MANTENER LA MEMORIA PARA CONSTRUIR EL FUTURO. CONTEMOS HISTORIAS – Chema Pérez–Soba

MANTENER LA MEMORIA PARA CONSTRUIR EL FUTURO.

CONTEMOS HISTORIAS

Chema Pérez–Soba

chema.perez@cardenalcisneros.es

Centro Universitario Cardenal Cisneros

Una de las características que los sociólogos de la religión encuentran en la religiosidad actual es la falta de memoria. Hervieu–Léger escribía ya hace tiempo que uno de los grandes desafíos de las instituciones religiosas en el mundo de hoy era evitar que se acabara de romper del todo el «hilo de la memoria».

En efecto, nuestra sociedad privilegia muchas veces el «ahora» presentista para fomentar el consumo (calma tu necesidad ahora, ya) a través de la palabra mágica «nuevo» («fórmula mejorada» nos dicen para vendernos el mismo producto). Y es normal y puede que hasta bueno.

Pero tiene sus riesgos: por un lado, si todo se tiene que descubrir de nuevo, las generaciones anteriores quedan, evidentemente, descartadas como inútiles. Toda su sabiduría acumulada queda arrastrada por la nueva ola, que sabe mucho mejor qué es el mundo y cómo manejarse en él.

Por otro lado, toda identidad se construye con el recuerdo de lo vivido, tanto personal como socialmente. Somos desde lo demás, somos, de hecho, porque hemos sido cuidados por otros, mayores que nosotros (como nos recordaba Emmanuel Lévinas). Por tanto, las identidades líquidas, constantemente recreadas al paso de la última moda, impiden que las personas forjen raíces, se sientan parte de algo, descubran su propia identidad. Se corre el riesgo, ya señalado hace tiempo, de ser homeless nest, es decir, personas que no saben dónde tienen su hogar, su espacio propio, el sitio que les hace ser quienes en verdad son.

La experiencia cristiana sabe que estamos proyectados al futuro, a construir el Reino que siempre está más allá, que es el sueño de Dios. Pero también es consciente de que, Pueblo en camino, somos herederos de la sabiduría de muchas generaciones anteriores. Romper el hilo de la memoria es romper la traditio, la Tradición con mayúscula, aquello que el Espíritu ha enseñado a las generaciones anteriores y que nos permite orientarnos para caminar hacia el futuro de forma creativa.

Nuestros procesos pastorales están centrados en proponer la identidad cristiana para que el joven descubra dentro de sí la huella de «aquél que le ha visitado» (Martín Velasco) y que le invita a ser quién es, imagen de Dios, llamado a construir el Reino. Y esa identidad es comunitaria necesariamente: no es posible vivir la fraternidad sin hermanos, sin saberse parte de un Pueblo, de una familia.

«Unus Christianus, nullus christianus», decían los Padres de la Iglesia: un cristiano solo, no es cristiano.

​Y para sentirse parte de ese Pueblo, para construir esa identidad creo que es fundamental presentar figuras reales, históricas, de nuestra Tradición. Saber su vida, admirar su vida, sentirse unidos a ellos, ser «de los suyos» ayuda a construir el proyecto de vida del joven, le ayudan a saberse parte de un historia más grande, a la que se siente personalmente llamado.

Hay que contar historias y evitar que nuestros testigos de vida (mártires) queden olvidados. Pienso en figuras que empiezan a desdibujarse en nuestras comunidades en el proceso de correr hacia un futuro que nunca llega. Pienso en Monseñor Romero, por fin reconocido oficialmente como mártir y como santo. Pienso en su homilía del 23 de marzo de 1980, que se puede encontrar en internet con su propia voz, cuando, sabiendo que se jugaba la vida, proclama: «en el nombre de Dios y de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les pido, les ruego, les ordeno ¡cese la represión!». Y pienso en cómo esas palabras proféticas le cuestan la vida al día siguiente. Y cómo el pueblo salvadoreño nunca las olvidó y cómo la Iglesia universal jamás debe olvidarlas.

Pienso en los cientos de catequistas asesinados en esos años ochenta/noventa (puedes leer su testimonio Masacres en la selva, de Ricardo Falla o en La matanza de los pobres en ediciones HOAC), decenas de laicos y laicas, animadores de grupos cristianos, a veces con la edad de nuestros jóvenes, que murieron por fidelidad a la fe y que, pobres hasta para su historias, están siendo olvidados.

Pienso en Maximiliano Kolbe ofreciendo su vida por la de un padre de familia en Auschwitz; pienso los mártires de la UCA, pienso en tantos y tantos relatos que están en nuestra mano, de los que no nos separan miles de años y que corren el peligro de ser tan olvidados como el testimonio de san Policarpo de Esmirna (uno de los primerísimos mártires, que muere con más de ochenta años dando testimonio de su fe).

Aún si formamos parte de una familia carismática hacemos un gran esfuerzo por transmitir nuestra identidad a través del recuerdo de vida y de relatos de nuestro fundador. Y hacemos bien, porque sabemos que esos relatos y símbolos ayudan a cobrar identidad y a que el carisma, regalo de Dios al mundo, permanezca. De igual manera podemos (y debemos) proponer los relatos de vida de muchos de nuestros santos y mártires, para que nuestros jóvenes puedan sentir que les ofrecemos, pese a toda la debilidad de la Iglesia, un camino de Vida plena. Les ofrecemos un proyecto de vida, formar parte de un Pueblo en Misión, de una comunidad pobre, débil y pecadora, pero que se sostiene en la Tradición de sus mártires, de sus testigos.

No podemos perder la memoria. Nuestros procesos pastorales son también procesos de identificarse con una Historia. Necesitamos recordar a los que nos precedieron, contar sus vidas, aceptar agradecidos que recibimos de ellos el testigo del Reino y que, en ellos y con ellos, en la comunión de todos los santos de la historia, de todas las personas de buena voluntad, asumimos libre y gozosamente la misión de llevar a la Humanidad hasta la plenitud del Reino. Contemos historias, mantengamos la memoria, ofrezcamos la sabiduría de vida de nuestro Pueblo.

Hay que contar historias y evitar que nuestros testigos de vida (mártires) queden olvidados.

Nuestros procesos pastorales son también procesos de identificarse con una Historia.

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