1,22).
En las narraciones evangélicas vemos cómo el auditorio se encargó de anotar que Jesús no era un maestro como los demás (Mc 1,22.27; cf. Mt 7,28-29; Lc 4,31.37; cf. Jn 7,46). Este el primer motivo de admiración por Jesús en el evangelio de Marcos, el cual le atribuye honor.
Marcos sitúa la escena justo al comienzo del primer día de escuela de Jesús. Una vez que ha expuesto kerigma (Mc 1,14-15), escenifica la llamada de los primeros discípulos en el mar de Galilea (1,16-20) y a continuación un día misionero de Jesús en Cafarnaún (1,21-34), ya con la compañía de discípulos (plural comunitario: “entraron en…”, 1,21). La primera actividad es, pues, la enseñanza en la sinagoga en un día de sábado (“se puso a enseñar”, 1,21) . Subrayamos enseñanza. Desde el punto de vista escolar la situación no puede ser más extraña: un endemoniado es miembro del auditorio que cada semana escucha la Palabra de Dios y celebra la fe de Israel. Las dos paradojas que afloran son: el demonio como miembro –quizás habitual- de la asamblea santa (y en un lugar santo) y la ineficacia de los maestros que cuentan con la Palabra de Dios y sus –también quizás- recursivas explicaciones y exhortaciones.
Y así Jesús comienza su enseñanza afrontando el caso más difícil posible, el de un aparentemente “incambiable”. La distinción que se hace entre el verbo “enseñar” (didask) y el sustantivo “enseñanza” (didaj) nos da una pista de sentido: (1) en cuanto al “enseñar” se omiten su discurso a la asamblea (como ocurre en Lc 4,16-30), pero somos informados de que lo hizo a través del exorcismo, mediante el cara a cara con el espíritu inmundo, fue una enseñanza actuada; (2) la “enseñanza” aparece en el punto de vista de la gente que al presenciar el hecho hace la inferencia, ésta no resulta contenida en la explicación teórica de un pasaje bíblico y su consecuente exhortación ética a la fidelidad a Dios, sino en el hacer presente la actuación liberadora divina. Fue de esta manera como Jesús comunicó ese primer día la buena nueva en una sinagoga. Lo que el auditorio reconoce en Jesús es su capacidad de ser mediación en la transformación de una persona, por tanto es la manera de enseñar la que resulta siendo contemporáneamente la exposición de la doctrina.
Esta ruptura del paradigma educativo puede ser considerada programática para el resto de sus acciones para el evangelio de Marcos. Aunque nunca deja de ser el maestro que expone con autoridad la doctrina nueva (Mc 1,27) solo tomamos conocimiento de dos discursos (Mc 4,3-32; 13,5-37). A la base de su enseñanza está en su actuación, situaciones transformadas en encuentros salvíficos.
Desde este ángulo se afina mejor nuestra cuestión: ¿Qué tipo de maestro es Jesús? ¿Qué maestro es este que impone respeto en el Templo o se muestra tierno con los niños, que encuentra el lenguaje para relacionarse con prostitutas o publicanos, capaz de tratar con gente desequilibrada, frágil, con grandes carencias, con enfermos graves incluso impuros rituales sin sentir repugnancia ni eludir el problema y de encender en activar en todas ellas el punto de partida del camino de una nueva vida?
2. Jesús como maestro generador de experiencias “marcantes”
“El tiempo se ha cumplido…” (Mc 1,15)
La respuesta a la pregunta que acabamos de hacer la podemos buscar en la primera línea de lo que se ha denominado el “kerigma” (o programa o causa) de Jesús: “El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca” (Mc 1,15a; Mt 4,17; Lc 4,43). Con la expresión “reino de Dios que está al alcance” entendemos que hay una perspectiva definida desde la que Jesús da cauce a su actuación y la expresión “el tiempo se ha cumplido” entendemos el tipo de incidencia que tiene esta praxis de Jesús. Las expresiones se sintetizan en “Buena nueva”, a ella se es invitado a adherir y en ella se apoya un acto de conversión (Mc 1,15b).
Referente del acto educativo de Jesús es el evangelio, la obra de Dios. Jesús pone al alcance la obra creadora de Dios, el hacedor del hombre, como el “cumplimiento” de un tiempo, como el vértice de las acciones desplegadas por Dios en la historia humana y testificadas por la fe de Israel; pero esta es la cumbre, la que está cargada de su máxima cualidad.
Jesús coloca, entonces, su praxis educativa en el ámbito de un distintivo de lo humano que es el tiempo: hace de una porción de tiempo transcurrido (kronos) un tiempo del sentido o de la resignificación (kairós) en la historia de una persona. El “kairós” es el tiempo en que se despliegan esos dinamismos humanos que activan el sentido, es el tiempo realmente significativo, marcante, que va quedando registrado en nuestra memoria, que define la orientación de nuestra vida y que nos da las pautas para dar razón de lo que somos. Todos en la vida recordamos tiempos marcantes (un retiro, el noviciado, una enfermedad, etc.), en lugares marcantes y gracias a personas marcantes. ¿Quién no recuerda un buen maestro o a algunas de esas personas cuya presencia fue determinante para nuestra visión de la vida, para varias de nuestras decisiones y gracias a las cuales hoy somos lo que somos?
Pues bien, el desempeño de Jesús maestro se entiende desde este registro: “el tiempo se ha cumplido”. La narración del evangelio se encarga de mostrar cómo nadie quedó indiferente ante la persona de Jesús, el estar con Jesús marcó la vida de las personas, particularmente de sus discípulos. El Jesús que está a la raíz de las tradiciones evangélicas fue una persona marcante, que creó espacios educativos marcantes e inolvidables. La razón por la cual se ha conservado la memoria de Jesús en los evangelios es esa, ellos en cuanto memoria narrativa transmiten los encuentros con Jesús como verdaderos acontecimientos. En la primera hora de la memoria de la Iglesia está un discipulado de los doce o de los setenta y dos y sus compañeros, en fin, de los amigos de Jesús, un tiempo que oscila apenas entre uno y dos años, pero que nunca olvidaron porque ese tiempo transcurrido con Jesús resignificó sus vidas para siempre.
Dentro de este orden de ideas la educación según el evangelio se entiende como la dinámica interna que se produce en un lapso de tiempo (kronos) y el tipo de relación que la provoca y que eventualmente se convierte en “kairós” generador de una vida buena y bella, paso de Dios y evento salfívico que reconstruye la vida desde su real fundamento y que activa los mecanismos motivacionales y pone a disposición los recursos para transitar la historia de una vida sobre el riel de un proyecto de realización humana plena. El acto educativo se valida por su capacidad de hacer crecer mediante estos pequeños saltos cualitativos, que ocurren siempre pero sobre todo en determinadas situaciones que catalogamos como educativas. En consecuencia, ser maestro a la manera de Jesús es ser junto con él una persona marcante, que genera espacios educativos marcantes y que media salvíficamente en la construcción de la identidad que cada uno está llamado a ser, ser hombre.
Es lo que vimos ahora en la escena de Cafarnaún, por medio de la liberación de la alienación del mal Jesús hizo de ese hombre que llevaba tanto tiempo en las bancas de la sinagoga, un ser plenamente humano. La autoridad de Jesús quedó reflejada en su capacidad de hacer operativa la doctrina novedosa de Dios que se ha aproximado creadora y creativamente. Jesús es diferenciado de los que simplemente hablan de Dios, porque él visibiliza a Dios en su humanidad, en su manera de ser17. Jesús no juega a ser hombre, en su estilo humanísimo está la clave de que muchas personas se abran al Dios del reino: “el modo en que Jesús encuentra las personas, diferenciando siempre sus relaciones, haciendo confianza al otro y mostrándose confiable, capaz de escucha y de acogida, siempre presto a hacer emerger el bonum que descubre en cada uno, capaz de una palabra fuerte y honesta (‘Jamás un hombre ha hablado así’, Jn 7,46)”. No se necesita repetir en cada página la enseñanza fundamental de Jesús porque en cada encuentro él está conjugando el paradigma verbal “Dios está cerca… Dios está cerca…” a la par de los verbos que cuidadosamente narran sus actitudes.
Permítanme un paréntesis. Es verdad que el acto educativo en su conjunto se juega a partir de aspectos que podríamos llamar técnicos (administrativos, curriculares, marcos filosóficos, reglamentares) y que son obviamente necesarios, pero ¿no es verdad también que, en la práctica, esos momentos “marcantes” ocurren casi siempre extra-curricularmente, en momentos no programados, casi de improviso, cuando se dan ciertas condiciones que provocan “insigths” inesperados que iluminan la vida en su dimensión humana o espiritual?
Refiero nada más un caso, y disculpen que no lo tome del santoral escolapio. Cerca de donde vivo actualmente, nació una joven muy humilde que se acercó a una Congregación que tiene el carisma de la educación. Trabajando para las religiosas en la cocina descubrió también su vocación para ser maestra. Con dificultad fue recibida porque no daba el nivel intelectual ni tenía el porte, su apariencia no tenía gracia, e incluso se planteó la duda para admitirla porque no era considerada del mismo nivel de sus más competentes hermanas; pero, eso sí, era muy piadosa y de tonta no tenía ni un pelo, de manera que profesó y la dejaron toda la vida en la cocina. Pues resulta que esta hermana ha sido beatificada y no así ninguna de sus hermanas, siendo considerada ella modelo de educadora. Ocurría que cuando las niñas salían al recreo corrían a la cocina a buscarla y en cuanto ella meneaba la olla marcó más la vida de una buena cantidad de ellas. Con el solo hecho de saber escuchar, de facilitar espacios de confianza para que se abrieran los corazones, con palabras precisas que interpretaban bien el alma de cada persona y le abrían caminos, esta monja fue una gran educadora.
Volvamos al evangelio. Después del anuncio del kerigma Jesús llama a cuatro pescadores para seguirlo, éstos le responden con prontitud. Siempre ha causado extrañeza esta prontitud. Como bien anota K. Stock, a la pregunta ‘¿Quién puede dar tal orden?’, corresponde la otra ‘¿Quién merece tal confianza? La fiabilidad de Jesús pareciera estar relacionada con su manera de exponerse y se capta en su estilo.
Permítanme hacerle eco a la afortunada síntesis que L. Mannicardi hace sobre el “estilo” de Jesús: “Jesús aparece como el hombre de la humanidad cálida, hombre de convicciones arraigadas y radicales, audaz, capaz de humanizar la fe frente a una práctica religiosa que corría el riesgo de confundir los medios con los fines, inteligente sea en la interpretación de las Escrituras sea en el captar con respeto las profundidades del ánimo humano, difidente ante los tabús y las creencias que ofuscaban la humanidad del hombre y el rostro de un Dios que él llamaba con confidencia ‘Abbá’. En el corazón de los evangelios, la humanidad de Jesús educa nuestra humanidad”.
Pero, nos preguntamos todavía, ¿hay alguna manera de observar cómo nace, se desarrolla y culmina esta intensa relación educativa? ¿Existe alguna página donde podamos observar atentamente este estilo de Jesús como un proceso de principio a fin?

3. Jesús pastor educador en la trayectoria de una vida
“Yo soy el buen pastor…” (Jn 10,11)
Abordamos la última pregunta. La respuesta es positiva. Esto sólo podía lograrlo un evangelio de la síntesis teológica y contemplativa como lo es Juan, quien tiene la virtud de condensar en una página, registrado como en un precioso cuadro de conjunto, el arco entero de una vida y al mismo tiempo de permitir el desglose de lo que pueden considerarse los rasgos de carácter de Jesús maestro. Me refiero a la alegoría del Buen Pastor en Juan 10,1-18.
La metáfora del pastor es adecuada para describir a Jesús maestro, porque se enfoca esencialmente en la dinámica relacional que él establece. Aún en términos generales puede observarse cómo, por una parte, se ocupa de describir cómo una persona acompaña las etapas de la vida de una persona, y por la otra delinea la evolución interna de la auto-comprensión que tiene el acompañante. Ambos crecen, ambos se juegan la vida y se resignifican a sí mismos en este proceso. Y aquí el protagonista es Jesús (“Yo soy el buen pastor”).
Tres premisas nos pueden ayudar a entrar en el mundo de texto:
Si nos remontamos hasta el comienzo del evangelio veremos que Jesús antes de llamarse pastor es llamado cordero (Jn 1,29). La imagen tiene una connotación sacrificial, en cuanto predicado es que “quita el pecado del mundo”; pero hay otra connotación la precisión “de Dios”, es decir, que el Padre es su pastor. Esto es lo que enfatiza el Bautista en Jn 1,36 cuando recorta la frase al presentar a Jesús a sus discípulos. Pues bien, el que guía a otros también es guiado. Para ser buen pastor hay que ser primero buena oveja. De esto se ocupan los primeros capítulos del evangelio.
El antecedente inmediato de la alegoría del buen pastor y, de hecho, continuación de dicho episodio, es la curación del ciego de nacimiento (Jn 9,1-41). Este termina con una confrontación de Jesús con los maestros de Israel, a quienes Jesús declara “ciegos”, inhabilitados para dirigir (9,4041). Estos han puesto en paralelo a Moisés, considerado el maestro de Israel, y a Jesús, en torno al tema de su origen: “a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde es” (9,28); así acreditan al primero y desacreditan al segundo (9,28), se alinean ellos como discípulos de Moisés y al ciego de nacimiento como discípulo de Jesús (9,27) y, en consecuencia, expulsan al ciego de la sinagoga (9,34). Cuando está en esta situación de oveja sin redil, Jesús viene al encuentro del ciego sanado, se ocupa de él y ante sus adversarios expone la alegoría del buen pastor. El trasfondo de la alegoría es el panorama oscuro de estos maestros que son los verdaderos ciegos.
La alegoría tiene tres partes: 10,1-5-.(6).7-10.11-18. Las tres partes están hilvanadas por la manera como se posiciona el pastor frente a la oveja y sigue un proceso escalonado que marca tres tiempos consecutivos. La actividad de “sacar las ovejas” del redil remite a una actividad matutina (10,3). Desde aquí se proyectan de manera global tres momentos del día: la relación pastor-oveja por la mañana (10,1-5), a lo largo de la jornada (10,7-10) y al atardecer (10,11-18). Sobre este arco de una jornada de trabajo se asoman señas distintivas de Jesús maestro situándolas en el arco progresivo de una vida.
Veamos lo esencial de cada etapa.
3.1. El pastor por la mañana (Jn 10,1-5)
La mañana, el punto de partida del proceso, es presentado como el tiempo de la identidad, ya que responde en primer lugar a la pregunta: ¿quién es? (dos veces el verbo “ser” en el v.1.2). Lo primero que ocurre es una definición de quién es el verdadero pastor (10,1-3a) y cuáles son las acciones distintivas en el ocuparse de la oveja (10,3b-5), de paso se define también qué caracteriza a la oveja. Los dos actores quedan puestos sobre el escenario.
La identidad del pastor se delinea en confrontación con la de otros personajes, primero en negativo (un “ese no es”) y luego en positivo (“ese es”). En la definición de identidad siempre se necesita un referente externo (en relación con un otro). Pues bien, primero se descarta lo que no se es. El punto de referencia visual es la puerta del redil, se puede acceder al redil por ella o por otro lado. Entrar por la puerta implica exponerse, dejarse conocer; la alternativa es el escondimiento que aquí se califica como seña de identificación más bien de un ladrón o un salteador, es decir, de uno que esconde otras intenciones porque son dañinas, para sacar ventaja. La transparencia es condición fundamental, es presupuesto, sobre el cual se construye el proceso educativo que viene, porque activa el botón de la confiabilidad; ninguna relación puede ser constructiva si no se apoya en la fiabilidad que proviene del reflejo de la limpieza de las intenciones. Esta primera línea de la alegoría discierne a partir de este criterio. Pero esto solo no basta, se requiere que otra persona lo acredite.
Es aquí donde el pastor se confronta con el portero, es él quien, reconociéndolo como tal, lo hace entrar. ¡Qué difícil es pasar por este proceso de acreditación, pero es necesario! Tampoco Jesús se presentó por sí mismo, siempre se remitió a uno que lo enviaba y lo acreditaba con indicadores precisos; tampoco entró por su cuenta, hubo un Juan Bautista que dijo de él: “Yo lo he visto y doy testimonio de que ese es…” (Jn 1,34).
El proceso de la configuración de la identidad no ha terminado, enseguida en relación directa con la oveja hay tres verbos que hacen paso del “ser” al “hacer” (Jn 10,3b-5). Al frente se colocan las ovejas, quienes se caracterizan como sus oyentes. El pastor “las llama una por una”, las “saca fuera” y finalmente “camina de ellas” (10,3c-4). En el traslado de la oveja del encerramiento del redil a los campos a cielo abierto del pastaje hay proceso que puede tener algún contacto con el pascual. La consideración de Jesús por cada persona (“una por una”), frecuente en los sinópticos pero sobre todo en Juan, es rasgo distintivo de la pedagogía de Jesús, quien descubre el mundo de la identidad y de la historia personal de cada persona, como anota el evangelista: “no necesitaba que alguien le dijera cómo son las personas, pues él conocía lo que hay en el ser humano” (Jn 2,25). ¿Será casual que en la mañana de la resurrección María Magdalena haga el reconocimiento de Jesús justo cuando este la llama por su nombre y que esta responda llamándolo “Maestro” (Jn 20,16)? El conocimiento de la persona es un código de conducta de este maestro revestido de pastor. Luego el verbo “sacar”, que aparece dos veces, nos recuerda en el contexto inmediato el giro en la situación que ha ocurrido con el ciego de nacimiento y, por esta vía, nos recuerda las actuaciones salvíficas de Jesús. Finalmente el “caminar delante” y el “seguir” por parte de las ovejas, nos recuerda el vocabulario del discipulado en los sinópticos, donde esta precedencia del maestro recuerda cuán referencial él es.
Las ovejas, bien conocidas por él, no solo “escuchan” su voz sino que la “conocen” (10,3b.4b) y así se dinamiza su seguimiento. Sobre esto de la escucha hay mucho para decir. Pero otro elemento fundamental aparece aquí como conclusivo de la primera parte. La oveja es educada para el “discernimiento”: sabe distinguir y elegir a quien seguir y de quién huir (10,5). Permítanme decirlo con otras palabras, cuando en las situaciones diversas de esta vida en la que hay de todo, una persona no se pierde en la marea de las modas globales ni se deja gobernar por las presiones ambientales sino que sabe reconocer con criterio qué le conviene realmente y qué no, y luego actuar en consecuencia aún contra la corriente, los responsables de su educación pueden dormir tranquilos, han cumplido con la primera de las tareas del educar para la vida.
Resumiendo, en esta primera parte la alegoría contada por Jesús ha identificado al verdadero pastor (quién es y quién no es) y se ha puesto en marcha un proceso de seguimiento provocado por el “llamar”, “sacar” e “ir delante”, y sostenible en el tiempo por la escucha asidua y el discernimiento. En cada uno de estos aspecto se pueden verificar muchos de los comportamientos distintivos de Jesús como maestro.
3.2. El pastor a mediodía (Jn 10,7-10)
Es el tiempo de la puesta a prueba cuando llega la hora de la fatiga y la adversidad, que saca a relucir las mejores competencias. Esto del “mediodía” puede sonar extraño pero enseguida se va a explicar. Lo primero que notamos es que hay un giro en el referente metafórico, el pastor ya no entra por la puerta sino que él es la “puerta de las ovejas”, que se entiende evidentemente como puerta del redil. ¿Se ha regresado al punto de partida? Hay datos que sugieren otro contexto. Hace poco las ovejas fueron descritas en su salida al campo y en su deambular siguiendo al pastor. No es difícil imaginar lo que viene: después de media jornada en una tierra semiárida, de piedras calcinadas por el sol, el pastaje tiene su pausa, es tiempo de rumiación del alimento, pero también de situación de riesgo para ovejas expuestas. Quien se permite andar un poco hoy por parajes de Judea puede encontrarse en los ambientes beduinos con una escena de tradición dos veces milenaria; puesto que los rebaños no vuelven a casa hasta el atardecer, unos improvisados cercos de piedra de poca altura y sin techo las protegen, en el boquete de la entrada se recuesta el pastor.
Este escenario posible ilumina las tres afirmaciones que siguen y que caracterizan al pastor en esta etapa, que ya supone un proceso avanzado. Las afirmaciones son (1) “estará a salvo”, (2) “entrará y saldrá” y (3) “encontrará pasto” (10,9). Notemos aquí como el “pastor/puerta” se distingue porque transmite seguridad siendo mediación de salvación, porque abre un espacio de libertad responsable y por su creatividad. Admitiendo como válida la expresión, a partir de aquí emerge un alto nivel de auto-conciencia del pastor.
Permítanme otro paréntesis. Se me vienen espontaneas las preguntas, ¿inspiro confianza y me ven como referente seguro a quien acudir? ¿Me descompongo cuando las cosas se salen de lo previsto? ¿Soy capaz de “reinventarme” cuando los métodos que conozco dejan de funcionar? Permítanme acentuar lo último, precisamente cuando se han agotado los recursos el pastor que ha mostrado como “verdadero” es presentado como “competente”: encuentra pastos donde no hay. Extendiendo un poco el paréntesis permítanme decir que sonaría extraño que una persona diga “ya he dado todo lo que tenía, no tengo más para dar” o “esta gente no es como la de antes, me da muchos problemas”; la lamentación sobre las personas que están bajo nuestra responsabilidad hiere gravemente el sentido de la misión. ¿Suena bien que un médico se queje porque la gente se enferma? Las nuevas situaciones nos ponen a prueba, lo que se espera de uno es que explore respuestas, que mire hacia delante con ilusión y que le abra caminos a la gente. Pastor es el que se la juega toda para sacar adelante y proyectar un camino en dirección de la vida en abundancia. ¡Qué fuerte es esto del “encontrar nuevos pastos”, del no dejar apagar la creatividad!
Es claro que se han pintado situaciones que no dependen del pastor, pero esto no lo exime de la actitud responsable que proviene de la conciencia de cuál es su misión. En esta hora del peligro en que asoma el depredador, Jesús hace un parangón con las expresiones “el ladrón solo viene a…” y “yo he venido para…” (10,10). El listado de las tres acciones dañinas del ladrón que acecha la oveja indefensa (“robar, matar y destruir”) se contrapone con la única y benéfica de parte de Jesús que es “dar vida”, con el subrayado de “en abundancia” (entiéndase no solo como cantidad sino como calidad). Por segunda vez, pero en un nuevo contexto, el pastor se contrapone al ladrón que sólo sirve a sus intereses, radical diferencia que ahora se plantea en los escenarios opuestos de servicio a la “muerte” y servicio a la “vida”. El pastor sabe qué batalla está librando, para qué está luchando, en qué gasta sus mejores energías.
3.3. El pastor al atardecer (Jn 10,11-18) o “la excelencia del pastor-educador”
Llegamos a la cumbre, donde la perfección del proceso está en el amor.
Hemos visto cómo se inicia el proceso, cómo se sostiene, veamos ahora cómo culmina. Lo dice la expresión que enmarca la sección: “dar la vida” (10,11.17-18). No se trata de gastar energías por sino de entregar la vida entera por las ovejas. El pastor que ha sido cualificado primero como “verdadero” y luego como “competente”, solo ahora se puede llamar “bueno”. Y aquí está el punto clave: su excelencia no se mide por la calidad de su desempeño sino de su personalidad.
Aclaremos esto. Las traducciones dicen “buen pastor”, sin embargo Jesús no usa el término griego “agathós” (bueno) sino “kalós” (bello), por lo tanto no se refiere a una bondad moral –lo que ciertamente no se excluye– ni tampoco a su eficacia en las tareas –lo cual se da por supuesto– sino ante todo y fundamentalmente al atractivo de una personalidad buena y bella, eso que se capta en el trato. Este es ciertamente un calificativo que encaja plenamente. “Ho poimén ho kalós”, hay una cierta fascinación que emana en la personalidad de Jesús que no pasa desapercibida. Jesús encarna esa vida buena y bella de la cual es mediador salvífico en favor de la humanidad deteriorada que encuentra a su paso. Más sorprendente aún es que Jesús se llame bueno sólo al final, no cuando hace muchas cosas por la gente sino cuando está de manos clavadas en una cruz. Jesús hace más cuando hace menos.
En última instancia, ¿qué es lo que hace a Jesús un maestro “excelente”? La lógica de una amorosa y gratuita donación de sí. El paralelo que hace en esta alegoría con el asalariado (Jn 10,12-13), aquel que está ahí no por vocación ni misión sino por un oficio que provee sus necesidades, saca a la luz lo que moviliza esta donación de sí: (1) su alto sentido de pertenencia, (2) su dedicación de tiempo completo (la presencia), y (3) el considerar la vida de la oveja de mayor valor que la suya. Cada uno de estos tres puntos merecerían una amplia consideración, pero lo dejo a ustedes.
Esta relación “ardiente” del pastor con sus ovejas, que no es fría ni impersonal, que está despojada de cualquier interés personal, está moldeada en la más cordial y personal que puede existir: la comunión del Padre y del Hijo (ver Jn 1,1-3.18). La relación de Jesús con el Padre –su pastor también– no solo motiva (Jn 15,9) sino que también mantiene saludable la relación con los que le han sido confiados..
Un detalle final es que la intensa relación basada en esta consideración y que crece a la par del conocimiento recíproco (Jn 10,14-15), mira hacia un tercero, el Padre Dios, quien aparece veladamente en la alegoría cuando se refiere a “un solo pastor” (Jn 10,16). Se trata de una relación más amplia. Es con él, de quien procede la misión (10,17-18), con quien Jesús pastor educador pone finalmente en relación por medio de su camino pascual. El pastor en última instancia es el Padre.
En esta página de Jn 10 que hemos leído vemos cómo educar y amar van de la mano. El Pastor-educador que delinea Jesús, y que es él mismo, como claramente diferenciado del que simplemente cumple un oficio, es uno que desde la gratuidad que proviene de la vocacionalidad y desde la absoluta entrega que proviene del estar sostenido por un amor primero y más fuerte, está en condiciones de facilitar a su paso experiencias que marcan crecimiento, proveen de recursos y enriquecen la trama de una historia vida significativa, la de los otros y la propia.
4. Conclusión
Habíamos comenzado con las palabras de Jesús “Ustedes me llaman el ‘Maestro’ y el ‘Señor’ (Jn 13,13), con ellas Jesús concluye el lavatorio de los pies. En este lavatorio Jesús escenificó la inmersión en el amor purificante y transformador de la cruz y sin la cual nadie puede considerarse discípulo suyo (cf. Jn 13,8b). Luego invitó a reproducir su comportamiento con una frase que podemos parafrasear así: “En consecuencia, si yo el Señor y el Maestro he hecho esto con ustedes, también ustedes deben hacer lo mismo unos con otros” (Cf. Jn 13,13-14). Así su manera de actuar se convirtió en paradigma, en imperativo de responsabilidad, su descripción se convirtió en prescripción.
Somos los seguidores de un maestro y siempre es posible ser más Jesús maestro. También nosotros, como él, para este servicio hemos venido. Al concluir este recorrido siento mías las palabas de Simeón el Nuevo Teólogo (+1022), también él educador, quien ante Jesús maestro se declaraba su cooperador y oraba así: “En cuanto a mi oficio, si es que no puedo revestirlo de modo útil, que al menos pueda complacerte y estar a tu servicio. Que no sea rechazado y si lloro que sea solamente, oh Maestro, por mis pecados” (Himno 17).

MATERIAL DE TRABAJO 

MAÑANA
1. «En verdad les digo: El que no entra por la puerta en el corral de las ovejas, sino que salta por algún otro lado, ése es un ladrón y un salteador.
2. El que entra por la puerta es el pastor de las ovejas.
3. El cuidador le abre y las ovejas escuchan su voz; llama por su nombre a cada una de sus ovejas y las saca fuera.
4. Cuando ha sacado todas sus ovejas, empieza a caminar delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz.
5. A otro no lo seguirían, sino que huirían de él, porque no conocen la voz de los extraños.»
6. Jesús usó esta comparación, pero ellos no comprendieron lo que les quería decir.

PREGUNTAS SOBRE EL PASTOR QUE “MAÑANEA”
¿Me trabajo mi identidad de educador católico? ¿cómo?
¿Soy transparente, me dejo conocer, baso mi ser educador se basa en la confiabilidad?
¿Estoy acreditado? ¿quién me acredita? ¿la iglesia me acredita?
¿Me relaciono con los educandos uno por uno, por su nombre?
¿Saco a los jóvenes hacia afuera? ¿de donde los saco? ¿a dónde los llevo?
¿Voy delante de ellos?
¿Enseño en el discernimiento y la autonomía personal?

MEDIODÍA
7. Jesús, pues, tomó de nuevo la palabra: En verdad les digo que yo soy la puerta de las ovejas.
8. Todos los que han venido eran ladrones y malhechores, y las ovejas no les hicieron caso.
9. Yo soy la puerta: el que entre por mí estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará alimento.
10. El ladrón sólo viene a robar, matar y destruir, mientras que yo he venido para que tengan vida y la tengan en plenitud.

PREGUNTAS PARA EL EDUCADOR A MEDIODÍA
¿Inspiro confianza y me ven como referente seguro?
¿Me descompongo cuando las cosas se salen de lo previsto? ¿doy libertad?
¿Soy capaz de “reinventarme” cuando los métodos que conozco dejan de funcionar? ¿o me quejo y no hago nada?
ATARDECER
11. Yo soy el Buen Pastor. El buen pastor da su vida por las ovejas.
12. No así el asalariado, que no es el pastor ni las ovejas son suyas. Cuando ve venir al lobo, huye abandonando las ovejas, y el lobo las agarra y las dispersa.
13. A él sólo le interesa su salario y no le importan nada las ovejas.
14. Yo soy el Buen Pastor y conozco los míos como los mios me conocen a mí,
15. lo mismo que el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre. Y yo doy mi vida por las ovejas.
16. Tengo otras ovejas que no son de este corral. A esas también las llevaré; escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño con un solo pastor.
17. El Padre me ama porque yo doy mi vida para retomarla de nuevo.
18. Nadie me la quita, sino que yo mismo la entrego. En mis manos está el entregarla y el recobrarla: éste es el mandato que recibí de mi Padre.»

PREGUNTAS SOBRE EL EDUCADOR AL ATARDECER
¿Mi vida es fascinante para los muchachos?
¿Entiendo eso de que hago más cuando hago menos?
¿Soy un asalariado?
¿Movilizo la donación de mi desde la pertenencia, la presencia y el considerar al muchacho de más valor que yo?
¿Me dejo pastorear por el padre?

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