MANTENER LA CONSCIENCIA – Santi Casanova

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Nunca hemos estado tan informados. O mejor, nunca hemos recibido una cantidad tan ingente de información. El caso es que no sabemos muy bien qué hacer con ella. Eso sí, el número de usuarios de las redes sociales y el número de horas dedicadas a las mismas no deja de crecer. Parece como si las posibilidades de ser más conscientes del mundo en el que vivimos estén dándose la vuelta y se estén convirtiendo en la sepultura de toda consciencia. Esa es una de las críticas más voraces hacia la red y las redes: más que conectarnos, nos desconectan. Más que hacernos conscientes, nos sumen en un estado de anestesia general.

En la red y en las redes, no todo sirve. Lo siento. Si te pensabas que esto no servía más que para entretenerte, he de decirte que no es así. El bien y el mal también se dan cita en la red. Lo bueno y lo malo, lo valioso y lo que carece de valor. Y dependiendo de las decisiones que tomes, el mundo se estará inclinando hacia un lado o hacia el otro. Tú mismo te estarás construyendo en mejor persona o te estarás deconstruyendo poco a poco. Por eso es importante tener la mente y el corazón despiertos y discernir. La red pide a gritos discernimiento. Y es que la barrera entre lo éticamente bueno y lo éticamente reprobable es fina y a veces confusa.

  • Un ámbito obvio de discernimiento es el tiempo que le dedicamos a las redes. Esa debe ser una decisión que tomar y no algo que me viene dado. Tomar este tema en serio exige de determinación. ¿Cuánto tiempo le dedico? ¿Es éticamente aceptable que lo dedique a navegar en la red en lugar de llevar a cabo otras tareas y actividades? ¿Qué he dejado de hacer desde que le dedico tanto tiempo al móvil o la tablet? ¿Qué se me va quedando por el camino? ¿Es eso bueno? ¿Me hace mejor o peor?
  • Otro ámbito es el del contenido con el que lleno ese tiempo. ¿Juego? ¿Cotilleo? ¿Voy de perfil en perfil de Instagram solo por curiosear? ¿Soy consciente de que lo que tengo delante son personas y vidas? ¿Qué busco en internet? ¿Dedico tiempo a contenidos que no me hacen bien? ¿Pornografía? ¿Violencia? ¿Vídeos virales sin ninguna sustancia? ¿Me hace mejor o peor?
  • Llegamos a las personas a las que sigo, las cuentas y páginas a las que estoy suscrito. ¿Busco información buena y potente que me ayude en mi formación? ¿Hago por estar informado en el mundo? ¿Qué busco en aquellos a los que sigo? ¿Entro en diálogo con ellos, me intereso por ir más allá de un simple clic? ¿Quiénes son? ¿Los conozco? ¿Por qué son influencers para mí? ¿Qué me aportan? ¿Por qué no sigo a otras cuentas y personas? ¿Qué estoy buscando realmente?
  • ¿Y mi imagen? ¿Qué puedo decir de ella? ¿Cómo me presento ante los demás? ¿Cuido mi propia imagen? ¿Reflejo la luz de Dios en mi presencia en la red o doy a entender algo que no soy? ¿Creo una imagen de mí mismo? ¿Miento? ¿Engaño? ¿Por qué? ¿Qué contenido comparto? ¿Qué fotos subo? ¿De qué cosas hablo?
  • ¿Y qué tono utilizo en mis intervenciones? ¿Insulto? ¿Critico? ¿Tiendo puentes? ¿Soy en la red paciente, tranquilo, pacífico? ¿Cómo estaría Jesús en ellas? ¿Creo que construyo o que destruyo? ¿Soy consciente del bien y del mal que puedo hacer con mis palabras?

Muchas son las decisiones que tomar cada vez que enciendo el ordenador o cualquier otro dispositivo electrónico. Y es bueno ir formando nuestra propia conciencia moral digital. Para no estar ahí, en el sexto continente, como si nada tuviera que ver con nosotros, aceptando el mal que campa a sus anchas y no ofreciendo ni un poquitito de bien.

Un cristiano internauta solo puede ser un cristiano consciente. Si no, malo.

Un abrazo fraterno

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